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Gratis · elegí una vozRafael, un niño de ciudad, siempre había soñado con conocer el campo. Para él, el campo era un lugar mágico, lleno de animales y aventuras que solo veía en los libros. Un día, sus padres le dieron una sorpresa: ¡irían de vacaciones a la granja de su tía Elena, en el sur! Rafael no cabía de alegría.
El viaje fue largo, pero cada kilómetro lo acercaba más a su sueño. Al llegar, la tía Elena los recibió con un abrazo enorme y un olor a pan recién horneado. La granja era aún más maravillosa de lo que Rafael había imaginado. Había vacas pastando, ovejas lanudas y gallinas picoteando por todos lados.
"¡Bienvenido, Rafael!", dijo la tía Elena. "¡Espero que te guste la vida en el campo!"
Rafael asintió con entusiasmo. Lo primero que quiso hacer fue explorar. Corrió entre los árboles frutales, saludó a los cerdos y se maravilló con el tamaño del tractor. Pero lo que más le llamó la atención fueron las gallinas. Nunca las había visto tan de cerca.
"¿Qué hacen las gallinas, tía?", preguntó Rafael.
"Ponen huevos", respondió la tía Elena. "Y esos huevos son nuestro desayuno de mañana."
Rafael se emocionó. ¡Nunca había sacado un huevo de gallina directamente del nido! La tía Elena le explicó que debía ser muy cuidadoso para no asustar a las gallinas y que los huevos eran muy frágiles.
Al día siguiente, después de un desayuno con leche fresca y pan con mantequilla, la tía Elena invitó a Rafael a recoger los huevos. Le dio una cesta de mimbre y le enseñó dónde estaban los nidos.
"Recuerda, Rafael", dijo la tía Elena. "Suavemente y con mucho cuidado."
Rafael asintió y se adentró en el gallinero. El aire olía a paja y a gallina. Vio varias gallinas cluecas sentadas en sus nidos, emitiendo suaves cloqueos. Se acercó a uno de los nidos con el corazón latiéndole con fuerza. Allí, entre la paja, ¡vio un huevo! Era de un color marrón claro y se veía perfecto.
Con mucho cuidado, Rafael extendió la mano y lo tomó. Sintió el calor del huevo en su palma. Lo depositó suavemente en la cesta y buscó otro. Encontró tres huevos más en diferentes nidos. Estaba muy orgulloso de su trabajo.
Pero de repente, escuchó un cacareo muy fuerte. Una gallina blanca, muy grande, se había levantado de su nido y lo miraba fijamente. Rafael se asustó. La gallina parecía muy enojada.
"¡Cuidado, Rafael!", gritó la tía Elena desde la puerta del gallinero. "¡Esa es Clotilde, y es muy protectora con sus huevos!"
Rafael retrocedió lentamente, con la cesta llena de huevos. Clotilde lo seguía con la mirada, cacareando cada vez más fuerte. Rafael tropezó con una piedra y, ¡ay no!, la cesta se tambaleó. Un huevo salió rodando y cayó al suelo.
Rafael cerró los ojos esperando lo peor, pero cuando los abrió, vio que el huevo no se había roto. Estaba intacto, brillando bajo el sol. Pero no era un brillo normal. Era un brillo dorado.
"¡Mira, tía Elena!", exclamó Rafael. "¡Un huevo dorado!"
La tía Elena se acercó y examinó el huevo. Era un huevo normal, pero cubierto de una fina capa de polvo dorado.
"¡Es el huevo de la suerte!", dijo la tía Elena con una sonrisa. "Cuenta la leyenda que quien encuentre un huevo dorado tendrá un día lleno de alegría y sorpresas."
Rafael se sintió muy afortunado. Recogió el huevo dorado con cuidado y lo guardó en la cesta. Clotilde, al ver que Rafael ya no representaba una amenaza, volvió a su nido y se acomodó.
Ese día, Rafael vivió muchas aventuras. Ayudó a la tía Elena a alimentar a los animales, aprendió a ordeñar una vaca (aunque al principio le costó un poco) y paseó a caballo por los campos. Todo le salía bien y se sentía feliz.
Por la noche, antes de dormir, Rafael miró el huevo dorado. No era realmente de oro, pero para él valía mucho más. Representaba la magia del campo, la alegría de la aventura y la suerte de haber conocido a Clotilde, la gallina protectora.
Al día siguiente, Rafael y su familia regresaron a la ciudad. Rafael se despidió de la tía Elena con un fuerte abrazo y prometió volver pronto. Se llevó consigo el recuerdo del campo y el secreto del huevo dorado, un secreto que guardaría para siempre en su corazón. Y aunque la vida en la ciudad era diferente, ahora sabía que la aventura podía encontrarse en cualquier lugar, solo hacía falta tener los ojos abiertos y el corazón dispuesto a descubrirla.
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