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Había una vez un pequeño ratoncito travieso y juguetón que vivía con su mamá en una pequeña madriguera en una casa de campo. Se llamaba Saltarín, porque le encantaba saltar por todas partes. Su mamá, Doña Ratona, siempre le decía: "¡Saltarín, ten cuidado! El mundo allá afuera es grande y hay muchos peligros". Pero Saltarín era demasiado curioso para quedarse quieto.
Un día soleado, mientras Doña Ratona dormía una siesta, Saltarín sintió una gran necesidad de explorar. "¡Hoy voy a ver el granero!", pensó. El granero era el lugar más emocionante de toda la casa, lleno de olores nuevos y misteriosos. Sin pensarlo dos veces, salió corriendo de la madriguera.
Al llegar al granero, Saltarín se quedó maravillado. ¡Era enorme! Había montañas de heno, sacos de grano y herramientas brillantes colgadas en las paredes. El olor a tierra y a sol era embriagador. Empezó a saltar entre los sacos de grano, sintiéndose como un explorador en una selva.
De repente, escuchó un ruido. "¡Miaaau!" Saltarín se congeló. ¡Era un gato! Un gato grande y gordo, con ojos amarillos que brillaban como el oro. El gato lo miró con una sonrisa malvada. "¡Hola, ratoncito! ¿Qué haces por aquí?", ronroneó.
Saltarín, aunque asustado, intentó mantener la calma. "E-estoy... estoy explorando", tartamudeó. El gato se acercó lentamente, moviendo la cola. "Explorando, ¿eh? Bueno, yo también estoy explorando... ¡y creo que he encontrado mi almuerzo!"
Saltarín supo que tenía que escapar. Corrió tan rápido como pudo, esquivando las patas del gato. Saltó sobre un saco de harina, dejando una nube blanca tras de sí. El gato, sorprendido, tosió y estornudó, dándole a Saltarín una ventaja.
Saltarín corrió y corrió hasta que encontró un agujero en la pared. Se metió dentro, sintiendo su corazón latir con fuerza. Estaba a salvo, al menos por ahora. Pero el granero era mucho más grande de lo que pensaba, y ahora estaba perdido.
Mientras caminaba por un oscuro pasillo, escuchó un sonido suave. "¿Quién anda ahí?", preguntó con voz temblorosa. Una voz dulce respondió: "Soy Rosita, ¿y tú quién eres?".
Saltarín siguió la voz y encontró a una ratoncita pequeña y delgada, con un lazo rosa en la cabeza. "Soy Saltarín, y estoy perdido", dijo. Rosita sonrió. "No te preocupes, yo conozco este granero como la palma de mi mano. Te ayudaré a encontrar el camino de vuelta".
Rosita guio a Saltarín por laberintos de sacos y cajas, contándole historias del granero. Le habló de los pájaros que anidaban en el techo, de las arañas que tejían telarañas brillantes y de los duendes que se escondían en los rincones oscuros.
Finalmente, llegaron a una pequeña puerta que daba al exterior. "Por aquí", dijo Rosita. Saltarín salió y vio su madriguera a lo lejos. ¡Estaba tan feliz! "¡Gracias, Rosita! No sé qué habría hecho sin ti", exclamó.
"De nada, Saltarín. Ten cuidado la próxima vez que explores", respondió Rosita. Se despidieron y Saltarín corrió a casa, donde su mamá lo esperaba con los brazos abiertos.
Doña Ratona lo abrazó con fuerza. "¡Saltarín! ¿Dónde estabas? Estaba muy preocupada", dijo. Saltarín le contó toda su aventura en el granero, desde el gato malvado hasta la amable Rosita. Doña Ratona lo escuchó con atención, y al final le dijo: "Saltarín, es bueno ser curioso, pero siempre debes tener cuidado y nunca alejarte demasiado de casa".
Saltarín aprendió una valiosa lección ese día. Siguió siendo un ratoncito travieso y juguetón, pero siempre recordaba los consejos de su mamá y nunca olvidaba a su amiga Rosita. Y aunque siguió explorando, siempre lo hacía con más precaución y respeto por el mundo que lo rodeaba. A veces, incluso visitaba a Rosita en el granero, y juntos compartían historias y aventuras, siempre con cuidado de no encontrarse con el gato malvado. Saltarín entendió que la amistad y la precaución eran las mejores herramientas para explorar el mundo y vivir una vida feliz y segura. Y así, Saltarín, el ratoncito saltarín, siguió viviendo muchas aventuras en la granja, aprendiendo y creciendo con cada nueva experiencia.
Desde ese día, Saltarín nunca más se alejó de su mamá sin avisar, y siempre recordaba a su amiga Rosita y las lecciones aprendidas en el granero. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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