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Paulina era una niña… bueno, no exactamente una niña *alegre*. Más bien, era una niña… *gruñona*. Siempre estaba triste. Si el sol brillaba, se quejaba de que hacía demasiado calor. Si llovía, decía que el día era aburrido. Si alguien le sonreía, fruncía el ceño. ¡Pobre Paulina! Parecía que una nube gris la seguía a todas partes.
En la escuela, la profesora hablaba sobre los valores del decálogo de Baden Powell, el fundador de los Scouts. Un día, le tocó a Paulina hablar sobre "Ser Alegre". ¡Imagínense la cara de todos! Paulina, ¿alegre? Era como pedirle a un gato que ladrara. Ella suspiró profundamente. "Ser Alegre…", dijo arrastrando las palabras, "es… difícil".
El problema de Paulina era que no era feliz. Nunca lo era. Todo le molestaba: el ruido de los pájaros, el sabor de la comida, la forma en que su cabello se peinaba… ¡todo! Pero en realidad, la raíz de su tristeza era mucho más profunda. Cuando tenía once años, su mejor amigo, su perrito llamado Max, había enfermado gravemente y, lamentablemente, murió. Paulina nunca había superado esa pérdida. Cada vez que intentaba sonreír, el recuerdo de Max volvía a su mente como una sombra oscura. La tristeza se había convertido en su compañera constante, y la alegría, en un recuerdo lejano.
Un día, caminando por el parque, Paulina se sentó en un banco con la cabeza gacha. Un pequeño gorrión se posó cerca y empezó a cantar con entusiasmo. Paulina, en lugar de enojarse por el ruido, lo observó con atención. El gorrión parecía tan feliz, tan despreocupado. De repente, una idea le cruzó la mente: ¿Qué pasaría si intentara, aunque fuera un poquito, ser alegre? ¿Qué pasaría si dejara ir un poco de esa tristeza que la había estado consumiendo durante tanto tiempo?
"Voy a intentarlo", se dijo a sí misma en voz baja. "Voy a intentar ser alegre, aunque sea por un día". Esa tarde, Paulina decidió hacer algo que no había hecho en mucho tiempo: ¡hornear galletas! Preparó su receta favorita de galletas de chocolate y, mientras las preparaba, recordó a Max, a quien le encantaban las galletas (¡aunque ella nunca le daba!). Pero en lugar de sentirse triste, sintió una leve sonrisa aparecer en sus labios. "Max también estaría feliz de que estuviera horneando galletas", pensó.
Al día siguiente, un niño nuevo llegó a la escuela. Se llamaba Mateo, y era muy, muy torpe. Tropezó al entrar al salón, derramó su jugo en el almuerzo y se sentó en un chicle pegado en su silla. Paulina, normalmente, se habría reído de él (o, al menos, lo habría mirado con desaprobación). Pero esta vez, sintió algo diferente. Sintió… lástima. Y luego, algo más sorprendente aún: ¡sintió ganas de reír! Mateo, a pesar de todas sus torpezas, se reía de sí mismo. Su risa era tan contagiosa que Paulina no pudo evitar unirse a él.
Por primera vez en mucho tiempo, Paulina sintió una verdadera alegría. Se olvidó de Max por un momento y se concentró en la risa de Mateo. Rieron juntos durante un buen rato, y cuando finalmente se calmaron, Paulina se dio cuenta de algo importante: la alegría es contagiosa. Y también, que a veces, solo se necesita un amigo, un pequeño acto de bondad, o incluso una torpeza divertida para recordarte cómo sonreír.
Desde ese día, Paulina cambió. No se convirtió de la noche a la mañana en la persona más alegre del mundo, pero sí empezó a buscar la alegría en las pequeñas cosas. Ayudaba a Mateo con sus tareas, jugaba con los niños en el recreo y hasta le sonreía a los pájaros en el parque. Aprendió que la tristeza siempre estará ahí, pero que la alegría también puede estar presente, incluso en los momentos más difíciles. Paulina entendió que ser alegre no significa negar la tristeza, sino elegir la felicidad, incluso cuando la tristeza intenta ganar.
Paulina aprendió que la alegría no es algo que se encuentra, sino algo que se cultiva. Como una pequeña semilla que necesita agua y sol para crecer, la alegría necesita cuidado y atención. Y a veces, todo lo que se necesita es un amigo torpe, un gorrión cantando o unas galletas de chocolate para recordarte que la alegría siempre está ahí, esperando ser descubierta.
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