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En un pequeño valle donde el sol siempre parecía brillar con un tono dorado, vivía una niña llamada Rosita junto a su madre, Margarita. Rosita era una niña de cabellos rizados y ojos curiosos que amaba pasar el tiempo en el jardín. Su madre, Margarita, hacía honor a su nombre; tenía unas manos mágicas para las plantas y podía hacer florecer hasta la semilla más pequeña y seca. El jardín de su casa era un estallido de colores: había tulipanes amarillos, violetas tímidas y, por supuesto, muchas margaritas blancas.
Un martes por la mañana, mientras Rosita ayudaba a quitar las malas hierbas, encontró una semilla extraña. No era pequeña y marrón como las demás, sino grande, brillante y de un color carmesí profundo. 'Mira, mamá, ¡qué semilla más rara!', exclamó Rosita. Margarita se acercó, intrigada. 'Nunca he visto nada igual, hija. Plantémosla en el centro del jardín, donde reciba la mejor luz'. Así lo hicieron, dándole agua fresca y un lugar privilegiado.
Lo que sucedió al día siguiente dejó a ambas con la boca abierta. La semilla no solo había brotado, sino que ya medía medio metro. Para el tercer día, la planta se había transformado en un rosal imponente con una única y gigantesca rosa en la cima. Sus pétalos eran de un rojo tan intenso que casi parecía brillar, pero había algo extraño en ella. A diferencia de las otras flores que se mecían dulcemente con el viento, esta rosa permanecía rígida y altanera.

Pronto, la rosa empezó a hablar. No con palabras humanas que cualquiera pudiera oír, sino con un susurro sibilante que solo Rosita podía percibir cuando se acercaba. 'Quita esas margaritas de mi vista', susurró la rosa un mediodía. 'Son feas, simples y me roban el protagonismo'. Rosita se asustó. 'Pero son las flores de mi mamá, y son hermosas', respondió la niña. La rosa soltó una carcajada amarga y, de repente, extendió una de sus espinas para pinchar suavemente el brazo de Rosita. 'Yo soy la reina. Solo yo merezco tu atención y el agua que tu madre me da'.
Con el paso de los días, la rosa creció y creció hasta superar la altura del techo de la casa. Sus raíces comenzaron a invadir el espacio de las otras plantas, apretándolas y robándoles los nutrientes del suelo. La rosa se volvió envidiosa y malvada. Si Margarita traía una nueva maceta con flores, la rosa movía sus hojas para taparles el sol. Si Rosita jugaba con sus muñecas cerca de los tulipanes, la rosa dejaba caer pétalos pesados para arruinar el juego, exigiendo que Rosita solo la mirara a ella.
'Mamá, la rosa es mala', confesó Rosita una noche. 'Tiene envidia de todo lo que no sea ella misma'. Margarita, que había notado cómo su amado jardín se marchitaba bajo la sombra de la gigante roja, asintió con tristeza. 'La belleza que solo busca ser admirada y no compartir el mundo, se convierte en una prisión, Rosita. Esa rosa ha crecido tanto por fuera, pero por dentro se ha hecho pequeña y oscura'.

La situación empeoró cuando la rosa, en un ataque de celos porque Margarita estaba elogiando el perfume de un jazmín, decidió enredar sus ramas espinosas alrededor de la puerta de la casa, atrapando a Rosita y a su madre dentro. '¡Ahora nadie más las verá!', gritó la rosa con una voz que retumbó en todo el valle. '¡Serán solo para mí!'.
Rosita, valiente, se acercó a la ventana más cercana a la flor. '¡Escúchame, rosa envidiosa!', gritó la niña. 'Crees que eres grande porque nos has encerrado y has tapado el sol a las demás, pero la verdad es que estás sola. Nadie quiere a una flor que pincha a sus amigos. Si sigues así, mamá no te dará más agua, y tu color rojo se volverá gris'.
La rosa se estremeció. Nunca nadie la había enfrentado. Miró hacia abajo y vio cómo las margaritas, a pesar de estar a la sombra, intentaban apoyarse unas a otras para alcanzar un hilo de luz. Vio el amor entre Rosita y Margarita, algo que ella nunca podría tener si seguía actuando con maldad. Por primera vez, la rosa sintió un vacío en su tallo gigante. No era hambre de agua, sino hambre de compañía.
Lentamente, la rosa empezó a encogerse. Sus espinas se suavizaron y sus ramas liberaron la puerta de la casa. Lloró gotas de rocío que cayeron sobre las flores marchitas, dándoles una nueva vida. Al final del día, la rosa volvió a tener un tamaño normal, aunque seguía siendo la más roja del jardín. Ya no era envidiosa; ahora permitía que el sol llegara a todos los rincones y compartía el espacio con las margaritas. Rosita y su mamá aprendieron que incluso la planta más espinosa puede cambiar si comprende que en el jardín de la vida, hay espacio para que todos florezcan juntos.
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