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Una mañana soleada, Rosita tomó su canasta floreada y salió de casa de la mano de su abuelita Elena rumbo al mercado de Mixquiahuala. El sol brillaba con fuerza, dibujando sombras largas en el camino de tierra. Rosita, con sus trenzas castañas saltando al ritmo de sus pasos, no podía contener la emoción. ¡Le encantaba ir al mercado con su abuelita!
Al llegar, quedó maravillada con los colores y olores que inundaban el lugar: montañas de jitomates rojos brillantes como rubíes, racimos de plátanos amarillos maduros que parecían pequeñas lunas, y nopales frescos con gotitas de rocío aun brillando en sus espinas, como si fueran diamantes. El aire vibraba con el bullicio de los vendedores ofreciendo sus productos y el murmullo de los compradores regateando precios.
—Abuelita, ¿de dónde vienen todas estas frutas y verduras? —preguntó Rosita con curiosidad, sus ojos grandes y llenos de asombro.
Su abuelita sonrió, mostrando sus arrugas que contaban historias de años y años. Le apretó la mano con cariño y le dijo:
—Ven, vamos a preguntar a los vendedores. Ellos te contarán el secreto sabroso del mercado.
Primero, llegaron con don Pedro, que vendía elotes dorados con barbas sedosas y calabacitas tiernas de un verde intenso. Don Pedro era un hombre grande y bonachón, con un sombrero de paja y una sonrisa amable.
—Mis elotes y calabazas vienen de mi milpa, aquí cerquita en el campo. Cada mañana los corto con mis propias manos antes de que el sol caliente demasiado. Los cuido con mucho cariño, como si fueran mis propios hijos —explicó con orgullo, señalando hacia las afueras del pueblo.
Después, Rosita y su abuelita se acercaron con doña Lupita, quien tenía una mesa llena de mangos jugosos y papayas anaranjadas. Doña Lupita era una mujer delgada y elegante, con un chal colorido y una voz dulce como la miel.
—Estos frutos vienen de Veracruz, de árboles que crecen con el calor del sol y la frescura de la lluvia. Los campesinos los cosechan con mucho cuidado y los envían en camiones grandes para que lleguen frescos hasta aquí, a Mixquiahuala —dijo ella, ofreciéndole a Rosita un trozo de mango.
Rosita estaba sorprendida. Nunca imaginó que los alimentos viajaran desde lugares tan lejanos. Pensaba que todo crecía en el huerto de su abuelita.
Finalmente, se detuvieron con don Miguel, que vendía nopales verdes y tunas rojas y amarillas. Don Miguel era un hombre moreno y fuerte, con manos curtidas por el sol y una mirada sabia.
—Estos crecen en mi terreno aquí en Mixquiahuala. Los nopales los corto en la madrugada, cuando todavía están frescos y jugosos, y las tunas maduran bajo el sol ardiente del Valle del Mezquital. Necesitan mucho sol y poca agua para ser dulces y deliciosas —contó con entusiasmo, mostrando sus callos en las manos.
La abuelita Elena miró a Rosita y le dijo con voz dulce pero firme:
—Antes, mi niña, casi todo lo que comíamos se sembraba aquí en el campo mexicano. Las familias trabajaban juntas en la milpa, cantando canciones y compartiendo historias. Los niños aprendían a sembrar y cosechar desde pequeños, respetando la tierra y agradeciendo sus frutos. Era un trabajo duro, pero también muy gratificante.
—¿Y qué pasó, abuelita? —preguntó Rosita, con el ceño fruncido.
—Con el tiempo, mucha gente dejó de cultivar la tierra, buscando trabajos en las ciudades. Ahora traen muchos productos de otros países, a veces desde muy lejos —explicó la abuelita con un tono de tristeza.
Rosita frunció el ceño aún más.
—¿Eso es malo, abuelita?
—No siempre, mi niña, pero cuando dejamos de sembrar en nuestro propio suelo, perdemos más que comida. Perdemos nuestras tradiciones, la forma en que nuestros abuelos nos enseñaron a cuidar la tierra, el sabor de las cosas hechas con amor y paciencia. Y también, los campesinos tienen menos trabajo, porque la gente compra más cosas en los supermercados grandes y menos en los mercados pequeños como este —dijo la abuelita, señalando a los vendedores a su alrededor.
Rosita miró su canasta llena de colores y olores, imaginando los campos de donde venían todos esos alimentos. Sintió un nudo en la garganta al pensar en los campesinos que trabajaban tan duro para que ella pudiera disfrutar de esas delicias.
De repente, Rosita sonrió con determinación. Tomó la mano de su abuelita y la apretó con fuerza.
—Entonces, si compramos aquí, estamos ayudando a los campesinos y al campo mexicano, ¿verdad? Estamos manteniendo viva la tradición y cuidando nuestra tierra —dijo Rosita con entusiasmo.
—¡Exactamente, mi niña! ¡Has descubierto el secreto sabroso del mercado! —dijo la abuelita Elena con orgullo, besando la frente de Rosita—. Comprando aquí, apoyamos a nuestra comunidad, comemos alimentos más frescos y deliciosos, y honramos la labor de nuestros campesinos.
Con el corazón contento y la mente llena de nuevas historias, Rosita regresó a casa con su abuelita, lista para disfrutar de una comida deliciosa y con un nuevo propósito: valorar el trabajo del campo y enseñar a los demás lo importante que es no dejarlo perder. Al llegar a casa, Rosita ayudó a su abuelita a preparar una rica salsa con los jitomates del mercado, pensando en don Pedro y en su milpa. Esa noche, Rosita soñó con campos verdes y campesinos sonrientes, trabajando la tierra con amor y dedicación.
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