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Gratis · elegí una vozLa noche era oscura, pero una estrella brillaba con intensidad en el cielo. Patricia, una niña de cabello castaño y ojos curiosos, observaba el firmamento desde la ventana de su habitación. De repente, escuchó una voz suave.
—Hola, Patricia —dijo la estrella.
Patricia se sorprendió. ¡Una estrella le estaba hablando!
—¿Quieres jugar conmigo? —preguntó la estrella, con un brillo juguetón en sus ojos estelares.
Patricia sonrió de oreja a oreja. ¡Claro que quería jugar con una estrella! —¡Sí, estrella! —respondió con entusiasmo.
La estrella bajó despacito del cielo, como si flotara en una nube de polvo de hadas. Cuando llegó al jardín de Patricia, se transformó en una niña luminosa, con un vestido brillante y el pelo lleno de pequeñas estrellas. Juntas, Patricia y la estrella se adentraron en el jardín, que a la luz de la luna parecía un lugar mágico.
—¿A qué jugamos? —preguntó Patricia, emocionada.
—¡A las escondidas! —respondió la estrella, con una risita que sonaba como campanillas.
Pero no estaban solas en el jardín. Un gato travieso de pelaje negro como la noche, un pajarito cantor de plumas doradas y un perrito saltarín de manchas marrones también se encontraban allí, disfrutando de la frescura de la noche.
—¡Ellos también jugarán con nosotras! —exclamó Patricia, señalando a los animales.
La estrella asintió, y así comenzó el juego. El gato travieso se escondió detrás de un rosal, moviendo la cola con picardía. El pajarito cantor se ocultó entre las hojas de un árbol, piando suavemente para no ser descubierto. Y el perrito saltarín corrió a esconderse detrás de un banco de madera, moviendo la cola con alegría.
Patricia y la estrella se turnaron para buscar a sus amigos. La estrella, con su luz brillante, iluminaba los rincones más oscuros del jardín. Patricia, con su agudeza visual, descubría los escondites más ingeniosos. Cada vez que encontraban a uno de los animales, reían y celebraban con abrazos y saltos de alegría.
El gato travieso era un experto en esconderse. Se camuflaba entre las sombras y se movía con sigilo, haciendo que fuera difícil encontrarlo. Pero Patricia, con su paciencia y determinación, siempre lograba descubrirlo.
El pajarito cantor era un maestro del camuflaje. Se mezclaba con las hojas de los árboles y permanecía en silencio, esperando el momento oportuno para volar. Pero la estrella, con su oído atento, siempre lograba escuchar su suave piar.
El perrito saltarín era el más fácil de encontrar. Su entusiasmo y energía lo delataban. No podía evitar mover la cola y ladrar suavemente, revelando su escondite. Pero Patricia y la estrella disfrutaban mucho de su compañía y lo recibían con cariño.
Jugaron durante horas, riendo y divirtiéndose sin parar. La noche parecía no tener fin, y el jardín se convirtió en un lugar de ensueño, lleno de magia y amistad. Patricia nunca había disfrutado tanto de una noche estrellada.
Pero, como todo lo bueno, la noche llegó a su fin. El sol comenzó a asomarse por el horizonte, anunciando un nuevo día. La estrella sabía que tenía que regresar al cielo.
—Patricia, tengo que irme —dijo la estrella, con un tono de tristeza en su voz.
Patricia sintió un nudo en la garganta. No quería que la estrella se fuera. —¡No te vayas! —suplicó.
—Debo hacerlo —respondió la estrella—. Pero siempre te recordaré. Y cada vez que mires al cielo, sabrás que estoy ahí, brillando para ti.
Patricia entendió. Le dio un abrazo fuerte a la estrella, agradeciéndole por la maravillosa noche que habían compartido. —Gracias por ser mi amiga —dijo Patricia, con lágrimas en los ojos.
La estrella subió al cielo, brillando cada vez más fuerte. Patricia la observó hasta que se convirtió en un pequeño punto de luz, perdiéndose entre las estrellas. Al final, la estrella desapareció, pero Patricia sabía que nunca olvidaría esa noche mágica.
Patricia aprendió que la amistad puede encontrarse en los lugares más inesperados y que, incluso cuando los amigos se separan, el recuerdo de los momentos compartidos siempre permanece en el corazón. Y cada noche, cuando miraba al cielo, Patricia recordaba a su amiga la estrella y sonreía, sabiendo que, aunque estuvieran lejos, su amistad seguiría brillando para siempre.
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