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Gratis · elegí una vozRicardo era un señor muy ordenado. Cada mañana, se ponía su camisa azul, se peinaba con cuidado y se iba a trabajar a la oficina en el edificio más alto de la ciudad. Le gustaba su trabajo. Apilaba papeles, contestaba el teléfono y bebía té de manzanilla. Era una vida tranquila y predecible, justo como a él le gustaba.
Un martes por la mañana, mientras Ricardo revisaba unos informes, sintió un leve temblor. Al principio, pensó que era un camión pesado pasando por la calle, pero el temblor se hizo más fuerte. Levantó la vista y... ¡No podía creer lo que veía!
Una enorme nave espacial, brillante como un caramelo plateado, se cernía justo afuera de su ventana. La nave era redonda y tenía luces de colores que parpadeaban sin parar. Ricardo parpadeó varias veces, pensando que quizás necesitaba más té de manzanilla. Pero no, la nave seguía ahí.
De la nave, salió una rampa luminosa y, uno por uno, empezaron a descender… ¡extraterrestres! Eran pequeños y verdes, con antenas que se movían de un lado a otro. Algunos tenían tres ojos, otros solo uno enorme en medio de la frente. Llevaban trajes espaciales brillantes y sonreían con sus bocas llenas de dientes puntiagudos.
Ricardo, aunque un poco asustado, sintió una curiosidad inmensa. Nunca había visto algo así. Dejó caer su bolígrafo y se acercó a la ventana con mucho cuidado.
Los extraterrestres entraron flotando por la ventana, como si nadaran en el aire. No parecían amenazantes, más bien… ¡parecían perdidos!
Uno de los extraterrestres, el más pequeño de todos, se acercó a Ricardo y le tendió una mano verde y arrugada. Ricardo, con un poco de duda, le estrechó la mano. La mano del extraterrestre era suave y cálida.
El pequeño extraterrestre, con una voz que sonaba como campanitas, dijo: "¡Disculpe, señor! ¿Podría ayudarnos? Estamos perdidos. Buscamos el planeta… ¡eh… el planeta… con las… flores rosas y los… gatos que hablan!"
Ricardo se rascó la cabeza. ¿Flores rosas y gatos que hablan? ¡Eso sonaba a un cuento de hadas! "Lo siento," dijo Ricardo, "creo que se han equivocado de planeta. En la Tierra tenemos flores, pero no sé si son rosas… y los gatos… bueno, los gatos maúllan, no hablan."
Los extraterrestres se miraron entre ellos, muy preocupados. Parecían a punto de llorar. El pequeño extraterrestre volvió a hablar: "¡Oh, no! ¿Y ahora qué haremos? Nuestro GPS espacial se ha estropeado y no sabemos cómo volver a casa."
Ricardo sintió pena por ellos. Él sabía lo que era estar perdido. Una vez, de niño, se perdió en el supermercado y lloró hasta que su mamá lo encontró. "No se preocupen," dijo Ricardo, "quizás pueda ayudarles. Tengo un mapa del mundo en mi oficina. Podemos buscar el planeta con las flores rosas y los gatos que hablan."
Los extraterrestres sonrieron de oreja a oreja (bueno, los que tenían orejas, claro). Acompañaron a Ricardo a su oficina y se sentaron alrededor de su escritorio. Ricardo desplegó el mapa del mundo y empezaron a buscar. Buscaron y buscaron, pero no encontraron ningún planeta con flores rosas y gatos que hablan.
De repente, a Ricardo se le ocurrió una idea. "¡Quizás," dijo, "no están buscando un planeta real! Quizás están buscando… ¡un libro! Hay muchos libros con historias de planetas fantásticos."
Los extraterrestres abrieron los ojos como platos. "¡Un libro!" exclamaron al unísono. "¡Eso podría ser!"
Ricardo buscó en su estantería y encontró un libro de cuentos con una portada llena de colores. Se lo mostró a los extraterrestres. En la portada, había un planeta lleno de flores rosas y… ¡un gato con un sombrero hablando con una ardilla!
Los extraterrestres saltaron de alegría. "¡Ese es! ¡Ese es el planeta que buscamos!" dijeron. "¡Gracias, señor! ¡Nos ha salvado!"
Ricardo sonrió. Se sentía muy contento de haber podido ayudar. Los extraterrestres le dieron un abrazo (un abrazo muy suave y verde) y volvieron a su nave espacial.
Antes de irse, el pequeño extraterrestre le dio a Ricardo una pequeña flor plateada. "Para que recuerde nuestra visita," dijo. "Y para que sepa que incluso los planetas más extraños pueden encontrarse en un buen libro."
La nave espacial se elevó en el cielo y desapareció entre las nubes. Ricardo volvió a su escritorio, con la flor plateada en la mano. Su vida había vuelto a la normalidad, pero ahora era una normalidad un poco más… ¡espacial!
Desde ese día, Ricardo siguió trabajando en su oficina, pero ya no era el mismo. Ahora, cada vez que veía una nube extraña en el cielo, sonreía y pensaba en los pequeños extraterrestres perdidos y en el poder de los libros para llevarnos a mundos increíbles. Y, de vez en cuando, cuando necesitaba un poco de magia en su vida, olía la flor plateada y recordaba que incluso en la oficina más aburrida, ¡cualquier cosa puede pasar!
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