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Había una vez, en un reino lleno de cielos infinitos y montañas que tocaban las nubes, un príncipe llamado Edwin. Este príncipe no tenía caballo ni capa, pero sí un uniforme de piloto y un sueño tan grande como el horizonte. Vivía viajando de un lado a otro, cruzando mares y continentes, pero nunca lograba descansar. Su reino era el aire, pero su gran enemigo era el sueño crónico y los informes interminables que le daban más vueltas que un avión en turbulencia. Cuando le preguntaban "¿dónde estás?", Edwin debía consultar su mapa, o más bien, su pase de abordo, porque la verdad es que ya no sabía si estaba en Quito, Buenos Aires o en una nube.
En otro rincón del reino, en una mina dorada que brillaba tanto como el sol de mediodía, vivía una princesa llamada Alejandra. No llevaba corona, sino casco y botas, porque su reino no tenía castillos ni jardines, sino túneles oscuros y montañas de tierra. Pasaba 14 días al mes en la mina, entre cotizaciones y reuniones donde el Wi-Fi era tan inestable como el ánimo de un Géminis. Cuando no estaba entre maquinaria pesada y lodo, pasaba los otros 14 días en casa, recibiendo un cálido abrazo del shampoo con aroma, recordando cómo era vivir sin despertador a las 5 a.m. y disfrutando de la tranquilidad de una vida sin tener que "corretear a los proveedores".
El destino, siempre juguetón, decidió unir a estos dos seres tan distintos a través de una app mágica llamada Bumble. El príncipe, cansado de no encontrar a su dama perfecta entre las turbulencias de sus vuelos, hizo un "match" con la princesa, quien, por su parte, no tenía tiempo para perderlo en juegos. Su corazón estaba preparado para un romance maduro, sin adornos ni falsas promesas. "Ya no estoy para perder el tiempo", dijo ella, como quien elige cuidadosamente qué película ver después de media hora buscando en Netflix.
Un día, sin filtros ni aplicaciones, decidieron verse. La princesa, siempre tan meticulosa, lo observó detenidamente al llegar. El príncipe, puntual como reloj suizo pero un poco perdido en este mundo de citas, llegó con una sonrisa tímida. No era el típico encuentro de cuentos de hadas, pero ahí comenzaron a escribir su propia historia.
Con el tiempo, sus corazones se fueron conociendo a través de cine, teatro, y un escape room (aunque, spoiler: no escaparon, pero sí salieron más enamorados). El reino del estrés y los virus llegó, pero también el reino del cuidado mutuo: sopitas, mensajes tiernos, memes de “descansa, mi cielo”. Porque en este cuento, el cariño no solo se medía en besos, sino también en aguantar la fiebre o la cara de "estoy más saturado que vejiga para eco".
La princesa, siempre firme como una montaña, conoció a la familia del príncipe. Y ojo, que eso es serio. Si pasas el filtro familiar, ya eres VIP. Y aunque uno sea Géminis (más cambiante que el clima de Quito), y la otra Capricornio (más firme que el reglamento de mina), se entendieron.
Pero como todo cuento, a veces las cosas se complicaban. El príncipe llegaba de sus largos vuelos, y se volvía tan silencioso como un dragón dormido. Y ahí, la princesa se transformaba. En lugar de una dulce vocecita, sus reclamos llegaban por WhatsApp, largos como una telenovela y sin emojis, con puntos suspensivos que dolían más que la despedida de un viaje largo.
“¿Está molesta?” pensaba él, mirando esos textos como si fueran un laberinto sin salida. Y lo peor de todo era que no solo le importaba que él tardara en responder, sino el tiempo que se tomaba. ¿Dónde estaban los “te quiero”? ¿Por qué no había un “buenas noches”? ¿Por qué solo un “ok”? Su mente volaba en círculos y, claro, a veces se sentían desconectados, como dos islas separadas por el mar de la incomunicación.
Pero no todo estaba perdido. Porque en este cuento, el amor verdadero no se mide en malentendidos, sino en los momentos de volver a encontrarse. Y aunque los "ok" y los corazoncitos a veces parecían perdidos, siempre se volvieron a elegir.
La princesa, que deseaba un amor responsable, con estabilidad, con futuro... pero también con dosis de dulzura y locura adolescente, disfrutaba de esas pequeñas sorpresas que el príncipe le ofrecía: un dulce, un mensaje tierno, un apodo ridículo que solo ellos entendían.
Y adivinen qué, queridos amigos, ¿cuál fue el primer proyecto de esta pareja real? ¡Un viaje a Cuenca! No solo una escapada, sino la primera gran aventura como pareja. Porque sí, las montañas y los vuelos largos pueden parecer obstáculos, pero ellos, a pesar de todo, se seguían eligiendo.
Y colorín colorado, esta historia de amor con vuelos y minas ha terminado… aunque, quién sabe, tal vez sigan viajando juntos, superando montañas y tomando café con vistas al cielo.
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