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Paula vivía en un departamento con un balcón lleno de flores en Buenos Aires, Argentina. Le encantaba jugar, correr y hacer todo… ¡rápido! Si su mamá le pedía que ordenara sus juguetes, Paula los metía todos en una caja en un segundo. Si tenía que dibujar un sol, lo pintaba amarillo a la velocidad de la luz. La paciencia no era su fuerte.
Un día, Paula fue con su abuela a la Plaza de Mayo. Mientras su abuela hablaba con una amiga, Paula, inquieta, correteaba alrededor del Pirámide de Mayo. De repente, ¡tropezó con algo duro y verde!
"¡Ay!", exclamó Paula, frotándose la rodilla. Miró hacia abajo y vio... ¡una tortuga! Era una tortuga pequeña, con un caparazón marrón brillante y ojos sabios que parecían sonreír.
"¡Hola!", dijo Paula. "¿Cómo te llamas?"
La tortuga parpadeó lentamente. "Me llamo Doña Tranquila", respondió con una voz suave y pausada.
Paula frunció el ceño. "¿Doña Tranquila? ¡Qué nombre más lento!"
Doña Tranquila sonrió aún más. "La tranquilidad es una virtud, pequeña Paula. ¿Qué te trae tanta prisa?"
"¡Tengo que explorar la plaza! ¡Y jugar! ¡Y ver a los palomas!", respondió Paula, moviéndose de un lado a otro.
"¿Y qué tal si exploramos juntas?", sugirió Doña Tranquila. "Pero a mi ritmo, ¿de acuerdo?"
Paula dudó. Caminar lento le parecía aburridísimo. Pero la tortuga parecía simpática, así que aceptó.
Comenzaron a caminar, o mejor dicho, Doña Tranquila caminaba y Paula la seguía, dando pequeños saltitos de impaciencia. Doña Tranquila se detuvo frente a un rosal.
"Mira, Paula", dijo, señalando una rosa a punto de florecer. "¿Ves cómo se toma su tiempo para abrirse? No se apresura, pero al final, muestra toda su belleza."
Paula miró la rosa. Nunca se había fijado en lo lento que crecían las flores. Siempre había pensado que simplemente, ¡aparecían!
Continuaron su paseo. Doña Tranquila se detuvo a observar a las palomas picoteando el suelo.
"Observa, Paula", dijo. "Las palomas buscan su comida con cuidado. No se abalanzan sobre ella sin pensar. Si fueran impacientes, podrían asustar a su presa y quedarse sin comer."
Paula observó a las palomas. Tenía razón, eran muy metódicas en su búsqueda de comida.
Mientras caminaban, Paula comenzó a notar cosas que antes no veía. El dibujo de las baldosas en el suelo, el sonido de las hojas moviéndose con el viento, el aroma dulce del jazmín en un jardín cercano. Antes, solo veía el destino, no el camino.
Llegaron al Cabildo. Doña Tranquila se detuvo y miró el edificio con admiración.
"Este edificio se construyó poco a poco, Paula", dijo. "Con paciencia y dedicación. Imagina si los constructores se hubieran rendido a la primera dificultad... no tendríamos este hermoso edificio hoy."
Paula miró el Cabildo. Era enorme e impresionante. Se dio cuenta de que las cosas importantes llevan tiempo y esfuerzo.
Paula empezó a sentirse diferente. Ya no sentía tanta prisa. Disfrutaba del ritmo lento y tranquilo de Doña Tranquila. Se dio cuenta de que, a veces, la mejor manera de disfrutar de algo es tomárselo con calma.
Finalmente, llegó la hora de que Paula se reuniera con su abuela.
"Gracias, Doña Tranquila", dijo Paula. "Me has enseñado mucho hoy."
"De nada, pequeña Paula", respondió la tortuga. "Recuerda, la paciencia es como un jardín: hay que cuidarla para que florezca."
Paula abrazó suavemente a Doña Tranquila y corrió hacia su abuela. Pero esta vez, corrió con un poco más de calma, observando las flores, las palomas y el Cabildo con nuevos ojos.
Cuando regresó a casa, Paula sacó sus juguetes. En lugar de meterlos todos en una caja rápidamente, los ordenó con cuidado, uno por uno. Dibujó un sol, tomándose su tiempo para mezclar los colores y hacer que brillara de verdad. Y cuando su mamá le preguntó qué había hecho en la Plaza de Mayo, Paula le contó todo sobre Doña Tranquila, la tortuga paciente que le enseñó el valor de la calma. Y desde ese día, Paula aprendió que, a veces, las cosas más hermosas y valiosas de la vida, requieren paciencia y dedicación.
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