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Gratis · elegí una vozAdrián, Inés, Altaír y Bruno, cuatro amigos inseparables del colegio Sofía Tartilán en Palencia, tenían un sueño enorme: ser veterinarios, vivir junto al mar, ¡y ganar la Champions League! Pero mientras tanto, sus días estaban llenos de risas, deberes, y... ¡juegos tradicionales!
A Adrián le encantaba el "Burro". "¡Dame esa reina, Bruno! ¡Ja! ¡Ahora eres tú el Burro!", gritaba, mientras Bruno hacía una mueca. El abuelo Marcelo, con su boina y su bastón, los miraba desde la ventana. "¡Bah! ¡Eso no es nada! En mis tiempos jugábamos a la tanga, la rana y la petanca. ¡Eso sí que era deporte!", decía, aunque en el fondo le hacía gracia verlos tan contentos.
Inés era la reina de los bolos castellanos. Con una precisión envidiable, derribaba los nueve bolos de un solo lanzamiento. "¡Pleno!", exclamaba, levantando los brazos. Su padre, aficionado a la pocha, intentaba enseñarle trucos para adivinar las cartas, pero Inés solo tenía ojos para los bolos. "¡La pocha es demasiado seria, papá! ¡Esto es pura acción!", decía, señalando los bolos esparcidos por el suelo.
Altaír era un maestro de la peonza. La suya, pintada con colores brillantes, parecía bailar al son de una música invisible. La hacía girar en la palma de la mano, en el codo, ¡incluso en la nariz! "¡Mira esto!", decía, lanzándola al aire y recogiéndola con un movimiento ágil. Su madre, recordando sus días de gloria saltando a la comba como una rana, lo animaba con entusiasmo. "¡Salta, Altaír, salta! ¡Como yo con la comba!"
A Bruno también le gustaba la peonza, pero las tabas... ¡ay, las tabas! Eran su némesis. No entendía cómo colocarlas, cómo lanzarlas, ni siquiera por qué eran tan importantes. "¡Esto es imposible!", se quejaba, mirando las huesecillos con frustración.
Un día, a Adrián se le ocurrió una idea genial. "¡Chicos! ¡Organizamos una Olimpiada Palentina de juegos tradicionales!", propuso, con los ojos brillantes. "Cada uno enseña su juego favorito a los demás, y al final, ¡premiamos al campeón!"
La idea fue recibida con entusiasmo. Adrián enseñó el "Burro", provocando risas y trampas amistosas. Inés, con paciencia, explicó las reglas de los bolos castellanos, y todos intentaron imitar su puntería, con resultados desastrosos. Altaír, con su peonza danzarina, maravilló a sus amigos, quienes intentaron, sin éxito, dominar el arte del trompo. Bruno, a pesar de su aversión, intentó aprender las tabas, con la ayuda paciente de Inés, aunque seguía sin entender la gracia.
El día de la Olimpiada llegó. El jardín de la casa de Bruno se transformó en un campo de juego. El abuelo Marcelo hizo de juez, con su boina ladeada y una sonrisa pícara. La madre de Altaír preparó una limonada fresquita y unas pastas deliciosas.
La competición fue reñida. Adrián ganó en el "Burro", Inés arrasó en los bolos castellanos, y Altaír deslumbró con su peonza. Bruno, a pesar de sus esfuerzos, quedó último en las tabas, pero no le importó. ¡Lo importante era divertirse!
Al final, el abuelo Marcelo anunció al ganador: "¡El campeón de la Olimpiada Palentina es... ¡El espíritu de equipo! ¡Todos habéis ganado!"
Los cuatro amigos se abrazaron, felices. Habían descubierto que los juegos tradicionales eran una forma divertida de conectar con sus raíces, de pasar tiempo juntos, y de reírse a carcajadas. Y aunque soñaban con ser veterinarios junto al mar y ganar la Champions, sabían que siempre tendrían un lugar especial para los juegos de su tierra, en Palencia, donde la amistad y la diversión eran los verdaderos campeones. Y aunque siempre quisieran viajar por todo el mundo, sobre todo si tenía piscina, ¡Palencia siempre sería su hogar!
Después de la Olimpiada, Bruno, aunque seguía sin entender las tabas, las guardó en una cajita. Quién sabe, quizás algún día... Y Adrián, Inés y Altaír prometieron aprender a jugar a la tanga, la rana y la petanca con el abuelo Marcelo. La aventura no había terminado, ¡solo acababa de empezar!
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