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Gratis · elegí una vozEn lo profundo del Bosque Susurrante, vivía un oso muy especial llamado Redy. Redy no era un oso ordinario; ¡tenía un pelaje rojo brillante! Era tan rojo como una cereza madura, y su nariz era como una mora jugosa. Redy amaba explorar el bosque, pero sobre todo, amaba los arcoíris. Siempre que llovía y el sol volvía a brillar, Redy corría al claro más alto para admirar los vibrantes colores que pintaban el cielo.
Un día, después de una tormenta particularmente fuerte, Redy corrió al claro, emocionado de ver el arcoíris. Pero… ¡el arcoíris no estaba allí! El cielo estaba grisáceo, sin rastro de los colores alegres. Redy sintió una punzada de tristeza. ¿Dónde se habría ido el arcoíris?
"¡Esto es terrible!", exclamó Redy, con su voz retumbante pero amable. "¡El bosque necesita el arcoíris! Las flores necesitan sus colores, los pájaros necesitan su alegría… ¡y yo necesito verlo!"
Sin dudarlo, Redy decidió emprender una aventura para encontrar el arcoíris perdido. Preparó una pequeña mochila con bayas dulces, un mapa del bosque (que dibujó él mismo con ramas y jugo de moras) y su juguete favorito, un pequeño caracol de madera llamado Lolo.
"¡Vamos, Lolo!", dijo Redy, colocando al caracol en su hombro. "¡Tenemos un arcoíris que encontrar!"
La primera parada de Redy fue la casa de la Señora Liebre, la criatura más sabia del Bosque Susurrante. La Señora Liebre vivía en un acogedor agujero debajo de un gran roble. Redy tocó a la puerta con suavidad, y la Señora Liebre asomó su cabeza.
"¡Hola, Redy!", dijo la Señora Liebre con una sonrisa. "¿Qué te trae por aquí?"
"¡Señora Liebre, el arcoíris ha desaparecido!", explicó Redy con urgencia. "¿Sabe dónde podría estar?"
La Señora Liebre frunció el ceño pensativamente. "Hmm, un arcoíris perdido… Eso es muy inusual. He escuchado rumores de que a veces, los arcoíris se esconden en lugares donde la alegría escasea. Tal vez deberías buscar un lugar triste en el bosque."
Redy agradeció a la Señora Liebre y continuó su búsqueda. Caminó y caminó, preguntando a cada criatura que encontraba. Preguntó al Señor Zorro, a la Familia Ardilla y incluso a un grupo de orugas dormilonas. Pero nadie había visto el arcoíris.
Finalmente, Redy llegó a un rincón del bosque que nunca antes había visitado. Era un lugar sombrío y silencioso. Los árboles eran altos y delgados, bloqueando la luz del sol. El suelo estaba cubierto de hojas secas y marchitas. Redy sintió una gran tristeza en este lugar.
En el centro del rincón sombrío, vio a una pequeña flor solitaria. Era una flor azul pálido, pero sus pétalos estaban caídos y parecía muy triste.
Redy se acercó a la flor con cuidado. "Hola, pequeña flor", dijo Redy con suavidad. "¿Estás bien?"
La flor levantó sus pétalos ligeramente. "No me siento muy bien", susurró la flor. "Nadie viene a visitarme aquí. El sol nunca brilla y no tengo amigos."
Redy sintió pena por la flor. Se sentó junto a ella y le contó historias alegres sobre el Bosque Susurrante, sobre los pájaros cantores, las mariposas danzantes y los arroyos cristalinos. Le contó sobre su amor por los arcoíris y cómo le hacían sentir feliz.
Mientras Redy hablaba, la flor comenzó a animarse. Sus pétalos se enderezaron y su color se volvió un poco más brillante. Redy continuó contándole historias, y Lolo, el caracol de madera, incluso hizo algunos pequeños bailes en su hombro.
De repente, Redy notó algo brillante en el cielo. ¡Era el arcoíris! Sus colores eran más vibrantes que nunca, y brillaban con una luz especial. El arcoíris parecía estar conectado directamente a la pequeña flor azul.
"¡Mira, pequeña flor!", exclamó Redy. "¡El arcoíris ha vuelto!"
La flor sonrió, radiante. "Gracias, Redy", dijo la flor. "Tus historias me han traído alegría, y la alegría ha traído de vuelta el arcoíris."
Redy se dio cuenta de que el arcoíris no se había perdido realmente. Simplemente se había escondido en un lugar donde la alegría era necesaria. Y al compartir su alegría con la pequeña flor, Redy había logrado traerlo de vuelta a todo el bosque.
Redy y Lolo regresaron al Bosque Susurrante, felices de haber encontrado el arcoíris perdido. Y cada vez que llovía, Redy visitaba a la pequeña flor azul, recordándole que siempre había alegría en el mundo, incluso en los rincones más sombríos.
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