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Pedrito tenía cuatro años y vivía en una granja preciosa. Le encantaba correr entre los cerdos rosados, perseguir a los cuyes que parecían bolitas de algodón, saludar a las vacas que siempre lo miraban con sus grandes ojos marrones y jugar con sus perros, Trueno y Chispa, que eran sus mejores amigos. Su papá, Juan, era un hombre fuerte y trabajador, siempre con una sonrisa en la cara. Su mamá, Sofía, era cariñosa y cocinaba las mejores galletas del mundo.
Pero Pedrito tenía un secreto, un secreto que no era nada bueno: ¡Odiaba lavarse las manos! Después de jugar en el barro con los cerdos, ¡manos sucias! Después de darle zanahorias a los cuyes, ¡manos sucias! Después de acariciar a las vacas, ¡manos sucias! Incluso después de que Trueno y Chispa le lamieran la cara, ¡Pedrito olvidaba lavarse las manos!
Su mamá siempre le decía: "Pedrito, Pedrito, ¡es importante lavarse las manos! Hay bichitos invisibles que pueden enfermarnos si no lo hacemos." Pero Pedrito solo se reía y salía corriendo de nuevo a jugar. "No tengo tiempo para bichitos invisibles, ¡tengo que perseguir a los cerdos!", pensaba.
Un día, después de ayudar a su papá a dar de comer a las vacas, Pedrito sintió un cosquilleo en la garganta. No le dio mucha importancia, pero esa noche no pudo dormir bien. Su cuerpo se sentía caliente y le dolía la cabeza. A la mañana siguiente, Pedrito no pudo levantarse de la cama.
"Mamá, me siento muy mal", dijo con voz débil. Sofía le tocó la frente. "¡Ay, Pedrito, estás ardiendo en fiebre!" Llamó a Juan, y juntos llevaron a Pedrito a la cama. Le pusieron paños fríos en la frente y le dieron un té de hierbas. Pero Pedrito seguía sintiéndose muy mal.
El doctor, un hombre amable con barba blanca, llegó a la granja. Examinó a Pedrito con atención, escuchó sus pulmones y le tomó la temperatura. "Pedrito está muy enfermo", dijo el doctor con preocupación. "Tiene una infección muy fuerte. Necesita reposo absoluto y medicinas."
Juan y Sofía estaban muy preocupados. No sabían qué había pasado. Pedrito nunca se había enfermado así. El doctor les explicó que la infección podría haber sido causada por gérmenes y bacterias que entraron en su cuerpo. Les recordó la importancia de lavarse las manos regularmente.
Sofía miró a Juan con tristeza. Ambos sabían que Pedrito no tenía el hábito de lavarse las manos. "Tal vez... tal vez esto sea por no lavarse las manos", murmuró Sofía. Juan asintió con la cabeza, preocupado.
Pedrito yacía en la cama, débil y con fiebre alta. Los cerdos, los cuyes, las vacas y los perros ya no parecían tan divertidos. Ahora solo sentía dolor y cansancio. Trueno y Chispa estaban a los pies de su cama, mirándolo con sus ojos tristes.
Durante los siguientes días, Pedrito empeoró. La fiebre no bajaba y empezó a toser mucho. Los padres de Pedrito estaban muy angustiados. Lo cuidaban día y noche, dándole las medicinas y manteniéndolo hidratado. El doctor venía a visitarlo todos los días, pero la infección parecía muy resistente.
Una tarde, mientras Pedrito dormía, Sofía se sentó junto a su cama y le tomó la mano. Estaba muy caliente. Lágrimas corrían por sus mejillas. "Mi pequeño Pedrito, por favor, mejora", susurró. Juan entró en la habitación y la abrazó. Ambos estaban muy asustados.
Pedrito, en su sueño febril, comenzó a murmurar. "Cerdos... cuyes... vacas... Trueno... Chispa... manos sucias..." De repente, abrió los ojos y miró a sus padres con dificultad. "Mamá... Papá... me duelen mucho las manos..."
Sofía y Juan se miraron con preocupación. No entendían por qué Pedrito decía que le dolían las manos. Él siempre había odiado lavárselas, pero nunca se había quejado de que le dolieran. "Pedrito, ¿qué te pasa?", preguntó Sofía con voz suave.
Pedrito cerró los ojos de nuevo y tosió con fuerza. "Manos sucias... bichitos malos... me están comiendo..." La fiebre seguía subiendo, y su respiración se hacía cada vez más difícil. Juan salió corriendo a buscar al doctor. El tiempo se estaba agotando.
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