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Gratis · elegí una vozEn un pequeño estanque, rodeado de altos juncos y nenúfares de colores, vivía Ruperta. Ruperta no era una rana cualquiera. Tenía un secreto: ¡creía que era un perro! O, mejor dicho, una "rana-perro". Le encantaba saltar, sí, como todas las ranas, pero también le encantaba ladrar. Un "¡Guau, croac!" salía de su pequeña garganta, confundiendo a todos los demás animales del estanque.
Los peces la miraban con ojos redondos. "¿Una rana que ladra? ¡Qué disparate!", decían entre burbujas. Las libélulas se reían, revoloteando a su alrededor. "¡Qué ridícula eres, Ruperta! ¡Las ranas croan, no ladran!". Incluso las otras ranas, sus propias hermanas y hermanos, la evitaban, avergonzadas de su peculiaridad.
Ruperta se sentía muy sola. Anhelaba tener un amigo que la entendiera, alguien que no se riera de su "guau-croac". Un día, mientras estaba sentada en una hoja de nenúfar, sintiéndose más triste que nunca, notó algo extraño. ¡La luna no estaba! Normalmente, la luna llena brillaba intensamente sobre el estanque, iluminando todo con una luz plateada. Pero esa noche, el cielo estaba oscuro y vacío.
"¡Guau, croac! ¡Qué raro! ¿Dónde está la luna?", ladró Ruperta, más preocupada que nunca. Los peces, al oír su ladrido-croac, se asomaron desde el fondo del estanque. "¿Qué dices, Ruperta? ¿Qué pasa con la luna?", preguntaron con curiosidad.
"¡Ha desaparecido! ¡Tenemos que encontrarla!", exclamó Ruperta, sintiéndose repentinamente importante. Tal vez, solo tal vez, su peculiaridad podría ser útil.
Y así, Ruperta, la rana-perro, comenzó su aventura. Saltó de nenúfar en nenúfar, preguntando a todos los animales que encontraba si habían visto la luna. Preguntó al viejo búho sabio, que dormía en la rama de un árbol. "¿Has visto la luna, Señor Búho? ¡Ha desaparecido!", ladró Ruperta.
El búho, despertándose con un sobresalto, abrió sus grandes ojos amarillos. "La luna... la luna... ¡Ah, sí! He oído rumores de que un grupo de traviesos monos se la han llevado. Dicen que querían usarla como una pelota gigante para jugar en la selva."
"¡Monos! ¡Guau, croac! ¡Tenemos que detenerlos!", ladró Ruperta, sintiéndose más decidida que nunca. Reunió a todos los animales del estanque: los peces, las libélulas, las ranas, incluso al tímido caracol. "¡Tenemos que ir a la selva y rescatar la luna! ¡Necesito vuestra ayuda!", les dijo.
Al principio, los animales se mostraron reacios. La selva era un lugar peligroso, lleno de animales salvajes y plantas espinosas. Pero Ruperta, con su entusiasmo y su peculiar "guau-croac", logró convencerlos. "¡Juntos podemos hacerlo! ¡Recordad, la luna es importante para todos nosotros!", les animó.
Y así, el pequeño grupo de animales se adentró en la selva. Ruperta, con su habilidad para saltar, lideraba el camino. Los peces, llevando agua en sus bocas, mantenían a todos hidratados. Las libélulas, con sus alas brillantes, iluminaban el camino. Las ranas, croando en voz baja, alertaban de cualquier peligro. Incluso el caracol, aunque lento, les animaba con su persistencia.
Después de un largo y peligroso viaje, finalmente llegaron al corazón de la selva. Allí, encontraron a los monos, jugando alegremente con la luna, que parecía una enorme pelota de baloncesto. "¡Guau, croac! ¡Parad! ¡Devolved la luna!", ladró Ruperta, enfrentándose a los monos.
Los monos, sorprendidos por la aparición de los animales del estanque, dejaron de jugar. "¿Qué queréis? ¿Por qué molestáis?", chilló el jefe de los monos.
"¡La luna no es vuestra! ¡Pertenece a todos! ¡La necesitamos para que ilumine nuestro estanque!", exclamó Ruperta, sintiéndose valiente.
Los monos, al ver la determinación de Ruperta y sus amigos, se sintieron avergonzados. Se dieron cuenta de que habían sido egoístas al llevarse la luna. "Lo sentimos", dijo el jefe de los monos. "No pensamos en los demás. Os devolveremos la luna."
Y así, los monos devolvieron la luna al cielo. La luna, brillando intensamente, iluminó la selva y el estanque. Los animales del estanque regresaron a casa, sintiéndose orgullosos de su aventura. Ruperta, la rana-perro, fue recibida como una heroína. Los peces, las libélulas, las ranas, incluso el caracol, la felicitaron por su valentía y su liderazgo.
Desde ese día, Ruperta ya no se sintió sola. Había encontrado amigos que la aceptaban tal como era, con su "guau-croac" y todo. Y aprendió que, a veces, ser diferente puede ser algo muy especial. Y aunque seguía ladrando como un perro, los demás animales del estanque entendieron que ese era simplemente Ruperta, la rana-perro, la heroína del estanque.
Ahora, cada noche, Ruperta mira a la luna y recuerda su aventura. Y cada vez que ladra, un "¡Guau, croac!" orgulloso y feliz resuena en todo el estanque. Los demás animales, ya no se ríen, sino que sonríen al oír a Ruperta, la rana-perro, la amiga de todos.
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