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Gratis · elegí una vozEn un reino bañado por el sol y salpicado de nubes de algodón, vivía Pegaso, un caballo alado con plumas tan blancas como la nieve recién caída. Pegaso amaba volar, danzando entre las estrellas y jugando a las escondidas con el viento. Su mejor amiga era Luna, una gatita de ojos color esmeralda y pelaje suave como la seda.
Un día, mientras jugaban cerca de las Montañas Susurrantes, Luna, persiguiendo una mariposa traviesa, se alejó demasiado y, ¡ay no!, cayó en un agujero profundo. Este agujero conducía, según las leyendas, a la Cueva del Dragón Dormilón, un lugar temido por todos.
Pegaso, al ver a su amiga desaparecer, sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. ¡No podía dejar a Luna allí! Respiró hondo, reuniendo todo su valor. Sabía que el Dragón Dormilón, aunque dormía la mayor parte del tiempo, tenía un temperamento… digamos, irritable.
"¡Tengo que salvar a Luna!" se dijo Pegaso, agitando sus alas con determinación. Se elevó hacia el cielo, ganando altura rápidamente. Desde arriba, la entrada de la cueva parecía una boca oscura y amenazante. Tomó otro respiro profundo y se lanzó en picada hacia la Cueva del Dragón Dormilón.
Al entrar, la cueva era oscura y húmeda. Gotas de agua caían del techo, creando un eco misterioso. Pegaso avanzó con cautela, sus cascos resonando suavemente en el suelo de piedra. De repente, escuchó un maullido débil. "¡Luna!" exclamó Pegaso, sintiendo que la esperanza renacía en su corazón.
Siguió el sonido del maullido y encontró a Luna acurrucada en un rincón, temblando de miedo. "¡Pegaso! ¡Viniste a rescatarme!" maulló Luna, con los ojos llenos de lágrimas.
"Por supuesto que sí, Luna. Nunca te dejaría sola," respondió Pegaso, lamiéndole la cabeza para consolarla. "Pero tenemos que salir de aquí antes de que el Dragón Dormilón se despierte."
Justo cuando Pegaso estaba a punto de tomar a Luna y volar lejos, un ronquido estruendoso resonó en la cueva. ¡El Dragón Dormilón estaba despertando! Un ojo enorme y amarillento se abrió lentamente, mirando a Pegaso y a Luna con curiosidad.
El Dragón Dormilón era gigantesco, con escamas verdes brillantes y un aliento que olía a azufre y… ¿pastel de manzana? Sí, ¡pastel de manzana! Resultó que el Dragón Dormilón amaba los pasteles de manzana y los guardaba en su cueva.
Pegaso, aunque asustado, mantuvo la calma. Se acercó al dragón y le dijo con voz suave pero firme: "Señor Dragón, mi amiga Luna cayó accidentalmente en su cueva. Por favor, déjenos ir. No queremos causarle ningún problema."
El Dragón Dormilón parpadeó, confundido. "¿Una gatita? ¿En mi cueva?" Miró a Luna, quien lo miraba con sus grandes ojos esmeralda. El corazón del Dragón Dormilón, que era tan grande como una roca, se enterneció un poco.
"Bueno…," gruñó el dragón, "normalmente no permito intrusos, pero… esa gatita es bastante linda. Y… ¿tú eres Pegaso, el caballo alado? He oído hablar de ti. Dicen que eres muy amable."
Pegaso asintió. "Siempre trato de ser amable, señor Dragón. Y Luna también es muy amable."
El Dragón Dormilón pensó por un momento. Luego, suspiró profundamente, haciendo temblar toda la cueva. "Está bien, pueden irse. Pero…," añadió, con un brillo en el ojo, "si algún día tienen un pastel de manzana extra, no duden en venir a visitarme."
Pegaso y Luna se miraron, sorprendidos. "¡Por supuesto, señor Dragón!" exclamó Pegaso. "Será un placer."
Con una sonrisa, Pegaso tomó a Luna con cuidado y alzó el vuelo, saliendo de la Cueva del Dragón Dormilón. Una vez afuera, Luna abrazó a Pegaso con fuerza. "¡Gracias, Pegaso! Eres el mejor amigo del mundo," maulló Luna, feliz.
Pegaso sonrió. "Siempre estaré ahí para ti, Luna. Y la próxima vez, ten más cuidado cerca de las Montañas Susurrantes."
Y así, Pegaso y Luna regresaron a su reino, más unidos que nunca. Aprendieron que incluso los dragones más temibles pueden tener un corazón amable, especialmente si se les ofrece un delicioso pastel de manzana. Y Pegaso, el valiente caballo alado, se convirtió en una leyenda, no solo por su belleza y gracia, sino también por su valentía y lealtad a su amiga Luna. Desde ese día, cada vez que alguien horneaba un pastel de manzana, un aroma dulce llegaba hasta la Cueva del Dragón Dormilón, recordándole la visita de Pegaso y Luna, y haciéndole sonreír mientras volvía a su sueño tranquilo.
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