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Peter Pitoso era un pez muy peculiar. Imaginen un pez dorado, pero con unas piernas musculosas como las de un gimnasta olímpico, un tutú rosa brillante que ondeaba con cada paso, y unas pestañas tan largas y rizadas que las modelos y los peluqueros se morían de envidia. Su vida era, digamos, rutinaria. Se despertaba, hacía flexiones (¡con las piernas, claro!), se ponía su tutú rosa, se cepillaba las pestañas con un cepillo especial y salía a la calle.
Cada mañana, sin falta, Peter iba al Starbucks. Le encantaba el aroma a café recién hecho y la promesa de un "Pescaccino" (un cappuccino con escamas de pescado comestibles, su creación favorita). Hoy no era diferente. El sol brillaba, los pajaritos cantaban (aunque Peter, siendo pez, no entendía sus canciones), y Peter, con sus musculosas piernas, se dirigía felizmente hacia su café matutino.
Al entrar al Starbucks, el aroma a café lo envolvió como una cálida manta. Pidió su Pescaccino y esperó pacientemente a que lo llamaran. Miraba a su alrededor, observando a las personas: una señora leyendo un libro, un grupo de adolescentes riendo, un hombre tecleando furiosamente en su computadora. Todo era normal, tranquilo, rutinario… hasta que lo vio.
Sentado en una mesa cerca de la ventana, con una taza de café en la mano, estaba… ¡Lord Farquaad! El ex de Peter. ¡El mismo Lord Farquaad que le había roto el corazón hace meses, prometiendo un castillo de algas marinas y luego huyendo con una sirena cantante!
El corazón de Peter (sí, los peces también tienen corazón) dio un vuelco. Sus musculosas piernas temblaron un poco, y sus pestañas, normalmente perfectas, se desordenaron levemente. Intentó esconderse detrás de una planta de helecho, pero sus piernas musculosas lo delataron. Era imposible esconderse siendo un pez con piernas y un tutú rosa.
Lord Farquaad levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de Peter. Una expresión de sorpresa (y quizás un poco de culpa) cruzó su rostro. "¡Peter… Pitoso!", exclamó Farquaad, con una voz que intentaba sonar amigable pero que sonaba más como un gruñido.
Peter respiró hondo. Era el momento de enfrentarse a su pasado, de demostrarle a Lord Farquaad que era un pez fuerte, independiente y con unas pestañas fabulosas. Se acercó a la mesa de Farquaad, con el tutú rosa ondeando con orgullo.
"Lord Farquaad", dijo Peter, con una voz firme pero un poco temblorosa. "No esperaba verte aquí".
"Yo tampoco a ti", respondió Farquaad, visiblemente incómodo. "¿Cómo… cómo estás?"
"Estoy bien", mintió Peter. En realidad, todavía sentía un poco de dolor por la traición de Farquaad, pero no iba a demostrarlo. "Estoy viviendo mi vida, disfrutando de mi Pescaccino matutino… y luciendo fabuloso, como siempre". Peter hizo una pose dramática, moviendo sus pestañas para que Farquaad las admirara.
Farquaad tosió. "Te ves… bien, Peter. Pero… sobre lo del castillo de algas marinas…"
"Olvídalo", interrumpió Peter. "Aprendí mi lección. No necesito un castillo ni una sirena cantante. Me tengo a mí mismo, mis piernas musculosas y mis pestañas increíbles".
En ese momento, la barista gritó: "¡Pescaccino para Peter!". Peter sonrió. "Disculpa, Lord Farquaad. Mi café me espera. Y créeme, es mucho más satisfactorio que cualquier castillo de algas marinas".
Peter recogió su Pescaccino y se alejó, dejando a Lord Farquaad con la boca abierta. Se sentó en una mesa cerca de la ventana, bebió su café y sintió una oleada de satisfacción. Había enfrentado a su ex, había demostrado su valía y, lo más importante, tenía un delicioso Pescaccino en la mano.
De repente, sintió una pequeña mano tocar su brazo. Miró hacia abajo y vio a una niña pequeña con grandes ojos curiosos.
"¡Señor Pez!", exclamó la niña. "¡Me encantan sus pestañas! ¿Son de verdad?"
Peter sonrió. "Por supuesto que lo son, querida. Son mi secreto de belleza".
La niña rió. "¡Son las pestañas más bonitas que he visto en mi vida!"
Peter sintió que su corazón se llenaba de alegría. Quizás la vida rutinaria no era tan mala después de todo. Tenía su Pescaccino, sus musculosas piernas, su tutú rosa y, por supuesto, sus increíbles pestañas. Y a veces, un reencuentro inesperado con un ex solo te recordaba lo maravilloso que eras.
Desde ese día, Peter Pitoso continuó con su rutina diaria, pero con una nueva perspectiva. Sabía que era un pez especial, un pez con agallas (¡literal y figuradamente!), y que nada ni nadie podría quitarle su brillo. Y cada vez que iba al Starbucks, recordaba el reencuentro con Lord Farquaad y sonreía, sabiendo que había salido victorioso. Porque, al final, Peter Pitoso era mucho más que un pez con piernas musculosas y un tutú rosa. Era un pez con un gran corazón, unas pestañas fabulosas y una actitud imparable.
La niña, de nombre Sofia, se hizo amiga de Peter y cada mañana se encontraban en Starbucks para charlar. Sofia amaba escuchar las historias de Peter y Peter amaba la admiración genuina de Sofia por sus pestañas. Lord Farquad nunca volvió a Starbucks, o por lo menos nunca mientras Peter estaba ahí. Peter y Sofia continuaron su amistad por años. Y Peter nunca más volvió a salir con nadie más que no fuera un pez. Fin.
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