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En una casita de colores, rodeada de un huerto lleno de tomates gorditos y calabazas sonrientes, vivía un gallo muy especial llamado Cantarín. Cantarín no era un gallo cualquiera. Él no cantaba al amanecer desde el corral, no, no. Cantarín cantaba, ¡quiquiriquí que quiquiriquí!, en la cabecera de la cama de Sofía.
Sofía era una niña de pelo rizado como un ovillo de lana y ojos brillantes como canicas. A Sofía le encantaba dormir, pero llegar tarde al colegio no le gustaba nada. Por eso, sus papás le habían regalado a Cantarín.
"¡Quiquiriquí! ¡Despierta, Sofía!", cantaba Cantarín cada mañana, con una voz tan fuerte que hacía vibrar las ventanas. Al principio, a Sofía le molestaba un poco. "¡Ay, Cantarín, un poquito más tarde!", suplicaba, tapándose la cabeza con la almohada.
Pero Cantarín era un gallo muy responsable. Él sabía que Sofía tenía que llegar a tiempo al colegio para aprender muchas cosas interesantes. Así que seguía cantando: "¡Quiquiriquí! ¡El sol ya salió! ¡Es hora de levantarse!"
Un día, Sofía tenía una prueba muy importante de matemáticas. Había estudiado mucho, pero estaba muy nerviosa. Esa noche, le costó conciliar el sueño. Daba vueltas y vueltas en la cama, pensando en los números y las ecuaciones.
Por la mañana, Cantarín cantó como siempre: "¡Quiquiriquí! ¡Despierta, Sofía! ¡Es hora de brillar!"
Pero Sofía estaba tan cansada que apenas lo escuchó. Se quedó dormida profundamente, soñando con pizarras llenas de números que bailaban.
Cantarín se preocupó. Nunca antes Sofía se había quedado dormida después de su canto. Intentó cantar más fuerte, pero nada. Sofía seguía durmiendo.
Entonces, Cantarín tuvo una idea. Saltó de la cabecera de la cama y, con sus patas, empezó a hacer cosquillas en los pies de Sofía.
Sofía se despertó con una risita. "¡Ay, Cantarín, qué cosquillas!", dijo, abriendo los ojos.
Cuando Sofía miró el reloj, se dio cuenta de que se había quedado dormida. "¡Oh no, la prueba!", exclamó, saltando de la cama.
Se vistió a toda prisa, desayunó un vaso de leche de un solo trago y corrió al colegio. Llegó justo a tiempo para la prueba.
Sofía estaba muy agradecida a Cantarín. Sabía que si no fuera por él, habría llegado tarde a la prueba y se habría perdido la oportunidad de demostrar todo lo que había aprendido.
Después de la prueba, Sofía regresó a casa y abrazó a Cantarín. "Gracias, Cantarín, eres el mejor gallo del mundo", le dijo.
Cantarín, orgulloso, hinchó el pecho y cantó: "¡Quiquiriquí! ¡Siempre estaré aquí para ti, Sofía!"
Desde ese día, la amistad entre Sofía y Cantarín se hizo aún más fuerte. Sofía siempre se levantaba con el canto de Cantarín, agradecida por tener un amigo tan especial. Y Cantarín seguía cantando, ¡quiquiriquí que quiquiriquí!, en la cabecera de la cama de Sofía, feliz de ayudarla a empezar cada día con una sonrisa.
Una tarde, Sofía decidió hacerle un regalo especial a Cantarín. Con unas pinturas de colores, pintó un retrato de Cantarín con un sol brillante detrás. Cantarín quedó encantado con su retrato y lo colgó en la cabecera de la cama de Sofía, justo al lado de su propio nido.
Ahora, cada mañana, cuando Cantarín cantaba, podía ver su retrato y recordar lo mucho que Sofía lo quería. Y Sofía, al escuchar el canto de Cantarín, podía ver el retrato y recordar lo afortunada que era de tener un amigo tan leal y valiente.
Un día, el abuelo de Sofía vino a visitarlos. Al ver a Cantarín en la cabecera de la cama, se sorprendió mucho. "¡Nunca había visto un gallo en un dormitorio!", exclamó el abuelo.
Sofía le explicó al abuelo que Cantarín no era un gallo cualquiera, sino su despertador personal y su mejor amigo. El abuelo sonrió y dijo: "Parece que Cantarín es un gallo muy especial".
Desde ese día, el abuelo también se hizo amigo de Cantarín. Todas las mañanas, después del canto de Cantarín, el abuelo le daba un puñado de maíz y le contaba historias de cuando era niño.
Y así, Sofía, Cantarín y el abuelo vivieron felices en la casita de colores, rodeados de tomates gorditos, calabazas sonrientes y una amistad que cantaba más fuerte que cualquier quiquiriquí.
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