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Gratis · elegí una voz"¿Puedo jugar contigo?" preguntó Tambor, con una voz un poco temblorosa. Era nuevo en la clase del Profesor Bigotes, y Algodón, un niño de ojos grandes y suaves como el pelaje de un conejo, siempre parecía estar solo. Tambor lo había estado observando durante días, preguntándose qué le gustaba hacer. Su mamá le había dicho que a veces la gente necesita un poco de ayuda para hacer amigos, y Tambor quería ser ese amigo para Algodón.
Algodón le miró con sus grandes ojos y con una sonrisa pequeñita asintió. La sonrisa era tan tímida que casi se desvaneció antes de que Tambor pudiera estar seguro de que la había visto. Pero ahí estaba, una pequeña señal de bienvenida.
Aquella tarde, después de que la campana sonara, Tambor se sentó junto a Algodón en el rincón de juegos. Había una pila de rompecabezas allí, algunos con muchas piezas, otros con solo unas pocas. Tambor tomó uno de los más pequeños, pero Algodón, sin decir una palabra, señaló uno mucho más grande, con la imagen de un rugiente Tyrannosaurus Rex.
Tambor se sorprendió. "¿Te gusta ese? ¡Parece difícil!"
Algodón asintió con entusiasmo, sus ojos brillando. Empezó a juntar las piezas con una velocidad y precisión asombrosas. Tambor observó, maravillado, cómo los trozos de cartón cobraban vida, formando la poderosa criatura prehistórica.
"¡Wow! ¡Eres muy bueno en esto!" exclamó Tambor.
Algodón sonrió, esta vez una sonrisa más grande y segura. "Me gustan los dinosaurios," dijo en voz baja.
Y así, Tambor aprendió que a Algodón le encantaban los rompecabezas y que era muy bueno. Aprendió que le gustaba hablar de dinosaurios y que se sabía todos sus nombres y características: el Triceratops con sus tres cuernos, el Stegosaurus con sus placas en la espalda, el Brachiosaurus con su cuello largo como una torre.
Pero también aprendió algo más importante. Aprendió que a Algodón le molestaban algunos ruidos fuertes porque lo asustaban. El estruendo de la puerta al cerrarse de golpe, el sonido agudo del silbato del entrenador en el patio, incluso el zumbido fuerte de la aspiradora. Por eso el Profesor Bigotes le dejaba salir algunas ocasiones durante la clase, para que pudiera calmarse en el tranquilo jardín de la escuela.
Un día, durante la clase de música, el Profesor Bigotes hizo sonar un triángulo con demasiada fuerza. Algodón se encogió y se tapó los oídos. Tambor vio el miedo en sus ojos. Sin pensarlo dos veces, Tambor se levantó y se acercó a Algodón. Le susurró al oído: "¿Quieres ir al jardín? Puedo pedirle al Profesor Bigotes que te deje ir conmigo."
Algodón asintió con gratitud. Tambor habló con el Profesor Bigotes, quien, comprendiendo la situación, les dio permiso para salir. En el jardín, el aire fresco y el canto de los pájaros calmaron a Algodón. Tambor se sentó a su lado, sin decir nada, simplemente ofreciendo su compañía.
Con el tiempo, Tambor se convirtió en el protector de Algodón. Aprendió a anticipar los momentos en que los ruidos fuertes podían molestar a su amigo y lo ayudaba a alejarse o a prepararse para ellos. Les explicaba a los demás niños por qué Algodón a veces necesitaba un poco de silencio y tranquilidad.
Al principio, algunos niños no entendían. Se reían de Algodón o lo evitaban. Pero Tambor no se rindió. Les contaba a sus amigos sobre los dinosaurios que conocía Algodón, sobre su increíble habilidad para resolver rompecabezas y sobre su amabilidad. Poco a poco, los otros niños comenzaron a ver a Algodón como algo más que "el niño que se asusta con los ruidos."
Muy pronto, todos entendieron qué le pasaba a Algodón y aprendieron a ser sus amigos. Aprendieron a hablar en voz baja cerca de él, a evitar los ruidos repentinos y a invitarlo a jugar a juegos tranquilos. Descubrieron que Algodón era un amigo leal, inteligente y divertido.
Sin duda alguna, Tambor se sintió muy feliz porque su mamá tenía razón. Ahora sabía cómo podía acercarse a su nuevo compañero y podría ayudar a sus amigos a acercarse a él también. Había aprendido que la amistad se trata de comprensión, paciencia y aceptación. Y Algodón, finalmente, había encontrado un lugar donde sentirse seguro y amado. El rincón de juegos, antes un lugar solitario para él, ahora estaba lleno de risas y amigos.
La clase del Profesor Bigotes se convirtió en un lugar aún más especial, un lugar donde todos se cuidaban unos a otros y donde las diferencias se celebraban en lugar de ocultarse. Y todo comenzó con una simple pregunta: "¿Puedo jugar contigo?"
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