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Gratis · elegí una vozReina Armanda no era una reina común. En lugar de preocuparse por bailes y coronas brillantes, a Armanda le encantaba armar cosas. Tenía un taller secreto en el ático del palacio, lleno de tuercas, tornillos, engranajes y piezas de madera de todas las formas y tamaños. Su mayor creación era un robot perro llamado Chispa, que la seguía a todas partes moviendo la cola metálica.
Un día, la Reina Armanda se despertó con una noticia alarmante. El Jardín Real, famoso por sus flores exóticas y árboles frutales, ¡había desaparecido! En su lugar, solo quedaba un gran terreno baldío. El rey estaba desesperado, los jardineros lloraban y el pueblo entero estaba consternado. "¡Debemos encontrar el jardín!", exclamó el rey con voz temblorosa.
Armanda, con Chispa ladrando a sus talones, se puso manos a la obra. Primero, inspeccionó el terreno baldío. No había huellas, ni rastros de herramientas, nada. Era como si el jardín se hubiera esfumado por arte de magia. Chispa olfateó el suelo y luego, con un ladrido agudo, corrió hacia una pequeña puerta escondida detrás de una pared del palacio.
Armanda siguió a Chispa y descubrió un pasadizo secreto. "¡Un pasadizo secreto! ¿Quién lo habrá construido?", se preguntó Armanda en voz alta. Con Chispa a su lado, Armanda se adentró en la oscuridad. El pasadizo era largo y polvoriento, lleno de telarañas y murmullos extraños. De repente, llegaron a una gran sala iluminada por lámparas de aceite. En el centro de la sala, ¡allí estaba el Jardín Real!
Pero no estaba solo. Un hombre delgado y encorvado, con gafas redondas y un delantal lleno de tierra, estaba cuidando las flores. Era el jardinero real, el viejo Señor Hojasca. "¡Señor Hojasca! ¿Qué está pasando? ¿Por qué ha escondido el jardín?", preguntó Armanda con incredulidad.
El Señor Hojasca se encogió de hombros. "Majestad, lo hice por el bien del jardín. Últimamente, la gente no lo apreciaba. Pisaban las flores, arrancaban las hojas y tiraban basura. ¡El jardín estaba triste! Pensé que si lo escondía, lo extrañarían y aprenderían a valorarlo."
Armanda entendió el punto del Señor Hojasca, pero sabía que no era la forma correcta de resolver el problema. "Señor Hojasca, entiendo su preocupación, pero no podemos ocultar la belleza. En lugar de eso, debemos enseñar a la gente a cuidarla. Podemos construir cercas, poner carteles y organizar talleres de jardinería."
El Señor Hojasca asintió, arrepentido. "Tiene razón, Majestad. Fui un tonto. Solo quería proteger el jardín."
Juntos, Armanda, el Señor Hojasca y Chispa sacaron el Jardín Real del pasadizo secreto. El rey y el pueblo entero se alegraron al ver el jardín de vuelta. Armanda cumplió su promesa. Construyó cercas con la ayuda de Chispa, colocó carteles coloridos con mensajes amables y organizó talleres de jardinería donde enseñaba a los niños a plantar flores y cuidar los árboles.
La gente aprendió a amar y respetar el Jardín Real. Ya no lo pisoteaban ni tiraban basura. En cambio, lo visitaban para admirar su belleza, oler las flores y disfrutar de la sombra de los árboles. El Jardín Real nunca había estado tan hermoso.
Reina Armanda, con su ingenio y su amor por armar cosas, había salvado el jardín y enseñado a todos una valiosa lección. Y Chispa, el robot perro, movía la cola orgulloso, sabiendo que había ayudado a su amiga la reina a hacer del mundo un lugar mejor, un tornillo a la vez. Ahora, Armanda estaba armando una fuente de agua para el jardín, hecha de materiales reciclados, por supuesto. El Señor Hojasca la observaba con una sonrisa, sabiendo que el jardín estaba en buenas manos, o mejor dicho, en buenas herramientas.
Al final del día, Armanda y Chispa se sentaron junto a la nueva fuente. El agua cantaba suavemente, las flores brillaban bajo la luz de la luna y el Jardín Real era más hermoso que nunca. Reina Armanda sonrió. Había armado algo más que una fuente; había armado una comunidad, unida por el amor y el respeto por la naturaleza. Y esa, pensó, era la mejor creación de todas.
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