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Gratis · elegí una vozEn Cerro Verde, bañado por el sol y acariciado por el viento, vivía Rumi, un perro extraordinariamente contento. Su pelaje era color tierra, pero en su frente brillaba una estrella blanca, como un faro en la noche. Rumi no era un perro cualquiera; él cuidaba la mina, siempre vigilante, con su mirada atenta y su ladrido amistoso.
Los mineros, hombres curtidos por el trabajo y el sol, decían con voz verdadera y respetuosa: “Rumi protege la tierra minera. Él es el guardián del Cerro Verde.” Rumi tomaba su trabajo muy en serio, pero también le encantaba jugar. Corría entre las rocas, perseguía mariposas amarillas y se revolcaba en la hierba verde. Jugaba y cuidaba el Cerro Verde, donde la tierra aún canta canciones antiguas y se pierde en el tiempo.
Un día soleado, llegó a Cerro Verde un niño llamado Carmelo. Era un viajero curioso, con un cuaderno de tapas duras en mano y un sueño sincero en el corazón: conocer los secretos de la montaña. Carmelo viajaba con su abuelo, un hombre sabio que conocía las historias del Cerro Verde como la palma de su mano.
Mientras su abuelo hablaba con los mineros en la entrada de la mina, Rumi sintió una conexión especial con Carmelo. El perro se acercó al niño y lo llamó con la cola agitada, como invitándolo a una aventura. Carmelo, a pesar de ser un poco tímido, no tuvo miedo de Rumi. Sus ojos brillantes y la estrella en su frente le transmitieron confianza.
Sin dudarlo, el niño siguió a Rumi. Juntos, se adentraron en la montaña, encontrando un túnel secreto que nadie más parecía conocer. La entrada estaba oculta tras una cascada de agua cristalina. Al pasar la cascada, el túnel se iluminó con una luz suave y mágica.
La cueva brillaba con piedras de luz de todos los colores: amatistas púrpuras, esmeraldas verdes y rubíes rojos. Todo resplandecía, incluso una cruz de plata que colgaba de una pared. Carmelo estaba maravillado. Nunca había visto nada igual.
De pronto, de entre las sombras, apareció un duende chiquito, no más alto que la rodilla de Carmelo. Tenía ojos brillantes como luciérnagas y un paso cortito y ágil. Su gorro era del color de la tierra y su ropa, hecha de hojas y musgo.
—Soy Misk’i —dijo el duende con una voz suave como el viento—, cuido este lugar desde hace muchos años. La tierra es mi casa, y tú debes aprender a cuidarla.
Misk’i continuó: —Solo me ven los que tienen respeto por la naturaleza y quieren al cerro de verdad, sin secretos ni intenciones malvadas. Aquí en Cerro Verde cuidamos la tierra, la escuchamos con calma y nunca con guerra. Ella nos da todo lo que necesitamos, y nosotros debemos protegerla a cambio.
—Si cuidas el cerro y aprendes a ver con el corazón, la naturaleza te va a responder —aseguró Misk’i.
Misk’i sonrió, revelando unos dientes pequeños y blancos. De su bolsita de cuero, sacó una piedra lisa y bonita, de un color verde profundo. La piedra parecía latir suavemente en su mano.
—Esta piedra viene del corazón del cerro —explicó Misk’i—. Solo se entrega a quien es sincero y tiene un alma pura. Guarda recuerdos, sabiduría escondida… Si tú la cuidas con amor, te revelará su sonido, su historia.
—Dibújala con respeto y color en tu cuaderno —aconsejó el duende—, y verás cómo habla contigo con su propio valor, con su propia voz.
Carmelo tomó la piedra con cuidado, sintiendo su energía cálida. Prometió a Misk’i que la cuidaría y la dibujaría con todo su amor y respeto.
Al salir del túnel secreto, el sol ya caía sobre el Cerro Verde, pintando el cielo de colores naranjas y rosados. Carmelo, con la piedra en su bolsillo y el corazón lleno de alegría, se sentó junto a su abuelo y abrió su cuaderno.
Escribió: “Hoy vi al guardián de lo que no se ve, que cuida el cerro con mucha fe. Conocí a Misk’i y aprendí el valor de la tierra.”
Carmelo comprendió entonces, sin ningún temor, que el respeto a la vida, en todas sus formas, es un gran valor. Que cuidar el cerro no es solo un deber, es amar sus raíces, honrar su historia y hacerlo crecer con amor y gratitud.
Desde ese día, Carmelo dibujó sin parar la vida del cerro y su mágico andar. Con lápiz en mano y mucho respeto, mostraba el amor por todo el secreto que guardaba la montaña: las flores silvestres, los pájaros cantores, los arroyos cristalinos y, por supuesto, a Rumi, el perro guardián.
Y siempre, entre líneas y algún colorido especial, se ve a Rumi corriendo feliz, y a Misk’i, el duende del Cerro Verde, escondido entre las rocas, cuidando de su hogar con amor y dedicación.
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