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Gratis · elegí una vozLa rana, llamada Saltarina, miraba las estrellas. ¡Feliz saltaba! No era una rana cualquiera; Saltarina amaba la noche más que cualquier otra cosa. Mientras sus amigos dormían profundamente en sus nenúfares, ella se sentaba al borde del estanque, observando las luces titilantes en el cielo oscuro.
Una noche, Saltarina notó algo extraño. Una de las estrellas, la más brillante de todas, parecía estar perdiendo su brillo. Preocupada, Saltarina decidió que tenía que hacer algo. ¡No podía permitir que una estrella perdiera su luz! Pero, ¿qué podía hacer una pequeña rana?
Se le ocurrió una idea. Recordó la historia que su abuela, la rana más sabia del estanque, le había contado sobre el "Camino de las Luciérnagas", un sendero mágico que conectaba el estanque con el cielo. Según la leyenda, las luciérnagas recogían el polvo de estrellas y lo llevaban a las estrellas para mantenerlas brillantes.
Saltarina decidió buscar el Camino de las Luciérnagas. Sabía que no sería fácil. El camino era largo y peligroso, lleno de arañas hambrientas y búhos astutos. Pero el pensamiento de la estrella que se desvanecía le dio el coraje para seguir adelante.
Así, Saltarina se despidió del estanque y se adentró en la oscuridad del bosque. Saltaba con cuidado, evitando las raíces resbaladizas y las piedras afiladas. El bosque estaba lleno de sonidos extraños: el ulular de los búhos, el crujido de las hojas secas y el canto de los grillos. Saltarina tenía miedo, pero no se detuvo.
Después de mucho tiempo, Saltarina llegó a un claro. En el centro del claro, vio algo maravilloso: ¡un sendero brillante hecho de luciérnagas! El Camino de las Luciérnagas era aún más hermoso de lo que había imaginado. Las luciérnagas volaban en círculos, creando un torbellino de luz.
Saltarina se acercó al camino y una luciérnaga se posó en su cabeza. "¿Quién eres tú, pequeña rana?", preguntó la luciérnaga. Saltarina explicó su preocupación por la estrella que se desvanecía y su deseo de ayudar.
La luciérnaga escuchó atentamente y luego dijo: "Eres muy valiente, Saltarina. Te ayudaremos a llegar a la estrella. Pero debes saber que el viaje es largo y peligroso. ¿Estás segura de que quieres ir?"
Saltarina asintió con la cabeza. "Sí, estoy segura. No puedo permitir que la estrella pierda su luz." La luciérnaga sonrió. "Entonces, sube a mi espalda. Te llevaré a la estrella." Saltarina saltó sobre la espalda de la luciérnaga y juntas se elevaron hacia el cielo.
El viaje fue increíble. Saltaron por encima de las nubes, pasando junto a la luna y otras estrellas. Saltarina nunca había visto nada tan hermoso. Finalmente, llegaron a la estrella que se desvanecía. La estrella estaba muy débil y apenas brillaba.
La luciérnaga se acercó a la estrella y esparció un poco de polvo de estrellas sobre ella. La estrella parpadeó y luego comenzó a brillar de nuevo, más brillante que antes. Saltarina se sintió muy feliz. Había logrado salvar la estrella.
La luciérnaga llevó a Saltarina de vuelta al Camino de las Luciérnagas. Antes de despedirse, la luciérnaga le dio a Saltarina un pequeño frasco lleno de polvo de estrellas. "Lleva esto contigo", dijo la luciérnaga. "Siempre que veas una estrella que se desvanece, puedes usar este polvo para ayudarla."
Saltarina regresó al estanque justo antes del amanecer. Estaba cansada, pero muy feliz. Había aprendido que incluso una pequeña rana puede hacer grandes cosas si tiene el coraje de intentarlo.
Desde entonces, Saltarina continuó observando las estrellas. Y siempre que veía una estrella que se desvanecía, usaba el polvo de estrellas que le había dado la luciérnaga para ayudarla. Se convirtió en la guardiana de las estrellas, la pequeña rana que amaba la noche más que cualquier otra cosa. Y cada vez que saltaba, lo hacía feliz, sabiendo que contribuía a la belleza del universo. Los demás animales del estanque, al ver la dedicación de Saltarina, se unieron a ella para cuidar el estanque y el bosque, aprendiendo que la valentía y la amabilidad pueden lograr cosas maravillosas. Saltarina, la pequeña rana, demostró que hasta el ser más pequeño puede marcar una gran diferencia en el mundo.
Saltarina siguió saltando y mirando las estrellas, pero ahora con la compañía de todos sus amigos del estanque. Juntos, se aseguraron de que la magia del bosque y el brillo de las estrellas nunca se apagaran. Y así, Saltarina, la rana que amaba la noche, vivió feliz para siempre, cuidando las estrellas y saltando de alegría.
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