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Gratis · elegí una vozRufus era un perro labrador marrón, lleno de energía y con una cola que no paraba de moverse. Rosita, en cambio, era una cerdita rosada, regordeta y con una afición por revolcarse en el barro. ¡Eran hermanos! Bueno, no hermanos de sangre, claro, pero sus dueños, la amable anciana Doña Elena, los había criado juntos desde pequeños. Vivían en una granja llena de gallinas cacareantes, vacas mugiendo y un gato perezoso llamado Bigotes.
Rufus y Rosita se querían mucho, ¡pero vaya que les encantaba pelear! Rufus, con su energía inagotable, siempre quería jugar a perseguir la pelota, y Rosita, con su amor por la tranquilidad, prefería quedarse a la sombra de un árbol, disfrutando de una siesta.
"¡Rosita, vamos a jugar! ¡Tira la pelota!", ladraba Rufus, moviendo la cola con entusiasmo.
"¡No, Rufus! ¡Déjame dormir! ¡Eres muy ruidoso!", gruñía Rosita, enterrando el hocico en la tierra fresca.
Y así seguían, día tras día. Discutían por la comida, por el mejor lugar para dormir, incluso por quién era el favorito de Doña Elena. Un día, la discusión llegó a su punto máximo. Doña Elena había preparado una deliciosa tarta de manzana, y tanto Rufus como Rosita querían el trozo más grande.
"¡Es mío! ¡Yo lo vi primero!", ladró Rufus, intentando arrebatarle el plato a Rosita.
"¡No es cierto! ¡Yo lo olí primero!", gruñó Rosita, empujando a Rufus con su hocico.
En el forcejeo, el plato cayó al suelo, y la tarta de manzana se desparramó por todas partes. Doña Elena, que había presenciado la escena, suspiró con tristeza.
"¡Basta ya! Estoy muy decepcionada con ustedes dos. Siempre están peleando. ¿Acaso no se dan cuenta de que son familia?", dijo Doña Elena con voz suave pero firme.
Rufus y Rosita se miraron avergonzados. Nunca habían visto a Doña Elena tan triste. Se dieron cuenta de que su constante pelea la estaba lastimando.
Esa noche, mientras Doña Elena dormía, Rufus y Rosita se reunieron bajo el gran roble del jardín.
"Rosita, creo que Doña Elena tiene razón. Siempre estamos peleando, y eso no está bien", dijo Rufus, cabizbajo.
"Sí, Rufus. Yo también lo siento. No quiero que Doña Elena esté triste", respondió Rosita, con la voz temblorosa.
Decidieron hacer un pacto: intentarían llevarse mejor y dejar de pelear tanto. Al día siguiente, Rufus se despertó con una idea. Sabía que a Rosita le encantaba revolcarse en el barro, pero el charco de barro que solía usar estaba seco y polvoriento.
Rufus corrió al estanque y, con paciencia y esfuerzo, llenó un cubo con agua. Luego, lo llevó hasta el charco de barro y lo vació cuidadosamente. Rosita, que observaba desde la distancia, se sorprendió al ver a Rufus haciendo algo tan considerado por ella.
"¡Rufus! ¿Qué estás haciendo?", preguntó Rosita, acercándose cautelosamente.
"Estoy haciendo un charco de barro para ti, Rosita. Sé que te gusta mucho", respondió Rufus, sonriendo tímidamente.
Rosita no pudo evitar sonreír también. Era la primera vez en mucho tiempo que Rufus hacía algo por ella sin esperar nada a cambio. Se acercó al charco de barro y se revolcó felizmente, salpicando a Rufus con lodo.
"¡Gracias, Rufus! ¡Es el mejor charco de barro del mundo!", exclamó Rosita, con el hocico lleno de barro.
Rufus, aunque un poco cubierto de barro, se sintió feliz de haber hecho feliz a Rosita. A partir de ese día, Rufus y Rosita se esforzaron por llevarse mejor. Rufus aprendió a ser más paciente y a respetar el tiempo de descanso de Rosita, y Rosita aprendió a ser más tolerante con la energía de Rufus. Todavía discutían de vez en cuando, ¡pero ya no era tan seguido ni tan intensamente! Incluso empezaron a encontrar actividades que disfrutaban juntos, como explorar el bosque cercano o simplemente sentarse juntos a observar la puesta de sol.
Un día, Doña Elena los vio jugar juntos en el jardín, compartiendo un hueso que Rufus había encontrado. Sonrió con alegría. Sabía que Rufus y Rosita todavía eran hermanos a gruñidos, ¡pero ahora eran hermanos a gruñidos que se querían aún más!
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