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Gratis · elegí una vozPatricio tenía unas antenas muuuuuuy largas, con las que olía todas las plantas de la laguna. Podía distinguir el aroma de las margaritas recién florecidas del olor dulce de las algas en el fondo del agua. Sus patas eran largas y delgadas como el tallo de una flor, perfectas para saltar entre los nenúfares. Siempre tardaba en salir de su casa porque se le perdía alguno de sus seis zapatos. ¡Imagínense encontrar seis zapatos iguales en una casa llena de hojas y ramitas! Pero sus grandes alas lo ayudaban a llegar a tiempo a las fiestas de la laguna. A pesar de su torpeza con los zapatos, Patricio era rápido y ágil cuando volaba.
Pero Patricio tenía un problema… Cuando todos sus amigos ya habían aprendido a grillar frotando sus alitas, él todavía no lograba hacer ningún sonido. Lo intentaba una y otra vez, frotando sus alitas con todas sus fuerzas, pero solo salía un pequeño chirrido.
"¡Ya sos grande, Patricio! ¡Deberíamos saber cantar como todos nosotros!", le decía su amigo Rufino, un saltamontes verde y regordete.
"¡Así nunca vas a poder ser parte de nuestra banda!", añadía Clementina, una saltamontes presumida con un lazo rosa en una de sus antenas.
Lo que Patricio más deseaba era poder cantar con la banda en las fiestas de la laguna. Imaginaba el sonido alegre y vibrante que crearían juntos, haciendo bailar a todas las luciérnagas y a los peces de colores. Él quería ser parte de esa magia, pero sus alitas simplemente no cooperaban.
Patricio se sentía muy triste. Se sentó en una hoja de loto y dejó caer una lágrima que rodó hasta el agua. Observó su reflejo tembloroso y suspiró. "¿Qué puedo hacer?", se preguntó. "Soy un saltamontes que no puede grillar…".
De pronto se le ocurrió una gran idea. "Si no puedo cantar, aprenderé a tocar, tal vez así me quieran aceptar", pensó Patricio con una chispa de esperanza en sus ojos.
Así que Patricio se puso manos a la obra. Primero, buscó dos piedrecitas lisas y pequeñas. Las golpeó suavemente, intentando crear un ritmo. Al principio, solo salían golpes torpes y desordenados, pero Patricio no se rindió. Practicó y practicó, escuchando los sonidos de la naturaleza. El chapoteo del agua, el canto de los pájaros, el zumbido de las abejas… Todo se convirtió en música en su cabeza.
Luego, encontró una hoja seca de árbol y la tensó sobre una ramita en forma de arco. Intentó hacerla vibrar, pero al principio solo consiguió romperla. Pacientemente, buscó otra hoja, y otra, hasta que encontró una que era lo suficientemente resistente. Con cuidado, la tensó y comenzó a rasgarla suavemente con una de sus largas patas. Poco a poco, un sonido suave y melancólico comenzó a emanar de su improvisado instrumento.
Patricio también aprendió a tocar la flauta con una caña hueca que encontró en la orilla de la laguna. Soplando con cuidado, logró producir notas dulces y claras. Cada día, Patricio practicaba con sus instrumentos, mejorando su técnica y creando melodías nuevas. Ya no se sentía tan triste, porque había encontrado una nueva forma de expresarse.
Cuando llegó el día de la próxima fiesta en la laguna, Patricio estaba muy nervioso. Llevaba consigo sus piedrecitas, su hoja-arpa y su flauta de caña. Se acercó tímidamente a la banda, que ya estaba afinando sus alitas.
Rufino y Clementina lo miraron con desdén. "¿Qué haces aquí, Patricio?", preguntó Rufino. "¿Pensás molestar con tus chirridos?"
Patricio respiró hondo y dijo: "No puedo grillar, pero he aprendido a tocar instrumentos. ¿Puedo tocar con ustedes?"
La banda se miró entre sí, dudando. Finalmente, el saltamontes más viejo, un sabio llamado Don Grillo, dijo: "Está bien, Patricio. Pruébalo. Pero si no funciona, tendrás que irte."
Patricio asintió con la cabeza y se colocó junto a la banda. Comenzaron a tocar una canción alegre y animada. Patricio acompañó la melodía con sus piedrecitas, creando un ritmo vibrante y contagioso. Luego, añadió el sonido suave y melancólico de su hoja-arpa, que le dio a la canción un toque mágico y especial. Finalmente, tocó la flauta de caña, llenando el aire con notas dulces y claras que se mezclaban armoniosamente con el sonido de las alitas de los demás saltamontes.
La música de Patricio era diferente a todo lo que habían escuchado antes. Era original, creativa y llena de sentimiento. Los demás saltamontes se sorprendieron al descubrir que Patricio, el saltamontes que no podía grillar, era en realidad un músico talentoso.
Cuando la canción terminó, todos los presentes aplaudieron y vitorearon a Patricio. Rufino y Clementina se acercaron a él, avergonzados.
"Patricio, lo sentimos", dijo Rufino. "Nos equivocamos contigo. Eres un gran músico."
"Sí, Patricio", añadió Clementina. "Tu música es maravillosa. Queremos que seas parte de nuestra banda."
Patricio sonrió y aceptó la invitación. A partir de ese día, la banda de la laguna se hizo aún más famosa, gracias a la originalidad y el talento de Patricio, el saltamontes que descubrió que no era necesario grillar para hacer música.
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