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Gratis · elegí una vozPeerita era una niña muy especial. No era que supiera hacer magia, ni que tuviera alas para volar. Peerita podía leer mentes. No todas, solo las de los niños pequeños que jugaban en el Parque Alegre. Al principio, fue un secreto que guardó con mucho cuidado. Le daba un poco de miedo que la gente pensara que era rara. Pero, con el tiempo, se dio cuenta de que su don podía ser muy útil.
Un día soleado, Peerita fue al Parque Alegre con su abuela. El parque estaba lleno de niños jugando. Había niños en los columpios, niños corriendo tras las palomas, y niños construyendo castillos de arena. Peerita se sentó en un banco, cerca del arenero, y cerró los ojos. Concentró su mente y, poco a poco, empezó a escuchar los pensamientos de los niños.
"¡Quiero más arena!", pensó un niño pequeño con un cubo rojo.
"¡Cuidado, que te empujo!", pensó otro niño, corriendo con una pala.
Peerita sonrió. Era como escuchar una sinfonía de pequeñas voces. De repente, escuchó un pensamiento diferente. Un pensamiento triste y solitario.
"Ojalá pudiera tener una bicicleta nueva...", pensó un niño sentado solo en un banco, mirando a los demás niños jugar.
Peerita abrió los ojos y buscó al niño. Lo encontró sentado en un banco, con la cabeza gacha. Era un niño moreno, con el pelo rizado y una camiseta azul. Parecía muy triste.
Peerita se acercó al niño y se sentó a su lado.
"Hola", dijo Peerita.
El niño levantó la vista, sorprendido.
"Hola", dijo el niño, con voz baja.
"Me llamo Peerita", dijo Peerita.
"Yo me llamo Mateo", dijo el niño.
"¿Estás triste, Mateo?", preguntó Peerita.
Mateo asintió con la cabeza.
"¿Por qué?", preguntó Peerita.
"Porque quiero una bicicleta nueva. La mía está rota", dijo Mateo, señalando una bicicleta vieja y oxidada aparcada cerca del banco.
Peerita miró la bicicleta. Estaba claro que había visto tiempos mejores. La pintura estaba desconchada, las ruedas estaban torcidas y el sillín estaba roto.
"Ya veo", dijo Peerita. "¿Y qué te gustaría hacer con una bicicleta nueva?"
"Me gustaría ir más rápido que el viento", dijo Mateo, con los ojos brillando. "Me gustaría hacer carreras con mis amigos. Me gustaría explorar el mundo!"
Peerita sonrió. Le encantaba la imaginación de Mateo.
"Tengo una idea", dijo Peerita. "¿Qué te parece si intentamos arreglar tu bicicleta?"
Mateo la miró con incredulidad.
"¿Tú? ¿Arreglar mi bicicleta? ¡Pero si está muy rota!", dijo Mateo.
"Quizás podamos encontrar alguna solución", dijo Peerita, guiñándole un ojo. Peerita sabía que no era una experta en bicicletas, pero sabía que podía usar su don para ayudar a Mateo.
Peerita cerró los ojos y se concentró. Intentó escuchar los pensamientos de la bicicleta. Al principio, solo escuchó ruidos metálicos y chirridos. Pero, poco a poco, empezó a escuchar una voz débil y cansada.
"Necesito aceite... necesito un nuevo sillín... necesito amor...", pensó la bicicleta.
Peerita abrió los ojos.
"Necesitamos aceite, un nuevo sillín y... amor", dijo Peerita.
Mateo la miró sorprendido.
"¿Cómo lo sabes?", preguntó Mateo.
Peerita sonrió misteriosamente.
"Es un secreto", dijo Peerita. "Pero confía en mí. Podemos arreglar tu bicicleta."
Juntos, Peerita y Mateo empezaron a trabajar en la bicicleta. Peerita le dijo a Mateo lo que la bicicleta necesitaba, y Mateo se encargó de buscar las herramientas y las piezas. Fueron a la tienda de bicicletas del barrio y compraron aceite, un nuevo sillín y algunas piezas de repuesto. Trabajaron durante horas, limpiando, engrasando y ajustando la bicicleta.
Finalmente, después de mucho trabajo, la bicicleta estaba lista. Parecía una bicicleta nueva. La pintura brillaba, las ruedas giraban suavemente y el sillín era cómodo.
Mateo se subió a la bicicleta y empezó a pedalear. La bicicleta se movía suavemente y rápidamente. Mateo sonreía de oreja a oreja.
"¡Es increíble!", gritó Mateo. "¡Gracias, Peerita! ¡Gracias!"
Peerita sonrió. Estaba feliz de haber ayudado a Mateo. Y también estaba feliz de haber usado su don para hacer el bien.
Desde ese día, Peerita y Mateo se hicieron muy amigos. Siempre iban juntos al Parque Alegre, y Mateo siempre montaba en su bicicleta, la "Bicicleta Pensadora", como la llamaba Peerita. Peerita aprendió que su don no era algo de lo que avergonzarse, sino algo que podía usar para hacer del mundo un lugar mejor. Y Mateo aprendió que incluso las bicicletas viejas y rotas pueden volver a ser felices, con un poco de amor y cuidado.
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