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Pepito era un pequeño Diplodocus. Su piel, suave y pálida, parecía pintada con pinceles de polvo de estrellas. Vivía en un paraíso prehistórico, un prado perfumado por flores púrpuras y plantas preciosas. Pasaba sus días paseando por el pasto, pensando profundamente. A Pepito no le gustaba perseguir polillas preciosas como sus hermanos. Él prefería posarse bajo la sombra de un pino poderoso y pensar.
“¿Por qué el sol siempre se pone?”, se preguntaba, suspirando pesadamente. “¿A dónde van las pequeñas piedras después de que las pisamos?”
Sus padres, Papá Dino y Mamá Dina, siempre sonreían. “Pepito es un pequeño pensador,” decían, palmeando su pequeña espalda. “Es perfecto ser pensativo.”
Un día, Pepito estaba particularmente pensativo. Estaba sentado junto a un pequeño estanque, observando a los pequeños peces plateados nadar en círculos. “¿Por qué nadan en círculos?”, se preguntó. “¿Acaso no se marean?”
De repente, escuchó un pequeño sollozo. Pepito se puso de pie, estirando su largo cuello para ver por encima de las plantas. Allí, escondido detrás de una piedra preciosa, estaba un pequeño Pterodáctilo, sus pequeñas alas plegadas y su pico temblando.
“¿Qué pasa?”, preguntó Pepito suavemente, acercándose con pasos pesados pero silenciosos. “¿Por qué estás triste?”
El Pterodáctilo levantó la vista, sus ojos pequeños y brillantes llenos de lágrimas. “Me he perdido,” sollozó. “Estaba persiguiendo una preciosa mariposa púrpura y me despisté. Ahora no sé cómo volver a casa.”
Pepito pensó por un momento. Sabía que volar no era su fuerte, pero podía usar su inteligencia. “¿Recuerdas algo sobre tu casa?”, preguntó pacientemente. “¿Alguna planta particular? ¿Alguna piedra especial? ¿Algún sonido peculiar?”
El Pterodáctilo se secó las lágrimas con una de sus pequeñas alas. “Sí,” dijo. “Recuerdo un pino grande, más alto que todos los demás. Y siempre hay el sonido del río, un sonido persistente y poderoso.”
Pepito sonrió. Conocía ese pino. Era el más alto del prado, perfecto para posarse y pensar. “¡Yo sé dónde está!”, exclamó. “Sígueme.”
Pepito guio al pequeño Pterodáctilo a través del prado, esquivando grandes piedras y saltando sobre pequeños charcos. El Pterodáctilo, aunque pequeño, era rápido y podía seguir el paso de Pepito. Después de un rato, llegaron a la orilla del río. El sonido del agua era fuerte y persistente, como había descrito el Pterodáctilo.
“¡Allí!”, gritó el Pterodáctilo, señalando con su ala. “¡Ese es el pino!”
Con un aleteo de alas, el Pterodáctilo se elevó hacia el cielo y voló hacia el pino. Pepito lo observó hasta que aterrizó de forma segura en una rama. Luego, vio a una familia de Pterodáctilos volar hacia él, dándole la bienvenida con píos alegres.
El Pterodáctilo se volvió hacia Pepito y le gritó: “¡Gracias, amigo! ¡Gracias por ayudarme!”
Pepito sonrió. Se sentía más feliz de lo que se había sentido en mucho tiempo. Había usado sus pensamientos para ayudar a alguien. Regresó a casa, sintiéndose poderoso y pleno.
Cuando llegó, Papá Dino y Mamá Dina lo estaban esperando. “¿Dónde estabas, Pepito?”, preguntó Papá Dino. “Estábamos preocupados.”
“Estaba ayudando a un Pterodáctilo perdido,” respondió Pepito, sonriendo. “Usé mis pensamientos para encontrar su camino a casa.”
Papá Dino y Mamá Dina sonrieron con orgullo. “Ves, Pepito,” dijo Mamá Dina. “Ser pensativo es una posesión preciosa. Puedes usar tus pensamientos para hacer cosas poderosas y positivas.”
Esa noche, Pepito se acostó bajo el cielo estrellado, pensando en todas las cosas que podía hacer con su mente. Ya no solo se preguntaba por qué el sol se ponía o a dónde iban las piedras. Ahora, se preguntaba cómo podía usar sus pensamientos para hacer del mundo un lugar mejor, paso a paso, pensamiento por pensamiento. Y mientras pensaba, una pequeña polilla púrpura se posó en su nariz, y Pepito sonrió, sabiendo que incluso las cosas pequeñas podían ser preciosas.
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