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Gratis · elegí una vozRoberto, con sus nueve años y una mata de pelo castaño siempre despeinada, suspiraba frente a la ventana. Observaba a los perros del parque, correteando felices, persiguiendo ardillas imaginarias y recibiendo caricias de sus amos. Él quería un perro. ¡Lo necesitaba! Un compañero fiel, un amigo peludo con quien compartir secretos y aventuras.
“¡Un perro es justo lo que necesito!”, pensó Roberto, golpeando suavemente el cristal. Sabía que la batalla no sería fácil. Su padre, Don Ricardo, era un hombre de rutinas, de horarios estrictos y de “nada de pelos en la casa”.
La cena era el momento crucial. Roberto respiró hondo y se sentó a la mesa, donde ya estaban su madre, Araceli, y su hermano mayor, Guillermo. Su padre llegó un minuto después, con su maletín de trabajo y una expresión seria.
“Papá…”, empezó Roberto con voz temblorosa, “…yo… quería preguntarte algo”.
Don Ricardo dejó el maletín sobre una silla y lo miró por encima de sus gafas. “¿Qué pasa, Roberto?”
“Quisiera… quisiera tener un perro”, soltó finalmente, cerrando los ojos con fuerza.
El silencio se hizo espeso. Roberto abrió un ojo y vio la expresión de su padre. No era buena. “Roberto, ya hemos hablado de esto. Un perro requiere mucha responsabilidad, mucho tiempo… No estamos en condiciones de tener uno”.
Roberto sintió que su corazón se hundía. Pero entonces, una voz suave intervino. “Ricardo, creo que Roberto es suficientemente responsable para cuidar de una mascota. Además, Guillermo y yo podemos ayudarle”. Era Araceli, su madre, con una sonrisa comprensiva.
Guillermo, que siempre había sido el mejor aliado de Roberto, asintió con entusiasmo. “¡Sí, papá! Yo puedo sacarlo a pasear por las mañanas antes de ir al instituto”.
Don Ricardo frunció el ceño. “No lo sé… No lo sé… Es mucho compromiso”.
La discusión se prolongó durante toda la cena. Roberto intentó argumentar con lógica, prometiendo encargarse de todas las tareas relacionadas con el perro: alimentarlo, pasearlo, limpiarlo… Pero su padre seguía mostrándose inflexible. La esperanza de Roberto se desvanecía con cada bocado.
Después de la cena, Roberto se encerró en su habitación, sintiéndose derrotado. Araceli entró poco después y se sentó a su lado en la cama. “No te rindas, cariño”, le dijo, acariciándole el pelo. “Tu padre necesita tiempo para pensarlo. Pero no pierdas la esperanza”.
Al día siguiente, Roberto tuvo una idea. Si no podía tener un perro de verdad, ¡tendría un perro imaginario! Empezó a comportarse como si tuviera una mascota invisible. Le ponía un plato de comida vacío en el suelo, lo sacaba a pasear con una correa imaginaria y le hablaba como si estuviera allí.
Al principio, su padre lo miraba con extrañeza. Pero poco a poco, comenzó a notar algo diferente en Roberto. Estaba más feliz, más activo, más responsable. Incluso Guillermo se unió a su juego, inventando travesuras que su “perro invisible” hacía por la casa.
Un día, mientras Roberto “paseaba” a su perro invisible por el parque, escuchó un ruido extraño. Un ladrido… pero un ladrido muy, muy silencioso. Siguió el sonido hasta llegar a un arbusto donde encontró… ¡un cachorro! Un pequeño perro abandonado, temblando de frío y miedo.
Roberto lo recogió con cuidado y lo llevó a casa. Su madre lo abrazó al instante. Su hermano le dio agua tibia. Pero su padre… su padre se quedó mirándolo en silencio, con una expresión que Roberto no lograba descifrar.
“Papá, no podemos dejarlo solo”, suplicó Roberto. “Está asustado y necesita ayuda”.
Don Ricardo suspiró. Miró al cachorro, luego a Roberto, luego a Araceli y a Guillermo. Finalmente, dijo: “Está bien. Pero… este perro será responsabilidad de todos. Y si no cumplen…”.
Roberto lo abrazó con fuerza. “¡Lo cumpliremos, papá! ¡Lo prometo!”.
Así fue como Roberto, Araceli, Guillermo y hasta Don Ricardo, le dieron la bienvenida a Canelo, un pequeño perro con un ladrido silencioso y una gran capacidad para unir a la familia. Roberto había conseguido su perro, no como lo había imaginado, pero de una forma mucho más especial. Y Don Ricardo, aunque al principio se resistió, descubrió que un poco de pelo en la casa no era tan malo después de todo.
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