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Gratis · elegí una vozRosita la gallina era famosa en la granja por cacarear sin parar. ¡Cacareaba al amanecer, cacareaba al mediodía, y cacareaba incluso en sus sueños! Pepito el cuy, por otro lado, era tranquilo y reservado. Le gustaba masticar hierba en silencio y observar el mundo con sus ojitos brillantes. Un día, Rosita, mientras cacareaba a todo pulmón, interrumpió la siesta de Pepito.
"¡Cocorocó! ¡Qué día tan maravilloso!", exclamó Rosita, sin notar la expresión molesta de Pepito.
Pepito suspiró. "Rosita, ¿podrías ser un poco más silenciosa? Estoy tratando de dormir", murmuró.
Rosita se sorprendió. "¿Dormir? ¡Pero el sol está brillando y hay tantas cosas que hacer! ¡Cacaracá!", respondió, agitando sus alas.
"A veces, lo mejor que se puede hacer es descansar", dijo Pepito, sintiéndose frustrado. Rosita no parecía entenderlo en absoluto. Pensó para sí mismo: "¡Ella nunca se pone en mi lugar!".
La situación continuó así durante días. Rosita cacareaba sin cesar, y Pepito se sentía cada vez más irritado. Un día, mientras Rosita picoteaba granos, vio a Pepito temblando. Estaba lloviendo torrencialmente y Pepito, con su pelaje corto, estaba empapado y tiritando.
"¡Pobre Pepito!", exclamó Rosita, sintiendo un poco de lástima. Pero luego, recordó lo mucho que la había molestado Pepito con sus quejas sobre su cacareo. "Bueno, se lo merece un poco por ser tan gruñón", pensó.
Sin embargo, algo dentro de Rosita la hizo dudar. Vio la cara de Pepito, tan pequeña y vulnerable bajo la lluvia, y sintió un pinchazo en el corazón. Recordó cómo se sentía ella cuando un viento fuerte le revolvía las plumas y la dejaba helada. Decidió hacer algo.
Corrió hacia el granero y buscó un trozo de tela grande y suave. Luego, regresó corriendo hacia Pepito, luchando contra la lluvia y el viento.
"¡Pepito, ven aquí!", gritó Rosita, extendiendo la tela. "¡Te cubriré para que no te mojes más!".
Pepito, sorprendido, corrió hacia Rosita y se acurrucó bajo la tela. Sintió el calor del cuerpo de Rosita y la suavidad de la tela. Dejó de temblar casi de inmediato.
"Gracias, Rosita", dijo Pepito, con la voz temblorosa. "Tenías razón, hace mucho frío".
Rosita sintió una calidez extraña en su pecho. Era agradable ayudar a Pepito. "De nada, Pepito", respondió Rosita. "A veces, incluso las gallinas ruidosas pueden ser útiles".
Mientras esperaban a que la lluvia amainara, Pepito le contó a Rosita sobre su miedo a los truenos y su necesidad de dormir la siesta para tener energía para jugar. Rosita, a su vez, le contó a Pepito sobre su amor por el sol y su necesidad de cacarear para sentirse feliz.
Por primera vez, se escucharon el uno al otro de verdad. Rosita se dio cuenta de que Pepito no era solo un cuy gruñón, sino un animalito con sus propios sentimientos y necesidades. Pepito se dio cuenta de que Rosita no cacareaba para molestarlo, sino porque era su forma de ser feliz.
Después de ese día, las cosas cambiaron en la granja. Rosita seguía cacareando, pero intentaba hacerlo en voz más baja cuando sabía que Pepito estaba cerca. Incluso aprendió a reconocer cuando Pepito necesitaba su siesta y evitaba hacer ruido en ese momento. Pepito, por su parte, se esforzaba por ser más tolerante con el cacareo de Rosita. Incluso llegaba a tararear suavemente mientras Rosita cacareaba, para demostrar que la entendía.
Un día, la granjera estaba muy triste porque su cosecha de tomates no había sido buena. Rosita vio a la granjera llorando y sintió una gran pena. Rápidamente buscó a Pepito y le dijo: "¡Pepito, la granjera está triste! Debemos hacer algo para animarla".
Juntos, Rosita y Pepito organizaron una sorpresa para la granjera. Rosita reunió a todas las gallinas y les enseñó a cacarear una melodía alegre. Pepito, con la ayuda de otros cuyes, recolectó las flores más bonitas del jardín y las colocó en un jarrón. Cuando la granjera salió de la casa, se encontró con un coro de gallinas cacareando una canción alegre y un hermoso ramo de flores. La granjera sonrió de oreja a oreja.
"¡Qué maravilla!", exclamó la granjera, secándose las lágrimas. "Gracias, Rosita y Pepito. ¡Me han alegrado el día!".
Rosita y Pepito se miraron y sonrieron. Habían aprendido que la empatía no solo significaba entender los sentimientos de los demás, sino también hacer algo para ayudarlos. Y juntos, la gallina ruidosa y el cuy silencioso, se convirtieron en los mejores amigos y los más empáticos habitantes de la granja.
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