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Gratis · elegí una vozUn día frío y nevado, Román, un niño pequeño y bastante gritón, jugaba cerca de un campo cubierto de nieve. Román era bajito, con mejillas rosadas y un gorro de lana que siempre se le resbalaba. Le encantaba la nieve, aunque a veces le jugaba malas pasadas. Y ese día, la nieve le tenía una preparada.
Mientras correteaba persiguiendo un copo de nieve especialmente grande, Román no se dio cuenta de que se acercaba a un pozo cubierto de nieve. ¡Plash! De repente, Román se encontró hundido hasta la cintura en un agujero helado. "¡Ayuda! ¡Ayuda!" gritó con todas sus fuerzas, pero el viento se llevó sus palabras. Estaba solo, en un pozo de nieve.
Después de unos minutos de patalear y gritar, Román se dio cuenta de que nadie lo oía. Así que, respirando hondo, decidió que tenía que valerse por sí mismo. "¡Bien, Román! ¡Tú puedes!" se dijo a sí mismo. Empezó a excavar con sus pequeñas manos, quitando la nieve y formando una especie de cueva alrededor del agujero. ¡Era una cueva de nieve! Román estaba muy orgulloso de sí mismo.
La cueva era pequeña, pero lo protegía del viento y la nieve que caía. Román se acurrucó dentro, sintiéndose un poco más seguro. Pero la tranquilidad no duró mucho. De repente, escuchó un gruñido. Un gruñido enorme y amenazante. Román se asomó con cuidado por la entrada de su cueva y ¡oh, no! Ahí estaba, un enorme oso polar, mirándolo con ojos hambrientos.
El oso polar era gigantesco, con un pelaje blanco como la nieve y unos dientes afilados como cuchillos. Gruñía furiosamente, mostrando sus enormes garras. Román, muerto de miedo, gritó: "¡Aaaaaah! ¡Un oso! ¡Mamá! ¡Papá!" Pero, por supuesto, nadie lo escuchaba. Estaba solo frente al oso polar más grande y malo que jamás había visto.
El oso polar, atraído por los gritos de Román, empezó a acercarse a la cueva. Parecía que iba a atacar. Román, con el corazón latiéndole a mil por hora, sabía que tenía que hacer algo. Pensó rápidamente. No podía correr, el oso era mucho más rápido. No podía luchar, el oso era mucho más fuerte. Tenía que ser más inteligente.
Entonces, a Román se le ocurrió una idea. ¡Una trampa! Con la poca nieve que quedaba dentro de la cueva, empezó a construir una pequeña rampa que conducía directamente a la entrada del pozo. Trabajó lo más rápido que pudo, con las manos temblorosas por el miedo. Mientras tanto, el oso seguía acercándose, gruñendo cada vez más fuerte.
Cuando la rampa estuvo lista, Román se escondió detrás de una pared de nieve que había construido dentro de la cueva. Esperó, conteniendo la respiración. El oso polar llegó a la entrada de la cueva y, curioso, metió su enorme cabeza dentro. Vio la rampa y, pensando que era un camino fácil, empezó a avanzar.
¡Crash! En un abrir y cerrar de ojos, el oso polar resbaló por la rampa y cayó de nuevo en el pozo de nieve. ¡Román había logrado su trampa! El oso, sorprendido y enfadado, intentaba salir del agujero, pero las paredes eran demasiado resbaladizas. Rugía y gruñía, pero no podía escapar.
Román, temblando de alivio, salió de su escondite. Vio al oso polar atrapado en el pozo y sintió una mezcla de miedo y satisfacción. Había logrado engañar al oso polar. Sin embargo, también sintió un poco de pena por el animal. Estaba claro que el oso solo tenía hambre.
Sin pensarlo dos veces, Román corrió hacia su casa. Sabía que tenía que contarles a sus padres lo que había pasado. Llegó sin aliento y les explicó todo: el pozo de nieve, la cueva, el oso polar y la trampa. Sus padres, sorprendidos y preocupados, lo abrazaron fuertemente. Luego, llamaron a los guardabosques para que ayudaran al oso polar a salir del pozo de forma segura.
Después de que los guardabosques se llevaron al oso polar, Román regresó a su cueva de nieve. Se sentó dentro, sintiéndose muy orgulloso de sí mismo. Había sido valiente e inteligente, y había logrado protegerse de un peligro real. Ahora, podía disfrutar de su cueva de nieve en paz y tranquilidad.
Desde ese día, Román aprendió a tener más cuidado cuando jugaba en la nieve. También aprendió que, incluso cuando era pequeño y gritón, podía ser valiente e inteligente. Y, sobre todo, aprendió que incluso los osos polares más grandes y malos a veces necesitan ayuda. Y Román, el niño bajito y gritón, estaba listo para ayudar, siempre que pudiera construir una buena trampa de nieve.
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