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Gratis · elegí una vozQuique era un patito muy peculiar. No era que fuera diferente en apariencia; tenía plumas amarillas suaves, un pico anaranjado brillante y unas patitas palmeadas perfectas para nadar. Lo que lo hacía especial era su inmenso deseo de recibir un abrazo. No un simple roce de plumas, sino un abrazo de verdad, de esos que te hacen sentir cálido y seguro por dentro.
Vivía en un estanque rodeado de juncos altos y flores silvestres. Los demás patitos pasaban sus días chapoteando en el agua, persiguiendo libélulas y aprendiendo a volar. Pero Quique, aunque disfrutaba de esas actividades, siempre sentía que le faltaba algo. Observaba a las mamás pata acurrucar a sus patitos bajo sus alas, y su corazón se llenaba de anhelo.
Un día, Quique decidió que ya era hora de buscar ese abrazo que tanto deseaba. Se despidió de su mamá con un tímido "¡Cuack!" y emprendió su aventura. Primero, se encontró con Doña Tortuga, que tomaba el sol sobre una roca. Doña Tortuga era sabia y gentil, pero su caparazón era duro y frío.
"Doña Tortuga," preguntó Quique tímidamente, "¿me daría un abrazo?"
Doña Tortuga lo miró con sus ojos arrugados y sonrió. "Ay, patito," dijo, "me encantaría, pero mi caparazón no es muy abrazable. ¿Por qué no le preguntas a la señora Coneja? Ella es muy suave y cariñosa."
Quique, aunque un poco decepcionado, agradeció a Doña Tortuga y siguió su camino. Llegó a un campo lleno de tréboles donde la señora Coneja estaba jugando con sus conejitos. La señora Coneja era, en efecto, muy suave y tenía un pelaje blanco y esponjoso.
"Señora Coneja," dijo Quique con entusiasmo, "¿me daría un abrazo?"
La señora Coneja lo miró con curiosidad. "Un abrazo, dices?" preguntó. "Bueno, nunca he abrazado a un pato antes, pero supongo que puedo intentarlo." La señora Coneja abrazó a Quique con sus patitas cortas, pero el abrazo fue rápido y un poco torpe. Quique sintió el suave pelaje, pero no la calidez que tanto buscaba.
"Gracias, señora Coneja," dijo Quique, sintiéndose un poco triste. "Pero no era exactamente lo que esperaba."
La señora Coneja le sonrió. "No te desanimes, patito," dijo. "Tal vez encuentres el abrazo que buscas en el bosque. Los osos son muy buenos abrazadores, ¿sabes?"
Quique, animado por las palabras de la señora Coneja, se adentró en el bosque. El bosque era oscuro y misterioso, lleno de árboles altos y sombras danzantes. Quique sentía un poco de miedo, pero su deseo de un abrazo era más fuerte.
Después de caminar un rato, se encontró con el señor Oso, que estaba sentado bajo un gran roble comiendo miel. El señor Oso era grande y fuerte, con un pelaje marrón espeso.
"Señor Oso," dijo Quique con un poco de temor en su voz, "¿me daría un abrazo?"
El señor Oso dejó de comer miel y miró a Quique con sorpresa. "¿Un abrazo?" gruñó. "Soy un oso, no un abrazador. Los osos rugen y cazan, no abrazan."
El señor Oso intentó parecer amenazante, pero Quique no se asustó. Vio la soledad en los ojos del oso y sintió lástima por él.
"Pero señor Oso," dijo Quique, "tal vez necesite un abrazo tanto como yo. Tal vez un abrazo le haga sentirse mejor."
El señor Oso se quedó mirando a Quique por un momento, confundido. Nunca nadie le había dicho algo así. Lentamente, con torpeza, el señor Oso extendió sus grandes brazos y abrazó a Quique. El abrazo fue fuerte y un poco aplastante, pero también fue cálido y reconfortante. Quique sintió la fuerza del oso, pero también sintió su soledad.
Después de un momento, el señor Oso soltó a Quique. Se quedó mirando al patito con asombro.
"Gracias, patito," dijo el señor Oso con voz suave. "Creo que… creo que necesitaba eso."
Quique sonrió. "Yo también, señor Oso," dijo. "Yo también."
Quique se dio cuenta de que el abrazo que había estado buscando no era solo para él. Era algo que podía compartir con los demás. Y así, Quique el patito regresó al estanque, no solo con un abrazo en su corazón, sino también con la comprensión de que los abrazos son aún más especiales cuando se comparten.
Y a partir de ese día, Quique abrazó a todos los que encontró: a su mamá pata, a sus hermanitos, a Doña Tortuga, a la señora Coneja e incluso, de vez en cuando, al señor Oso, que secretamente disfrutaba de esos breves y torpes abrazos.
Quique descubrió que el mejor abrazo es aquel que se da con el corazón, sin importar cuán grande o pequeño, suave o duro sea quien lo recibe.
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