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Gratis · elegí una vozRatatín era un ratoncito muy curioso, con un bigote largo y una nariz que siempre olisqueaba en busca de aventuras. Vivía en una pequeña casita debajo de un gran roble, y su mayor sueño era probar el queso más delicioso del mundo. Un día, escuchó a unos ancianos ratones murmurar sobre una leyenda: decían que en la luna, ¡sí, en la luna!, se encontraba el último queso del mundo, un queso tan grande y sabroso que podría alimentar a todos los ratones de la Tierra por un siglo.
Ratatín, con sus ojitos brillantes de emoción, decidió que tenía que ir. "¡Tengo que encontrar ese queso!", exclamó. Pero, ¿cómo llegar a la luna? No tenía una nave espacial, ni alas, ni siquiera una escalera lo suficientemente larga. Pensó, pensó y pensó, mordisqueando un trocito de pan duro.
De repente, ¡una idea brillante iluminó su mente! Recordó que su amigo, el Grillo Cantarín, era un inventor muy ingenioso. Rápidamente corrió a buscarlo. Grillo Cantarín vivía en una casa hecha de hojas secas y ramitas, y siempre estaba rodeado de inventos extraños y maravillosos. "¡Grillo Cantarín, necesito tu ayuda!", gritó Ratatín, llegando sin aliento.
Grillo Cantarín, con sus antenas moviéndose de un lado a otro, escuchó atentamente la historia de Ratatín y el queso lunar. "¡Vaya, Ratatín, qué aventura tan audaz!", exclamó. "Pero, llegar a la luna no es tarea fácil". Después de rascarse la cabeza con una patita, dijo: "¡Ya sé! Construiremos un cohete impulsado por risas".
Ratatín lo miró confundido. "¿Risas? ¿Cómo va a funcionar eso?". Grillo Cantarín explicó que había descubierto que las risas eran una fuente de energía muy poderosa. Recolectarían risas de todos los animales del bosque y las usarían para impulsar el cohete.
Así, Ratatín y Grillo Cantarín comenzaron su increíble proyecto. Construyeron un pequeño cohete con latas de sardinas vacías, palitos de helado y un paraguas viejo. Luego, fueron de animal en animal, contando chistes y haciendo cosquillas, recolectando las risas en frascos de vidrio. El conejo se reía al ver a Ratatín intentar hacer malabares con bellotas, el oso se reía al escuchar los chistes tontos del Grillo Cantarín, y hasta la seria lechuza soltó una risita al ver a Ratatín tropezar con una raíz.
Cuando tuvieron suficientes frascos llenos de risas, los colocaron en el cohete. Grillo Cantarín ajustó los últimos tornillos y dijo: "¡Listo para el despegue! Agárrate fuerte, Ratatín". Ratatín se abrochó el cinturón hecho con una hoja de lechuga y esperó con el corazón latiendo a mil por hora.
Grillo Cantarín presionó un botón, y el cohete comenzó a temblar. De los frascos de risa salieron burbujas brillantes, y el cohete se elevó lentamente hacia el cielo. "¡Estamos volando!", gritó Ratatín, mirando hacia abajo y viendo el bosque cada vez más pequeño.
El viaje fue largo y lleno de baches, pero las risas los mantuvieron motivados. Vieron estrellas fugaces, planetas brillantes y hasta una vaca saltando sobre la luna (¡o al menos eso creyeron!). Finalmente, llegaron a la luna.
La luna era un lugar silencioso y polvoriento, pero para sorpresa de Ratatín, ¡estaba llena de cráteres de queso! Cráteres de queso cheddar, cráteres de queso suizo y hasta un gigantesco cráter de queso azul. Ratatín no podía creer lo que veía.
"¡Lo encontramos, Grillo Cantarín! ¡El queso más delicioso del mundo está aquí!", exclamó Ratatín, corriendo hacia el cráter de queso más grande. Pero cuando estaba a punto de darle un mordisco, escuchó un pequeño gemido. Miró hacia abajo y vio a un pequeño ratón lunar, sentado en el borde del cráter, con lágrimas en los ojos.
"¿Qué te pasa?", preguntó Ratatín. El ratón lunar explicó que el queso era su único alimento, y que si Ratatín y Grillo Cantarín se lo comían todo, él no tendría nada para comer. Ratatín se sintió muy mal. Había viajado hasta la luna por ese queso, pero no quería dejar al ratón lunar sin comida.
Después de pensarlo un momento, Ratatín tuvo una idea. Le dijo al ratón lunar: "No nos comeremos todo el queso. Solo tomaremos un poquito para llevar a la Tierra y compartirlo con todos los ratones. Y a cambio, te enseñaremos a cultivar plantas en la luna".
El ratón lunar se alegró mucho con la propuesta. Ratatín y Grillo Cantarín tomaron un trozo pequeño del queso lunar y le enseñaron al ratón lunar a cultivar lechugas y zanahorias en la luna.
Luego, regresaron a la Tierra con su trozo de queso lunar. Lo compartieron con todos los ratones del bosque, y todos estuvieron de acuerdo en que era el queso más delicioso que habían probado en su vida. Ratatín aprendió que la amistad y la generosidad son más importantes que cualquier tesoro, incluso el último queso del mundo. Y así, Ratatín y Grillo Cantarín vivieron felices para siempre, siempre buscando nuevas aventuras y compartiendo su alegría con todos los demás.
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