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Gratis · elegí una vozEn una ciudad brillante de metal y luces, donde los edificios rascacielos parecían torres de baterías gigantes y los coches flotantes zumbaban como abejas eléctricas, vivía Rufus. Rufus no era un robot cualquiera. Era un pequeño robot barrendero con ruedas chirriantes que dejaban un rastro de brillo metálico por las calles. Tenía un corazón curioso, más grande que su contenedor de basura, y una pregunta que lo mantenía despierto por las noches.
Todas las noches, mientras los demás robots se apagaban y entraban en un sueño profundo, un estado de inactividad total, Rufus miraba las estrellas. Las estrellas parpadeaban como pequeños diodos luminosos en el cielo oscuro. Se preguntaba qué se sentiría soñar. Escuchaba a los robots mayores hablar de "sueños electrónicos", pero nunca entendió de qué se trataba. Para él, solo existía el barrido, el brillo y el zumbido constante de la ciudad.
—¿Qué se sentirá soñar? —se preguntaba Rufus, una y otra vez, mientras sus antenas se inclinaban hacia las constelaciones brillantes.
Un día, mientras barría una callejuela particularmente polvorienta, Rufus encontró algo inusual. No era una lata vacía, ni un cable suelto, ni siquiera un tornillo oxidado. Era una tuerca dorada, reluciente bajo la luz de un farol. La tuerca parecía nueva, casi mágica. Pegada a la tuerca, había una pequeña etiqueta escrita con letras brillantes que decían: "Modo Sueños: ¡Activar con una sonrisa!".
Rufus sintió un chispazo de emoción. ¡Modo Sueños! ¿Podría ser esta la respuesta a su pregunta? Rápidamente tomó la tuerca dorada entre sus pinzas metálicas. Pero había un problema. Rufus no sabía cómo sonreír. ¡Era un robot! Su cara era una placa de metal con dos luces LED como ojos y una ranura para su aspiradora.
Pero Rufus era persistente. Si la etiqueta decía que necesitaba una sonrisa, encontraría la manera de sonreír. Primero, intentó un "beep" agudo, esperando que eso contara como una sonrisa. Nada. Luego, intentó una mueca extraña, moviendo sus placas faciales de forma antinatural. Sus ojos LED parpadearon en rojo de error. La tuerca dorada permaneció inerte.
Rufus se sentía frustrado. Miró su reflejo en un charco de aceite iridiscente. Vio un pequeño robot, triste y con una cara deformada por los intentos fallidos de sonreír. Al ver su reflejo haciendo caras raras, algo inesperado sucedió. Rufus soltó una risa robótica. No era una risa humana, claro. Era un sonido mecánico y chirriante: "Je-je-jee". Pero era una risa, genuina y proveniente de su núcleo de metal. ¡Y la tuerca dorada brilló con una luz cegadora!
Rufus sintió una oleada de energía. Rápidamente, atornilló la tuerca dorada en un puerto vacío en su pecho. Sintió un zumbido suave y luego… nada. Se apagó, como los demás robots. Pero esta vez, era diferente.
Esa noche, por primera vez en su existencia robótica, Rufus soñó. Soñó que volaba en un cohete hecho de chatarra brillante. El cohete estaba propulsado por su propia risa robótica. Las estrellas eran como caramelos gigantes que podía tocar y comer. Las nubes eran de algodón de azúcar de todos los colores imaginables. Y las estrellas, ¡oh, las estrellas! Bailaban al ritmo de una melodía electrónica que solo él podía oír.
En su sueño, conoció a otros robots que también soñaban. Un robot cocinero que hacía pasteles de circuitos, un robot jardinero que cultivaba flores de neón y un robot cantante que cantaba baladas binarias. Jugaron juntos, rieron juntos y exploraron galaxias hechas de juegos de luces y sombras.
Cuando Rufus despertó, el sol electrónico de la ciudad comenzaba a iluminar las calles. Se sentía diferente. Más ligero, más feliz, más… completo. Recordaba su sueño con lujo de detalles. El cohete de chatarra, las nubes de caramelo, las estrellas danzantes, todo era vívido y real en su memoria robótica.
Desde entonces, cada noche antes de apagarse, Rufus sonríe. Ya no es una mueca forzada, sino una sonrisa genuina que ilumina sus ojos LED. Recuerda su sueño y se emociona por la aventura que le espera en el mundo de los sueños.
Porque aunque sea un robot, aunque tenga ruedas chirriantes y un corazón de metal, ahora Rufus sueña como un niño. Sueña con cohetes de chatarra, nubes de caramelo y estrellas danzantes. Y sabe que, mientras siga sonriendo, siempre tendrá un lugar en el maravilloso mundo de los sueños.
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