Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozRaulito era un niño muy curioso y lleno de energía. Le encantaba jugar al fútbol, construir torres altísimas con bloques y escuchar las historias que le contaba su abuela. Pero había algo que no le gustaba nada: ¡dormir! Cada noche, cuando su mamá lo arropaba en la cama y apagaba la luz, Raulito sentía que la diversión se acababa.
"¡No tengo sueño!" exclamaba siempre, con los ojos bien abiertos como dos faroles. Su mamá sonreía con paciencia y le decía: "Pero Raulito, hasta las estrellas se van a dormir. Necesitas descansar para tener energía para jugar mañana."
Pero Raulito no se convencía. Se daba vueltas en la cama, imaginando mil aventuras que podría estar viviendo en lugar de dormir. Una noche, mientras intentaba conciliar el sueño, escuchó un pequeño ruido. Era un "tic-tac" suave y constante que venía de su estantería. Raulito, intrigado, se levantó de la cama y se acercó a investigar.
Allí, sobre un estante, vio un pequeño reloj de cucú que nunca había notado antes. Era un reloj antiguo, con una casita de madera y un pajarito que salía cada hora para cantar. El reloj parecía mirarlo con sus agujas brillantes. De repente, el pajarito salió y cantó: "¡Cucú! ¡Cucú! ¡Es la hora de la aventura!"
Raulito se sorprendió. ¿Una aventura? ¿A esta hora? No podía resistirse. Se acercó al reloj y preguntó: "¿Qué aventura? ¿Adónde vamos?"
El pajarito respondió con su voz aguda: "Vamos al País de los Sueños Olvidados. Allí, los sueños que nadie recuerda se están perdiendo. Necesitamos tu ayuda para encontrarlos."
Raulito, sin pensarlo dos veces, asintió. Se sentía emocionado de poder vivir una aventura, ¡y una aventura para salvar sueños! El pajarito le indicó que se subiera al péndulo del reloj. Raulito obedeció, y de repente, sintió que se encogía y se encogía hasta ser del tamaño de una hormiga.
El péndulo se balanceó con fuerza, y Raulito salió disparado hacia el interior del reloj. Se encontró en un túnel oscuro y polvoriento. El pajarito volaba delante de él, guiándolo con su luz tenue. Después de un rato, llegaron a una puerta diminuta que se abrió con un chirrido. Al otro lado, se extendía un paisaje extraño y maravilloso.
Era el País de los Sueños Olvidados. Había árboles hechos de algodón de azúcar, ríos de chocolate caliente y montañas de almohadas suaves. Pero todo parecía triste y descolorido. Raulito vio pequeños sueños vagando sin rumbo, como hojas secas arrastradas por el viento. Eran sueños de volar, de bailar, de ser un superhéroe, pero nadie los recordaba, así que estaban perdiendo su magia.
El pajarito le explicó a Raulito que la única forma de salvar los sueños era recordar los buenos momentos que representaban. "Necesitamos encontrar a alguien que los recuerde", dijo el pajarito.
Raulito y el pajarito comenzaron a buscar. Caminaron por el bosque de algodón de azúcar y navegaron por el río de chocolate. Finalmente, llegaron a una plaza donde había una anciana sentada en un banco. Parecía muy triste.
"Hola, señora", dijo Raulito tímidamente. "¿Está usted bien?"
La anciana levantó la vista. "No mucho, jovencito. He olvidado mis sueños. Ya no recuerdo lo que me hacía feliz."
Raulito tuvo una idea. Sacó de su bolsillo una pequeña canica de cristal que siempre llevaba consigo. "Esta canica me la regaló mi abuela", dijo. "Me recuerda a todos los cuentos que me cuenta. ¿Le gustaría verla?"
La anciana tomó la canica en sus manos. Al instante, sus ojos se iluminaron. "¡Oh!", exclamó. "Esta canica me recuerda a mi propia abuela, que también me contaba historias. ¡Ahora recuerdo! Siempre soñé con ser escritora."
De repente, uno de los sueños olvidados se acercó a la anciana y la abrazó. El sueño, que era una pluma de escribir, recuperó su brillo y color. Raulito y el pajarito sonrieron. ¡Habían salvado un sueño!
Continuaron ayudando a otras personas a recordar sus sueños. Raulito les mostraba sus juguetes, les contaba sus aventuras y les hablaba de su familia. Poco a poco, el País de los Sueños Olvidados se llenó de luz y alegría.
Finalmente, el pajarito le dijo a Raulito que era hora de volver. "Has hecho un gran trabajo", dijo. "Gracias a ti, muchos sueños han sido salvados."
Raulito se despidió de sus nuevos amigos y se subió de nuevo al péndulo del reloj. Volvió a crecer hasta su tamaño normal y se acostó en su cama. Esta vez, se sintió cansado pero feliz. Había vivido una aventura increíble.
Cuando su mamá entró en la habitación, Raulito ya estaba durmiendo profundamente. Soñaba con el País de los Sueños Olvidados, con el pajarito y con todos los sueños que había salvado. Y desde esa noche, a Raulito ya no le importaba tanto irse a dormir. Sabía que, mientras dormía, podía vivir las aventuras más maravillosas. Descubrió que dormir no era el final de la diversión, sino el comienzo de un mundo nuevo lleno de posibilidades. Y lo más importante, aprendió que cada uno de sus sueños, incluso los más pequeños, tenían un poder inmenso.
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