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Gratis · elegí una vozBigotes era un gato muy, muy dormilón. No era un dormilón cualquiera, ¡era un campeón mundial de la siesta! Podía dormirse en un zapato, sobre un libro, incluso dentro de una maceta. Sofía, su dueña, era una niña alegre y llena de energía. Le encantaba jugar, cantar y bailar, pero Bigotes prefería… adivinen… ¡dormir!
Cada mañana, Sofía intentaba despertar a Bigotes para jugar. “¡Bigotes, despierta! ¡Vamos a construir un castillo de almohadas!”, decía Sofía, con los ojos brillantes. Pero Bigotes solo abría un ojo, bostezaba enormemente, y volvía a caer rendido en un profundo sueño. Roncaba suavemente, como un pequeño motorcito.
Un día, Sofía tuvo una idea. Pensó que tal vez Bigotes necesitaba un incentivo más grande que un simple castillo de almohadas. Recordó que Bigotes adoraba el olor a pescado fresco. Así que, sigilosamente, Sofía fue a la cocina y preparó un pequeño plato con trocitos de salmón. Regresó a la habitación y colocó el plato cerca de la nariz de Bigotes.
El aroma delicioso pronto inundó el aire. Bigotes frunció la nariz, movió los bigotes y, ¡por fin!, abrió los dos ojos. Se estiró perezosamente, como si despertara de un largo invierno. “¡Miau!”, dijo Bigotes, con una voz ronca. Sofía sonrió. “¡Buenos días, dormilón! ¿Quieres salmón?”
Bigotes devoró el salmón en segundos. Después, se frotó contra la pierna de Sofía, ronroneando alegremente. Sofía aprovechó el momento. “¡Vamos a jugar, Bigotes! ¡Tengo una sorpresa para ti!”
Sofía llevó a Bigotes al jardín. Allí, había construido una pequeña carpa con sábanas y cojines. Era un refugio perfecto para jugar y… sí, también para dormir la siesta. Sofía había decorado la carpa con guirnaldas de flores y mariposas de papel. Bigotes, aunque dormilón, era un gato curioso. Entró en la carpa y exploró cada rincón.
Sofía le lanzó una pelota de lana. Bigotes, sorprendentemente, saltó y la atrapó con sus patas. Jugaron un rato, correteando por el jardín y escondiéndose dentro de la carpa. Bigotes, aunque seguía siendo un poco perezoso, parecía disfrutar de la compañía de Sofía.
Pero, como era de esperar, el sueño pronto llamó a la puerta de Bigotes. Se acurrucó en un cojín dentro de la carpa y cerró los ojos. Sofía, en lugar de molestarlo, se sentó a su lado y comenzó a leer un cuento. La voz suave de Sofía arrulló a Bigotes, quien se durmió profundamente, ronroneando suavemente.
A la tarde, la abuela de Sofía vino de visita. Traía consigo una cesta llena de galletas y un ovillo de lana gigante. La abuela se sentó en el jardín con Sofía y comenzó a tejer una bufanda. Bigotes, al oír el sonido de las agujas de tejer, despertó de su siesta. Sintió curiosidad por el ovillo de lana.
Se acercó sigilosamente a la abuela y comenzó a jugar con la lana. La abuela sonrió. “¡Mira, Sofía! ¡A Bigotes le gusta mi lana!” Sofía se unió a la diversión y comenzaron a enrollar la lana alrededor de Bigotes, creando un divertido disfraz. Bigotes, aunque un poco confuso, parecía disfrutar de la atención.
Después de jugar con la lana, Bigotes sintió hambre de nuevo. Sofía le ofreció un poco de leche y unas galletas para gatos. Bigotes comió con gusto y luego se acurrucó en el regazo de Sofía. La tarde transcurrió tranquilamente, con Sofía leyendo, la abuela tejiendo y Bigotes durmiendo plácidamente en el regazo de su dueña.
Al caer la noche, Sofía llevó a Bigotes a su cama. Lo arropó con una pequeña manta y le dio un beso en la frente. “Buenas noches, Bigotes. Que sueñes con peces y ratones de juguete”, susurró Sofía. Bigotes ronroneó en respuesta y cerró los ojos.
Sofía se dio cuenta de que, aunque Bigotes era un gato muy dormilón, también era un gato muy especial. Amaba a Bigotes tal como era, con sus ronquidos, sus siestas y su amor por la comida. Y Bigotes, a pesar de su pereza, amaba a Sofía con todo su corazón… y su gran apetito.
Desde entonces, Sofía y Bigotes siguieron viviendo sus aventuras. Sofía aprendió a aceptar la naturaleza dormilona de Bigotes, y Bigotes aprendió a disfrutar un poco más de los juegos y las sorpresas de Sofía. Y, sobre todo, aprendieron que la amistad, como una buena siesta, es algo muy, muy valioso.
Un día, mientras dormía la siesta con Sofía, Bigotes soñó que volaba por el cielo montado en una galleta gigante, ¡y que todos los peces del mar le cantaban una serenata! Al despertar, sonrió. Era un gato muy afortunado.
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