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Gratis · elegí una vozTomás era un niño pequeño con piernas como resortes. Le encantaba saltar. Saltaba sobre las grietas de la acera, saltaba para alcanzar las manzanas más bajas del árbol, y saltaba, sobre todo, ¡para divertirse! Un día, mientras jugaba en el parque, vio algo verde y brillante cerca del estanque. Era un sapo, gordo y con ojos saltones, sentado sobre una hoja de nenúfar.
"¡Hola!" saludó Tomás, acercándose con cuidado. El sapo lo miró con curiosidad. "Me llamo Tomás, ¿y tú?"
El sapo no respondió, pero de repente, ¡BOING!, dio un salto increíble. A Tomás se le abrieron los ojos de asombro. El sapo aterrizó en otra hoja de nenúfar, mucho más lejos. "¡Guau! ¡Qué salto!" exclamó Tomás. "Yo también sé saltar, ¿quieres ver?"
Tomás se preparó, tomó impulso y ¡ZAS! saltó con todas sus fuerzas. Llegó bastante lejos, pero no tanto como el sapo. El sapo croó, como si se riera. Tomás no se rindió. "¡Otra vez!" dijo, y volvió a saltar. Esta vez llegó más lejos, pero el sapo seguía saltando más.
Así pasaron la tarde, Tomás y el sapo, saltando uno tras otro. Tomás se dio cuenta de que el sapo era un saltador excepcional. Cada vez que Tomás saltaba, el sapo lo superaba con creces. Empezó a sentirse un poco frustrado. ¿Por qué no podía saltar tan alto como el sapo? El sapo, al ver la cara de Tomás, croó suavemente y se acercó a él, dando pequeños saltitos.
Tomás se sentó en el césped, suspirando. "Eres muy bueno saltando," le dijo al sapo. "Yo nunca podré saltar tan alto como tú." El sapo lo miró fijamente y luego, dio un pequeño empujón a una piedra con su pata. La piedra rodó hacia Tomás. Tomás la recogió. Era una piedra lisa y brillante.
"¿Quieres que la lance?" preguntó Tomás al sapo. El sapo croó afirmativamente. Tomás lanzó la piedra lo más lejos que pudo. El sapo, con un salto impresionante, la alcanzó en el aire y la trajo de vuelta a Tomás. Tomás se rió. "Eres increíble," dijo. "Pero yo soy mejor lanzando piedras que tú."
El sapo lo miró con ojos brillantes, como diciendo: "¿Ah, sí? ¡Pruébame!" Y así, Tomás y el sapo pasaron el resto de la tarde jugando. Tomás lanzaba piedras y el sapo las atrapaba con sus increíbles saltos. Descubrieron que cada uno era bueno en algo diferente. Tomás era bueno lanzando piedras y el sapo era un experto saltador.
Cuando el sol comenzó a ponerse, Tomás se despidió del sapo. "Ha sido divertido jugar contigo," dijo. "Mañana volveré." El sapo croó en señal de despedida. Al día siguiente, Tomás regresó al parque. El sapo lo estaba esperando en la misma hoja de nenúfar. Esta vez, Tomás trajo consigo una cuerda.
"Hoy vamos a jugar a otra cosa," dijo Tomás. "Vamos a saltar a la cuerda." Tomás comenzó a girar la cuerda y saltó con agilidad. El sapo lo miraba con atención. Intentó saltar a la cuerda, pero le costaba mucho coordinar sus saltos. Tomás se dio cuenta de que el sapo no entendía muy bien el juego.
Entonces, Tomás tuvo una idea. Tomó la cuerda y la colocó en el suelo, formando un pequeño círculo. "Ahora, intenta saltar por encima de la cuerda," le dijo al sapo. El sapo entendió al instante. Con un poderoso salto, superó la cuerda con facilidad. Tomás sonrió. "¡Bien hecho!" exclamó.
Así pasaron la mañana, saltando la cuerda, cada uno a su manera. Tomás aprendió a saltar más alto observando al sapo, y el sapo aprendió a coordinar mejor sus saltos gracias a Tomás. Se dieron cuenta de que podían aprender mucho el uno del otro, aunque fueran tan diferentes.
Un día, llegó al parque un grupo de niños que se burlaban de Tomás. "¡Mira al niño que salta como un sapo!" gritaban. Tomás se sintió avergonzado, pero el sapo, al oír los gritos, saltó frente a Tomás, mostrando su imponente figura. Los niños se quedaron asombrados por la altura de su salto y por su mirada decidida. El sapo croó fuertemente, como defendiendo a su amigo.
Los niños, sorprendidos, dejaron de burlarse y se marcharon. Tomás se sintió agradecido por la valentía del sapo. Se dio cuenta de que la verdadera amistad no se basa en quién salta más alto, sino en el apoyo mutuo. Desde ese día, Tomás y el sapo siguieron jugando juntos en el parque, aprendiendo y divirtiéndose. Tomás aprendió a aceptar sus propias habilidades y a valorar las de los demás. Y el sapo, descubrió el valor de la amistad y la importancia de defender a quienes lo necesitan. Y aunque Tomás nunca saltó tan alto como el sapo, aprendió que la verdadera grandeza reside en el corazón, y en la capacidad de saltar juntos hacia la felicidad. La amistad entre un niño y un sapo saltarín demostró que la diferencia no es un obstáculo, sino una oportunidad para aprender y crecer juntos. Siempre que Tomás visitaba el estanque, el sapo lo recibía con un gran salto de alegría. Y Tomás, a su vez, siempre recordaba que, aunque no saltara tan alto, su amistad con el sapo era el mayor salto de todos.
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