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En la Ciudad de los Engranajes, donde el sol salía con un sonido de campana metálica, vivía un pequeño robot llamado Robi. Robi era de un color plateado brillante, tenía unos ojos redondos que brillaban con una suave luz azul y siempre llevaba una mochila de color naranja vibrante. A diferencia de otros robots que amaban hacer ruido y chocar entre sí, Robi era extremadamente tímido. Sus articulaciones solían chirriar un poquito cuando se sentía nervioso, y ese lunes, el sonido era más fuerte que nunca: era su primer día en la Escuela de la Amistad.
Al llegar a la puerta del colegio, Robi se detuvo. Vio a niños humanos corriendo, a otros robots jugando a las atrapadas y a pequeñas hadas revoloteando cerca del techo. El corazón de Robi, que era una pequeña batería de litio de alta duración, latía a mil pulsaciones por segundo. Intentó dar un paso, pero sus pies metálicos se sentían pesados como yunques. '¿Y si no les gusto?', pensó, mientras su antena se doblaba ligeramente hacia abajo.

La maestra, una mujer amable llamada Clara, con el pelo rizado y gafas redondas, lo vio desde la entrada. '¡Bienvenido, Robi! Pasa, estamos a punto de empezar la clase de Construcción Creativa'. Robi entró tímidamente, tratando de no hacer mucho ruido con sus pasos de metal. Se sentó en un rincón, junto a una niña llamada Sofía, que tenía siete años, el pelo castaño rizado recogido en dos coletas y vestía una camiseta amarilla brillante y pantalones vaqueros azules.
Durante la primera hora, la maestra Clara les pidió que construyeran algo increíble usando bloques de madera y piezas de metal. Robi quería ayudar, pero sus manos temblaban. Sofía intentaba construir una torre muy alta, pero cada vez que ponía el último bloque, la estructura se tambaleaba. Robi observó con sus sensores de precisión. Se dio cuenta de que la base estaba desnivelada por apenas tres milímetros. Sin decir una palabra, Robi extendió su brazo mecánico, que podía alargarse suavemente, y colocó una pequeña pieza de soporte con una precisión milimétrica. Sofía se sorprendió y sonrió.

'¡Gracias, Robi! Tienes una vista de lince', dijo ella. Robi sintió que sus circuitos se calentaban de alegría, y sus ojos azules brillaron con más intensidad. Poco a poco, el miedo empezó a disiparse. Sin embargo, el verdadero desafío llegó en el recreo. En el patio, un grupo de niños jugaba con un balón aerostático, pero de repente, el viento sopló con fuerza y el balón quedó atrapado en la rama más alta de un roble gigante.
Todos se detuvieron. Nadie podía alcanzarlo. Fue entonces cuando Sofía miró a Robi. 'Robi, ¿crees que tus brazos pueden llegar hasta allí?'. Robi miró el árbol, luego miró a sus compañeros. El miedo intentó regresar, pero recordó lo bien que se sintió ayudar a Sofía. Activó sus propulsores de baja potencia en los pies para elevarse unos centímetros y extendió sus brazos telescópicos hacia arriba, esquivando las ramas con cuidado para no dañar las hojas. Con un movimiento suave, atrapó el balón y lo bajó lentamente hasta el suelo.
Todos los niños vitorearon. '¡Increíble!', '¡Eres un héroe, Robi!', gritaban emocionados. Robi, aunque todavía un poco tímido, no se escondió esta vez. Sus articulaciones ya no chirriaban; ahora se movían con la fluidez de un robot que ha encontrado su lugar. Al final del día, mientras caminaba de regreso a casa con su mochila naranja, Robi se dio cuenta de que ser diferente no era algo malo. Sus herramientas, que antes le daban vergüenza, eran las mismas que le habían permitido hacer nuevos amigos. El primer día de clase no fue solo el día en que aprendió matemáticas o historia, sino el día en que descubrió que su corazón de metal era capaz de sentir la calidez de la amistad más pura.
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