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Rena era diferente. Vivía en el helado Reino del Norte, pero no se parecía a nadie allí. Su padre era el Rey, sí, pero su madre había sido… otra cosa. Un demonio arácnido, hermosa y terrible, asesinada por la Reina, la madrastra de Rena. Rena tenía el cabello blanco como la nieve recién caída, tan largo que parecía una cascada de luz. Sus ojos eran cuatro, pequeños rubíes brillantes, y su piel, pálida como la luna. Y bueno… la parte de abajo de su cuerpo era la de una araña, pero una araña pequeña y peludita, ¡casi adorable!
Su familia, especialmente la Reina y sus hijos, no la querían. La miraban con desprecio y miedo. “¡Monstruo!” murmuraban a sus espaldas. Rena se sentía muy sola. Los gatos del castillo, en cambio, la adoraban. Siempre se acurrucaban en su regazo, ronroneando como pequeños motores.
Un día, la Reina anunció que Rena debía casarse. ¡Casarse! Rena no quería casarse con nadie que no conociera, y mucho menos con el Rey del Sur, Felner. Decían que era guapo, sí, pero también que era… ¡un imbécil! Y, peor aún, que tenía complejo de Dios. Creía que él había creado el sol, la luna y las estrellas. ¡Qué tontería!
Cuando llegó el día de conocer a Felner, Rena estaba nerviosa. Se vistió con un vestido blanco, bordado con hilos de plata que brillaban como la escarcha. Los gatos del castillo la siguieron hasta el salón del trono, observando con sus ojos brillantes.
Felner era alto y apuesto, con el cabello dorado como el sol y una sonrisa que pretendía ser encantadora, pero que solo era arrogante. “¡Oh, Reina Rena! Es un honor desposar a una criatura… tan… peculiar”, dijo, mirándola de arriba abajo con una expresión que a Rena le dio escalofríos.
Rena respiró hondo. “Rey Felner”, respondió con voz firme, “antes de que este matrimonio continúe, quiero saber algo: ¿de verdad crees que creaste el sol?”
Felner infló el pecho. “¡Por supuesto! Yo, Felner, el Rey del Sur, soy el creador de todo lo que ves.”
Rena suspiró. Este iba a ser más difícil de lo que pensaba. “Rey Felner,” dijo suavemente, “¿alguna vez has visto cómo sale el sol? ¿Has sentido su calor en tu piel antes del amanecer? El sol siempre ha estado ahí, mucho antes de que tú o yo naciéramos.”
Felner frunció el ceño. Nadie se había atrevido nunca a contradecirlo. “¡Tonterías! Yo lo creé. Con mi… mi… ¡mi poder!”
Rena se acercó a él, con cuidado de no asustarlo. “Felner,” dijo, usando su nombre por primera vez, “¿alguna vez te has preguntado por qué te sientes tan solo a pesar de ser un rey?”
Felner pareció desconcertado. “¿Solo? Yo no estoy solo. Tengo súbditos, riquezas…”
“Pero no tienes amigos de verdad,” interrumpió Rena suavemente. “No tienes a nadie con quien compartir tus miedos, tus sueños… ni siquiera el amanecer.”
Rena extendió una mano, con sus pequeñas garras escondidas. “Si me permites, te mostraré algo.”
Felner, sorprendido por su suavidad, tomó su mano. Rena lo guio fuera del salón del trono, a través de los jardines cubiertos de nieve, hasta un pequeño claro donde un lago se mantenía líquido gracias a una fuente termal.
Se sentaron junto al lago y esperaron. Poco a poco, el cielo comenzó a aclararse. Los primeros rayos de sol pintaron las nubes de rosa y naranja. Felner jadeó. Nunca había visto el amanecer así. No lo había *sentido* así.
“¿Ves, Felner?” dijo Rena en voz baja. “El sol no necesita un creador. Es hermoso por sí solo.”
Una lágrima rodó por la mejilla de Felner. “Yo… yo estaba equivocado,” murmuró. “Siempre pensé que tenía que ser el mejor, el más poderoso… para que la gente me quisiera.”
Rena le sonrió. “No necesitas ser nada más que tú mismo, Felner. Y creo que tú mismo eres bastante… adorable.”
Felner la miró a los ojos, por primera vez realmente viéndola. Vio su cabello blanco como la luna, sus cuatro ojos brillantes, su pequeña forma de araña… y vio su bondad, su inteligencia, su valentía. Y se enamoró.
“Rena,” dijo, tomando sus manos en las suyas. “¿Te casarías conmigo? No como rey, sino como Felner, un hombre que quiere aprender a amar y ser amado.”
Rena sonrió. “Sí, Felner. Me casaría contigo.”
Y así, Rena y Felner se casaron. No fue una boda grandiosa y ostentosa, sino una ceremonia sencilla, rodeada de los gatos del castillo y los amigos que habían encontrado en el camino. Felner dejó de lado su complejo de Dios y se convirtió en un rey justo y amable. Y Rena, la hija del Rey del Norte y del demonio arácnido, encontró el amor y la felicidad en el corazón del Rey Sol. Y vivieron felices para siempre, tejiendo un futuro brillante con hilos de luna y sol.
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