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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pueblito muy, muy lejano, un hombre llamado Pedro. Pedro era un hombre bueno, pero a veces un poco distraído. Un día, mientras estaba sentado en su sillón, absorto mirando videos divertidos en su celular, ¡de repente se acordó! ¡Era el cumpleaños de su hija, Sofía!
"¡Ay, no! ¡Casi lo olvido!" exclamó Pedro, dando un salto del sillón. Agarró las llaves de su auto, un coche rojo brillante que le encantaba lavar los domingos, y salió corriendo hacia la calle. Sabía que la juguetería "El Carrousel de Sueños" quedaba justo al frente de la plaza principal, y tenía que darse prisa si quería encontrar el regalo perfecto.
Mientras conducía, Pedro tarareaba una canción y pensaba en qué le gustaría a Sofía. Quizás una muñeca nueva, o un juego de mesa divertido. Al llegar a la plaza, aparcó el coche y se dispuso a cruzar la calle. Fue entonces cuando vio algo extraño.
Una figura alta, muy alta, caminaba con dificultad por la plaza. Al principio, Pedro pensó que era un hombre en zancos, pero pronto se dio cuenta de que no. ¡Era un gigante! Un gigante enorme, con zapatos que parecían barcos pequeños y una cabeza que casi tocaba las copas de los árboles.
Pedro, un poco asustado, se detuvo. El gigante caminaba de forma extraña, como si algo le doliera. La curiosidad de Pedro pudo más que el miedo, y se acercó un poco más para ver qué pasaba. De repente, el gigante tropezó y casi cae al suelo. Al intentar recuperarse, miró a Pedro y empezó a correr. ¡Pero no corría de manera amenazante! Corría como si estuviera huyendo, como si tuviera miedo.
Pedro, impulsado por una mezcla de valentía y curiosidad, corrió tras el gigante. "¡Eh! ¡Espera!" gritó Pedro, con la voz un poco temblorosa. El gigante, al oírlo, se detuvo bruscamente y se dio la vuelta. Pedro pudo ver, a pesar de la gran estatura del gigante, que sus ojos estaban llenos de tristeza.
A medida que se acercaba, Pedro se dio cuenta de algo aún más sorprendente: ¡el gigante estaba llorando! Grandes lágrimas, como gotas de lluvia, resbalaban por sus mejillas enormes. Pedro, dejando de lado todo su miedo, se acercó al gigante con cautela.
"Tranquilo, tranquilo," le dijo Pedro, levantando las manos en señal de paz. "¿Qué te ocurre? ¿Por qué estás llorando?"
El gigante, sollozando, le respondió con una voz suave, aunque resonante: "Estoy... estoy solo. No tengo amigos. Todos me tienen miedo por mi tamaño."
Pedro sintió pena por el gigante. Comprendió que, a pesar de su apariencia imponente, era solo un ser solitario que necesitaba compañía. Se acercó aún más al gigante y le puso una mano en su enorme brazo, con suavidad.
"Yo no te tengo miedo," le dijo Pedro con sinceridad. "Y creo que puedo ser tu amigo. Me llamo Pedro, ¿y tú?"
El gigante se secó las lágrimas con el dorso de su mano, que parecía una toalla gigante. "Me llamo... Benito," dijo, con una pequeña sonrisa tímida.
"Mucho gusto, Benito," dijo Pedro. "¿Qué te parece si vamos a tomar un helado? Con este calor, seguro que te apetece."
Benito asintió con entusiasmo. "¡Sí, me encantaría! Nunca he tomado un helado con un amigo."
Y así, Pedro y Benito, el hombre pequeño y el gigante solitario, caminaron juntos hacia la heladería. Pedro le contó a Benito sobre Sofía y su cumpleaños, y Benito le contó a Pedro sobre su vida solitaria y su deseo de tener amigos. Compraron dos helados enormes, uno de fresa para Pedro y uno de chocolate gigante para Benito.
Mientras comían helado, Pedro tuvo una idea brillante. "Benito," le dijo, "¿por qué no vienes a la fiesta de cumpleaños de mi hija? Seguro que a los niños les encantaría conocerte. ¡Y tú podrías jugar con ellos!"
Benito se puso muy contento. "¿De verdad? ¿Crees que no me tendrían miedo?"
"Claro que no," dijo Pedro. "Les explicaré que eres un gigante bueno y que solo quieres jugar."
Y así fue. Benito fue a la fiesta de cumpleaños de Sofía. Al principio, algunos niños se asustaron un poco al verlo, pero Pedro les explicó que Benito era un gigante amable y que quería ser su amigo. Pronto, los niños estaban jugando con Benito, trepando por sus piernas como si fueran una montaña, y riendo a carcajadas. Sofía, la cumpleañera, estaba encantada de tener un gigante en su fiesta.
Benito ya no estaba solo. Había encontrado un amigo en Pedro y muchos nuevos amigos en los niños de la fiesta. Y Pedro aprendió que a veces, las apariencias engañan, y que incluso los seres más grandes y temibles pueden necesitar un amigo.
Desde ese día, Pedro y Benito se hicieron inseparables. Iban juntos al parque, jugaban a las cartas (con unas cartas gigantes que Pedro le hizo a Benito), y a veces, incluso ayudaban a la gente del pueblo con tareas que requerían mucha altura, como bajar gatitos de los árboles o arreglar las farolas. Benito dejó de ser el gigante solitario y se convirtió en el gigante amigable del pueblo, amado por todos. Y todo gracias a que Pedro, un hombre un poco distraído, pero con un gran corazón, se atrevió a acercarse a un gigante que solo necesitaba un amigo.
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