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Rey, alto como un girasol, con rizos dorados que brillaban al sol y ojos verdes como esmeraldas, siempre tenía una sonrisa que iluminaba el día. Margarita, pequeña como una amapola, con rizos castaños largos que le llegaban a la cintura y ojos color café como el chocolate, respondía a la sonrisa de Rey con una aún más radiante. Eran los mejores amigos, ¡inseparables!
Su juego favorito era contarse cuentos. No cuentos nuevos, no. Les encantaba contarse *el mismo* cuento, una y otra vez. Un cuento sobre un valiente caballero y una princesa curiosa que se perdían en un laberinto mágico.
"¡Empiezo yo!", decía siempre Rey, con su voz melodiosa. "Había una vez, en un reino muy, muy lejano…". Y Margarita, con los ojos brillantes, lo interrumpía: "…un caballero rubio y alto, ¡con una sonrisa que derretía el hielo!" Rey se reía. Sabía que Margarita se refería a él.
Seguían con el cuento. El caballero y la princesa se adentraban en el laberinto, lleno de flores que cantaban y árboles que contaban chistes. Siempre se perdían, y siempre, *siempre*, el caballero perdía la primera mano jugando a las cartas con un duende travieso. Margarita se reía a carcajadas. "¡Siempre pierdes, Rey!", decía, dándole un empujón juguetón.
Un día, Margarita estaba triste. Su abuelita, que siempre le contaba historias antes de dormir, se había ido al cielo. Rey la encontró sentada en el columpio, con lágrimas en los ojos.
"Margarita… ¿qué te pasa?", preguntó Rey, sentándose a su lado.
Margarita, entre sollozos, le contó sobre su abuelita. Rey la abrazó fuerte.
"Ya sé", dijo Rey. "Te contaré el cuento. El cuento del caballero y la princesa. El cuento que siempre nos contamos".
Margarita asintió, limpiándose las lágrimas. Rey comenzó el cuento. Pero esta vez, algo era diferente. Su voz sonaba más suave, más cariñosa.
"Había una vez, en un reino muy, muy lejano… un caballero rubio y alto, ¡con una sonrisa que derretía el hielo!", comenzó Rey. Margarita sonrió levemente.
Esta vez, mientras Rey contaba el cuento, Margarita se dio cuenta de algo. El cuento no era solo un cuento. Era algo más. Era una forma de estar juntos, de recordarse el uno al otro que, aunque a veces las cosas fueran difíciles, siempre se tendrían el uno al otro.
El caballero y la princesa se perdieron en el laberinto, como siempre. Pero esta vez, el caballero no perdió la primera mano. Le dio la mano al duende y le dijo: "Hoy, no quiero jugar. Hoy, solo quiero encontrar el camino de vuelta con mi amiga". El duende, sorprendido, les mostró el camino.
Al final del cuento, Margarita ya no estaba triste. La sonrisa había vuelto a su rostro. "Gracias, Rey", dijo. "Ese fue el mejor cuento de todos".
Rey sonrió. "Siempre te contaré el cuento, Margarita. Siempre estaré aquí para ti".
Pasaron los años. Rey y Margarita crecieron. Rey se convirtió en un apuesto joven, y Margarita en una hermosa señorita. Pero una cosa nunca cambió: su amistad.
Un día, Rey le dijo a Margarita: "Margarita, quiero contarte algo. Algo que he sentido desde hace mucho tiempo".
Margarita lo miró con curiosidad.
"El cuento del caballero y la princesa… no es solo un cuento. Eres mi princesa, Margarita. Y yo, quiero ser tu caballero para siempre".
Margarita sonrió. "Rey… yo también siento lo mismo".
Y así, el cuento del caballero y la princesa se convirtió en su propia historia de amor. Un amor que, como el cuento, nunca terminaría. Siempre se contarían el cuento, una y otra vez, recordando el día en que se dieron cuenta de que su amistad era mucho más que eso. Era un cuento infinito. Un cuento de amor eterno. Y aunque el caballero a veces perdiera la primera mano, siempre ganaría al final, porque tenía a su princesa, Margarita, a su lado. Y juntos, se adentrarían en el laberinto de la vida, siempre tomados de la mano, contándose el mismo cuento, una y otra vez, hasta el infinito. Porque ese era su cuento, y nadie más lo entendería. Un cuento lleno de risas, lágrimas, y, sobre todo, un amor incondicional. Y, sobre todo, *nunca lo olvidarían.*
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