Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozRomán era un niño con una gran imaginación y un corazón aún más grande. Vivía en un pequeño pueblo rodeado de colinas verdes y ríos cantarines. Le encantaba contar historias, pero a veces, las palabras jugaban al escondite en su boca. Román era tartamudo.
Cada mañana, al despertar, Román sentía un cosquilleo en el estómago. No era un cosquilleo de alegría, sino uno de nerviosismo. Sabía que el día estaría lleno de momentos en los que tendría que hablar, y la idea lo aterraba. En la escuela, levantar la mano para responder a las preguntas era un acto de valentía. A veces, las palabras se enredaban como un ovillo de lana, y los demás niños lo miraban con curiosidad o, lo que era peor, con impaciencia.
Un día, la maestra de Román, la Señora Elena, anunció que la escuela organizaría un concurso de cuentos. El ganador tendría la oportunidad de leer su historia frente a toda la escuela. Román sintió un vuelco en el corazón. ¡Le encantaba escribir cuentos! Pero la idea de leer frente a tanta gente… era impensable.
Esa noche, Román no pudo dormir. Las palabras danzaban en su cabeza, formando imágenes vívidas de dragones, princesas y mundos mágicos. Finalmente, decidió que no podía dejar que el miedo lo detuviera. Se sentó en su escritorio, tomó un lápiz y comenzó a escribir. Escribió sobre un pequeño colibrí que tenía miedo de volar, pero que, con la ayuda de sus amigos, superó su temor y descubrió la belleza del mundo.
Al día siguiente, Román le entregó su cuento a la Señora Elena. Ella lo leyó con una sonrisa en los labios. “¡Román, esta historia es maravillosa!”, exclamó. “Tienes un talento increíble”. Román sonrió tímidamente, sintiendo un pequeño rayo de esperanza.
Los días siguientes, Román practicó la lectura de su cuento en voz alta. Al principio, las palabras se atascaban, pero poco a poco, con paciencia y determinación, logró leerlo con mayor fluidez. Su mamá lo ayudaba, animándolo y dándole consejos. Le decía que respirara hondo y que se tomara su tiempo. “Cada palabra es como una nota musical, Román”, le decía. “Debes encontrar el ritmo de tu propia melodía”.
Llegó el día del concurso. Román estaba muy nervioso. Sus manos sudaban y su corazón latía con fuerza. Cuando lo llamaron al escenario, sintió que las piernas le temblaban. Miró al público, lleno de rostros expectantes. Respiró hondo, recordando las palabras de su mamá.
Comenzó a leer su cuento. Al principio, las palabras salían con dificultad, pero a medida que avanzaba, se sentía más seguro. Se concentró en la historia, en los personajes y en el mensaje que quería transmitir. Poco a poco, el miedo se desvaneció, y Román se dejó llevar por la magia de las palabras.
Cuando terminó de leer, el público estalló en aplausos. Román sintió una oleada de alegría y alivio. Había superado su miedo. Había compartido su historia. Y lo había hecho a su manera, con su propio ritmo y su propia melodía.
Para sorpresa de nadie, Román ganó el concurso. Pero más allá del premio, lo que realmente importaba era que había descubierto su propia voz. Había aprendido que la tartamudez no era un obstáculo, sino una parte de él, una característica que lo hacía único y especial.
Desde ese día, Román siguió escribiendo y contando historias. Aprendió a aceptarse a sí mismo tal como era, con sus virtudes y sus debilidades. Y descubrió que la verdadera valentía no reside en la ausencia de miedo, sino en la capacidad de enfrentarlo y superarlo. La sinfonía de las palabras de Román, aunque a veces interrumpida, era hermosa y conmovedora. Era la sinfonía de un niño valiente que había aprendido a amar su propia voz.
Román continuó compartiendo sus historias, inspirando a otros niños a encontrar su propia voz, sin importar los obstáculos que enfrentaran. Se convirtió en un defensor de la aceptación y la inclusión, demostrando que la diversidad es lo que enriquece el mundo. Y cada vez que hablaba, recordaba al pequeño colibrí de su cuento, que, con la ayuda de sus amigos, había aprendido a volar y a descubrir la belleza del mundo. Porque Román sabía que, al igual que el colibrí, él también tenía alas para volar y una voz para cantar.
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