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Pío era un pollito muy especial. No había nacido como los demás. Pío estaba hecho de pedacitos de papel amarillo, cuidadosamente rasgados y pegados por la abuela Elena. Sus ojos eran dos bolitas de papel negro, y su pico, un triángulo naranja. A Pío le encantaba vivir en la casita de la abuela Elena, rodeada de un jardín exuberante.
Un día, la abuela Elena estaba trabajando en su jardín. "Pío, ¿quieres ayudarme?", preguntó con una sonrisa. Pío, emocionado, asintió con la cabeza de papel. La abuela Elena le explicó que iban a crear un nuevo jardín, ¡un jardín de papel! Le dio a Pío una canasta llena de papeles de colores: verde para las hojas, rojo para las amapolas, azul para las campanillas, y un amarillo brillante, casi igual al color de Pío.
"Tu trabajo, Pío", dijo la abuela Elena, "es rasgar los papeles en pedacitos pequeños. Así crearemos las flores y las hojas". Pío nunca había rasgado papel antes. Miró el papel verde, dudando. ¿Cómo se hacía eso? La abuela Elena le mostró cómo. Tomó un trozo de papel, lo sujetó con sus dedos arrugados, y lo rasgó con cuidado. "¡Así!", exclamó. "No importa si los pedazos son perfectos. ¡La belleza está en la imperfección!".
Pío intentó imitar a la abuela Elena. Tomó un trozo de papel rojo, lo sujetó con sus alas de papel (que a veces se despegaban un poco, pero la abuela Elena siempre las volvía a pegar con cariño), y tiró. El papel se rompió de forma desigual. Pío se sintió un poco frustrado. "¡No puedo!", pió tristemente.
La abuela Elena se acercó y abrazó a Pío con cuidado. "Claro que puedes, Pío. Solo necesitas practicar. Recuerda, cada pedacito de papel, incluso el más pequeño, es importante". Le tomó la mano de papel y le mostró de nuevo, lentamente. "Mira, usa tus dedos para guiar el papel. No tires demasiado fuerte al principio".
Pío lo intentó de nuevo, esta vez con más paciencia. Rasgó un pedacito de papel rojo. Luego otro. Y otro más. Poco a poco, fue mejorando. Los pedacitos de papel eran cada vez más pequeños y uniformes. ¡Estaba creando pétalos para las amapolas!
Pasaron la tarde entera rasgando papel. Pío hizo muchísimos pedacitos de papel verde para las hojas, y la abuela Elena los pegaba con cuidado sobre un gran trozo de cartón. Después, Pío hizo pétalos rojos, azules y amarillos, y la abuela Elena los transformó en hermosas flores de papel.
Mientras trabajaban, la abuela Elena le contaba historias a Pío sobre las flores reales del jardín. Le habló de las rosas rojas que olían tan dulce, de los girasoles que seguían al sol, y de las margaritas blancas que parecían pequeñas estrellas. Pío escuchaba con atención, imaginando los colores y los olores del jardín real.
Cuando el sol comenzó a ponerse, el jardín de papel estaba casi terminado. Era un jardín mágico, lleno de color y textura. Había amapolas rojas, campanillas azules, girasoles amarillos, y muchísimas hojas verdes. Pío se sentía muy orgulloso de su trabajo. ¡Había creado un jardín hermoso con sus propias alas!
"¡Es precioso, Pío!", exclamó la abuela Elena, admirando el jardín de papel. "Eres un pollito muy talentoso". Pío, feliz, pió con entusiasmo. Se sentía cansado, pero muy contento. Había aprendido una nueva habilidad y había ayudado a la abuela Elena a crear algo hermoso.
La abuela Elena colgó el jardín de papel en la pared de la casita. Ahora, Pío podía ver su jardín de papel todos los días, incluso cuando llovía o hacía frío. Y cada vez que lo veía, recordaba la tarde que pasó rasgando papel con la abuela Elena, y cómo aprendió que la belleza está en la imperfección, y que incluso un pollito de papel puede crear algo maravilloso.
Esa noche, Pío soñó con un jardín real, lleno de flores de todos los colores. Soñó que volaba entre las flores, sintiendo el sol en sus alas de papel y oliendo el dulce aroma de las rosas. Y cuando despertó, supo que aunque era un pollito de papel, podía soñar, crear y amar como cualquier otro pollito, ¡o incluso más!
Al día siguiente, Pío le propuso a la abuela Elena crear un huerto de papel. Quería rasgar papel naranja para las zanahorias, papel rojo para los tomates, y papel verde para las lechugas. La abuela Elena sonrió. Sabía que Pío había encontrado su pasión: ¡crear un mundo de papel, un pedacito a la vez!
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