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Gratis · elegí una vozRosendo era un cerdito, pero no un cerdito cualquiera. Era un cerdito gruñón. ¡Muy, muy gruñón! Vivía en una granja llena de animales felices, pero a Rosendo siempre le molestaba algo. Si el sol brillaba mucho, gruñía. Si llovía, gruñía aún más. Si las gallinas cacareaban, ¡podía oírse su gruñido hasta el otro lado del río!
Una mañana, la granjera Margarita descubrió algo terrible: ¡sus fresas favoritas, las fresas más rojas y jugosas de toda la granja, habían desaparecido! Estaba muy triste, porque las fresas eran para preparar un pastel especial para la fiesta del pueblo.
"¡Esto es inaceptable!", exclamó Margarita. "¿Quién habrá sido capaz de robar mis fresas?".
Todos los animales de la granja estaban preocupados. La vaca Lola mugió su tristeza, el gallo Claudio dejó de cantar y los patitos dejaron de nadar en el estanque. Todos querían ayudar a Margarita a encontrar al ladrón de fresas.
Rosendo, por supuesto, también estaba preocupado, pero no por Margarita. Estaba preocupado porque sin las fresas, no habría pastel y sin pastel, ¡la fiesta del pueblo sería aburrida! Aunque no lo admitiera, a Rosendo le gustaban las fiestas, especialmente si había pastel.
"¡Grrr! ¡Qué desastre!", gruñó Rosendo, pateando una pequeña piedra. "Ahora todos estarán tristes y aburridos".
El conejo Benito, que siempre estaba atento a todo, escuchó el gruñido de Rosendo y se acercó tímidamente. "Rosendo", dijo Benito, "¿por qué no nos ayudas a buscar al ladrón de fresas? Quizás juntos podamos resolver este misterio".
Rosendo resopló. "¿Yo? ¡Ayudar? ¡No tengo tiempo para esas tonterías! Estoy demasiado ocupado… gruñendo". Pero en el fondo, la idea de resolver un misterio le pareció un poco interesante.
Benito insistió. "Por favor, Rosendo. Eres muy observador, aunque no lo parezca. Y además, a ti también te gusta el pastel, ¿verdad?".
Rosendo se sonrojó un poco. "Bueno, sí, el pastel no está mal… ¡Grrr! Pero eso no significa que vaya a ayudar. ¡Lo haré… por el pastel!", gruñó, tratando de sonar lo más gruñón posible.
Así, Rosendo, el cerdito gruñón, se unió a la búsqueda del ladrón de fresas. Benito y Rosendo comenzaron a seguir las pistas. Primero, encontraron una pequeña huella en la tierra cerca del huerto. "¡Mira!", exclamó Benito. "¡Una huella pequeña! No es de vaca, ni de caballo, ni de gallina…".
"¡Grrr! ¡Es obvio que es de un animal pequeño!", gruñó Rosendo, aunque en realidad estaba bastante impresionado con el descubrimiento de Benito.
Luego, encontraron una pequeña mancha roja en una hoja de lechuga. "¡Otra pista!", dijo Benito emocionado. "¡Parece jugo de fresa!".
Siguiendo las huellas y las manchas de jugo de fresa, llegaron hasta el borde del bosque. "¡Aquí terminan las pistas!", dijo Benito decepcionado.
Rosendo, sin embargo, no se rindió. Olfateó el aire. "¡Grrr! ¡Huelo… fresas! ¡Y algo más… algo dulce!", gruñó.
Siguiendo su olfato, Rosendo y Benito se adentraron en el bosque. Después de un rato, llegaron a un pequeño claro donde encontraron… ¡al pequeño ratón Miguel! Miguel estaba sentado en una roca, rodeado de fresas y comiendo un trozo de tarta de fresa.
"¡Miguel!", exclamó Benito sorprendido. "¿Tú robaste las fresas de Margarita?".
Miguel se asustó y dejó caer el trozo de tarta. "Yo… yo… lo siento", dijo Miguel con voz temblorosa. "Tenía mucha hambre y nunca había probado fresas. Cuando vi las fresas de Margarita, no pude resistirme".
Rosendo frunció el ceño. "¡Grrr! ¡Eso no está bien! ¡Robar está mal!", gruñó Rosendo, pero al ver la cara triste de Miguel, sintió un poco de pena.
Benito tuvo una idea. "Miguel, ¿por qué no le pides perdón a Margarita y le ayudas a preparar otro pastel? Así podrás compensar lo que hiciste".
Miguel asintió con la cabeza. "¡Sí! ¡Buena idea! La ayudaré con gusto".
Así que Miguel, Rosendo y Benito regresaron a la granja y le contaron todo a Margarita. Margarita, aunque al principio estaba enfadada, perdonó a Miguel cuando vio su arrepentimiento.
Juntos, Miguel, Margarita, Rosendo y Benito prepararon otro pastel de fresas. Rosendo, aunque seguía gruñendo de vez en cuando, incluso ayudó a remover la masa. Y cuando el pastel estuvo listo, ¡fue el más delicioso que habían probado jamás!
En la fiesta del pueblo, todos disfrutaron del pastel de fresas. Miguel, que se había convertido en el nuevo amigo de todos, aprendió una valiosa lección sobre la importancia de la honestidad. Y Rosendo, el cerdito gruñón, aunque nunca dejó de gruñir por completo, aprendió que ayudar a los demás podía ser… ¡grrr!… gratificante. Y que el pastel de fresas era aún más delicioso cuando se compartía con amigos. Desde ese día, Rosendo siguió siendo gruñón, pero un poco menos. Y de vez en cuando, incluso se le escapaba una pequeña sonrisa, ¡especialmente cuando veía pastel de fresas!
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