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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un valle verde y lleno de flores silvestres, un niño llamado Mateo. Mateo era un niño muy curioso y le encantaba explorar. Pasaba horas corriendo por los campos, observando a los pájaros y charlando con las mariposas. Pero lo que más le gustaba a Mateo era saltar. Saltaba sobre las piedras, saltaba sobre las raíces de los árboles, ¡saltaba sobre todo lo que se le cruzaba en el camino!
Un día, mientras saltaba alegremente por el prado, Mateo se encontró con un sapo muy peculiar. Este sapo no era un sapo cualquiera; era un sapo verde brillante, con ojos grandes y dorados, y una voz que sonaba como un pequeño cascabel. El sapo estaba sentado en una hoja de nenúfar, observando a Mateo con una mirada divertida.
"¡Hola!" dijo Mateo, acercándose al sapo. "Soy Mateo, y me encanta saltar."
"¡Hola, Mateo!" respondió el sapo con su voz de cascabel. "Yo soy Saltitos, y soy el sapo más saltarín de todo el valle."
Mateo se quedó impresionado. "¿El más saltarín?" preguntó. "¡Eso tengo que verlo! Yo creo que salto más alto que tú."
Saltitos sonrió, mostrando una hilera de pequeños dientes blancos. "¿Ah sí? Pues demuéstralo."
Y así comenzó la competencia. Mateo y Saltitos se alinearon frente a una gran roca plana. Mateo tomó impulso, respiró hondo y saltó. ¡Saltó muy alto! Llegó casi a la mitad de la roca.
Saltitos, sin siquiera tomar impulso, dio un pequeño brinco y ¡puf! Aterrizó en la cima de la roca. Mateo se quedó boquiabierto.
"¡Wow!" exclamó Mateo. "Eres increíblemente saltarín."
"Gracias," dijo Saltitos, con un guiño. "Pero no te rindas. La práctica hace al maestro."
Mateo no se rindió. Día tras día, Mateo y Saltitos se reunían en el prado para practicar. Saltitos le enseñó a Mateo técnicas secretas de salto, como concentrarse en el aire, usar los brazos para impulsarse y estirar las piernas al máximo.
Mateo practicaba con diligencia. Saltaba una y otra vez, esforzándose cada vez más. A veces se caía, a veces se raspaba las rodillas, pero nunca se daba por vencido. Saltitos siempre estaba ahí para animarlo y darle consejos.
Con el tiempo, Mateo empezó a mejorar. Sus saltos se volvieron más altos, más largos y más elegantes. Ya no se caía tan a menudo y sus rodillas estaban cada vez menos raspadas.
Un día, Mateo y Saltitos decidieron organizar una gran competencia de salto para todos los animales del valle. Invitaron a conejos, ardillas, pájaros e incluso a una tortuga muy lenta pero muy entusiasta.
El día de la competencia, el prado estaba lleno de animales ansiosos por ver el espectáculo. Mateo y Saltitos se prepararon para dar lo mejor de sí mismos.
La competencia comenzó con saltos de longitud. Los conejos saltaban lejos, las ardillas saltaban ágilmente, los pájaros volaban un poco para ayudarse, e incluso la tortuga dio un pequeño pasito hacia adelante (¡con mucha determinación!).
Luego llegó el turno de Mateo y Saltitos. Mateo saltó con todas sus fuerzas y logró saltar una distancia impresionante. Los animales aplaudieron y vitorearon.
Pero Saltitos no se quedó atrás. Con un salto elegante y potente, superó la marca de Mateo por un buen trecho. Los animales gritaron de asombro.
Finalmente, llegó la prueba final: el salto de altura. Había una barra colocada cada vez más alta, y los competidores tenían que saltarla sin tocarla.
Uno a uno, los animales intentaron saltar la barra. Algunos lo lograron, otros no. La tensión en el aire era palpable.
Llegó el turno de Mateo. Respiró hondo, se concentró en el aire y saltó. ¡Saltó tan alto que rozó la barra con la punta de los dedos! Los animales gritaron de emoción.
Ahora era el turno de Saltitos. Todos los ojos estaban puestos en él. Saltitos se preparó, tomó impulso y saltó. ¡Saltó aún más alto que Mateo! Pasó la barra con facilidad y aterrizó suavemente en el suelo. Los animales estallaron en aplausos.
Saltitos había ganado la competencia. Pero en lugar de sentirse triste, Mateo se sintió feliz. Había dado lo mejor de sí mismo y había aprendido mucho de Saltitos.
"¡Felicidades, Saltitos!" dijo Mateo, dándole la mano al sapo. "Eres el sapo más saltarín que he conocido."
"Gracias, Mateo," dijo Saltitos. "Pero tú también eres un saltador increíble. Y lo más importante es que nunca te rendiste."
Después de la competencia, Mateo y Saltitos siguieron siendo amigos. Continuaron practicando juntos y explorando el valle. Mateo aprendió que no importa quién salte más alto, lo importante es divertirse y nunca dejar de aprender. Y aunque Saltitos seguía saltando un poquito más alto, Mateo sabía que con práctica y determinación, algún día, ¡quizás lo superaría!
Un día, mientras saltaban juntos por el prado, Mateo saltó tan alto que sintió que podía tocar las nubes. Se dio cuenta de que lo importante no era saltar más alto que Saltitos, sino saltar más alto que ayer. Y eso, era algo que siempre podía lograr.
Y así, Mateo siguió saltando, explorando y aprendiendo, siempre con una sonrisa en el rostro y un amigo sapo saltarín a su lado.
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