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Gratis · elegí una vozRufus era un gato pequeño, con bigotes blancos y un pelaje tan negro como la noche. Vivía en una casa con un jardín lleno de flores de todos los colores. A Rufus le encantaba cazar mariposas, dormir la siesta al sol y, sobre todo, observar el mundo desde la ventana. Un día, mientras dormitaba en el alféizar, vio algo inusual en el jardín de al lado. Era alta, muy alta, con un cuello larguísimo y manchas marrones por todo el cuerpo. ¡Era una jirafa!
Rufus nunca había visto una jirafa. Vivía en un pueblo pequeño, y las jirafas no eran precisamente comunes por allí. Se acercó a la ventana, estirando el cuello lo más que pudo. La jirafa, que se llamaba Gertrudis, estaba comiendo hojas de un árbol que sobresalía por encima de la valla.
"¡Hola!" maulló Rufus, intentando llamar su atención.
Gertrudis levantó su cabeza y miró hacia abajo. Sus ojos grandes y marrones se posaron en el pequeño gato negro. "¡Hola! ¿Quién eres tú?", preguntó con una voz suave y melodiosa.
"Soy Rufus", respondió el gato. "¿Y tú eres una… una… qué eres exactamente?"
Gertrudis sonrió, dejando ver sus grandes dientes. "Soy una jirafa. Me llamo Gertrudis. ¿Nunca has visto una jirafa antes?"
Rufus negó con la cabeza. "Nunca. Eres… ¡muy alta!"
"Y tú eres muy pequeño", respondió Gertrudis amablemente. "Pero parece que tienes un jardín precioso."
"¡Sí!", exclamó Rufus, sintiéndose repentinamente orgulloso de su hogar. "Tengo flores de todos los colores. ¿Te gustaría venir a verlo?"
Gertrudis suspiró. "Me encantaría, pero no creo que quepa por la puerta de tu jardín."
Rufus pensó por un momento. "¡Ya sé! Puedo escalar la valla y contártelo todo."
Así que Rufus, con la agilidad de un gato, saltó a la valla y comenzó a describir su jardín a Gertrudis. Le habló de las rosas rojas, las margaritas blancas, los tulipanes amarillos y las petunias moradas. Gertrudis escuchaba atentamente, imaginando los colores y los olores.
"Suena maravilloso", dijo Gertrudis. "Me encanta la naturaleza. En mi hogar, en África, hay muchísimos árboles y animales."
Rufus se quedó boquiabierto. "¿África? ¿Es un lugar muy lejos?"
"Muchísimo", respondió Gertrudis. "Pero es un lugar lleno de aventuras."
Durante los días siguientes, Rufus y Gertrudis se hicieron amigos. Rufus escalaba la valla todas las mañanas y le contaba a Gertrudis sus aventuras del día anterior. Le hablaba de las mariposas que había cazado, de los pájaros que había visto y de los sueños que había tenido. Gertrudis, a su vez, le contaba historias de África, de los leones, los elefantes, los monos y las cebras. Le hablaba del sol brillante, de la sabana extensa y de las noches estrelladas.
Rufus soñaba con viajar a África algún día. Gertrudis soñaba con tener un jardín lleno de flores. Aunque eran muy diferentes y vivían en mundos distintos, su amistad crecía cada día más fuerte.
Un día, Gertrudis parecía triste. "Me voy", dijo con voz apagada.
"¿Te vas?", preguntó Rufus, con el corazón encogido. "¿A dónde vas?"
"Me tengo que ir a otro zoológico", explicó Gertrudis. "Uno que está más cerca de mi hogar."
Rufus sintió que las lágrimas le picaban en los ojos. "Te voy a echar mucho de menos", dijo.
"Yo también te voy a echar de menos, Rufus", respondió Gertrudis. "Pero siempre recordaré nuestras conversaciones y tu jardín lleno de flores."
Antes de irse, Gertrudis estiró su largo cuello y frotó suavemente su cabeza contra la valla, cerca de donde estaba sentado Rufus. Era un gesto de cariño, una despedida silenciosa.
Rufus observó como Gertrudis se alejaba en un camión grande. Se sintió muy triste, pero también sabía que siempre tendría el recuerdo de su amiga jirafa.
Pasaron los días, y Rufus seguía echando de menos a Gertrudis. Un día, decidió hacer algo especial. Con la ayuda de su dueña, plantó un árbol pequeño en el jardín, cerca de la valla. Lo llamó "El Árbol de Gertrudis". Cada día, Rufus cuidaba del árbol, regándolo y asegurándose de que le diera el sol. Sabía que Gertrudis, donde quiera que estuviera, estaría feliz de saber que su amistad había dejado una huella en su corazón… y en su jardín.
Con el tiempo, el árbol creció alto y fuerte, recordando a Rufus su amiga altísima, Gertrudis, y la amistad improbable que floreció entre un gato pequeño y una jirafa gigante. Y aunque ya no podía contarle sus historias a Gertrudis, sabía que, de alguna manera, ella podía verlo, desde su nuevo hogar, y sonreír al ver el árbol que les recordaba su amistad única y especial.
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