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Gratis · elegí una vozTomás era un niño pequeño con piernas de resorte. Le encantaba saltar. Saltaba sobre las grietas de la acera, saltaba para alcanzar las hojas más bajas de los árboles, e incluso saltaba para intentar tocar las nubes (aunque, por supuesto, nunca lo lograba). Lo que más le gustaba era saltar en el parque, donde el pasto era suave y verde.
Un día, mientras saltaba en el parque, Tomás vio algo inusual. Era un sapo, pero no un sapo cualquiera. Este sapo era enorme, verde esmeralda, y tenía unos ojos brillantes como canicas. Lo más impresionante era la forma en que saltaba. ¡Podía saltar casi un metro de altura! Tomás, fascinado, se acercó al sapo.
"¡Hola!" dijo Tomás tímidamente. El sapo lo miró con sus grandes ojos, pero no dijo nada. Simplemente infló su garganta y dio otro salto asombroso. Tomás no pudo evitar reírse. "¡Eres increíble!" exclamó. "Yo también sé saltar, ¿quieres ver?"
Tomás se preparó y dio un salto con todas sus fuerzas. Saltó alto, muy alto, pero no tan alto como el sapo. El sapo pareció mirarlo con un aire de superioridad. Tomás se sintió un poco decepcionado. Él pensaba que era un buen saltador.
"¡Otra vez!" dijo Tomás, determinado. Saltó de nuevo, y otra vez, y otra vez. Cada vez intentaba saltar más alto, pero el sapo siempre lo superaba. Después de un rato, Tomás estaba cansado y un poco frustrado. Se sentó en el pasto, suspirando.
El sapo se acercó a Tomás y se sentó a su lado. Tomás lo miró. "Eres muy bueno saltando," dijo Tomás con admiración. El sapo infló su garganta como si estuviera orgulloso.
"Pero yo también quiero saltar tan alto como tú," añadió Tomás. "¿Me puedes enseñar?"
El sapo lo miró fijamente, y luego, para sorpresa de Tomás, el sapo asintió con la cabeza. ¡Parecía que el sapo estaba de acuerdo en enseñarle! Tomás se llenó de alegría.
El sapo comenzó a demostrarle a Tomás cómo saltar. Le mostró cómo doblar las rodillas correctamente, cómo usar sus brazos para impulsarse, y cómo enfocarse en un punto alto. Tomás intentó imitar al sapo, pero era difícil. El sapo era un maestro saltarín.
Después de muchas pruebas y errores, Tomás comenzó a mejorar. Sus saltos se volvieron más altos y más fuertes. El sapo lo animaba con pequeños croares. Tomás estaba muy agradecido por la ayuda del sapo.
Pasaron los días, y Tomás y el sapo practicaron juntos en el parque. Tomás aprendió mucho sobre saltar, pero también aprendió mucho sobre la paciencia, la perseverancia y la amistad. Se dio cuenta de que no se trataba solo de saltar alto, sino de disfrutar el proceso.
Un día, Tomás se preparó para saltar. Dobló las rodillas, usó sus brazos para impulsarse, y se enfocó en un punto alto en el cielo. Saltó con todas sus fuerzas, y para su asombro, ¡saltó más alto que el sapo!
Tomás aterrizó suavemente en el pasto, con una sonrisa radiante. El sapo lo miró con admiración y croó alegremente. Tomás había superado a su maestro.
"¡Lo hice!" exclamó Tomás, emocionado. "¡Salté más alto que tú!" El sapo asintió con la cabeza, orgulloso de su alumno.
Pero lo más importante no era haber saltado más alto que el sapo. Lo más importante era la amistad que habían construido. Tomás y el sapo se convirtieron en los mejores amigos. Seguían saltando juntos en el parque, explorando nuevos lugares y divirtiéndose mucho.
Un día, el sapo le contó a Tomás que tenía que irse. Su familia lo estaba esperando en un lago lejano. Tomás se sintió triste de que su amigo se fuera, pero entendía.
"Te voy a extrañar mucho," dijo Tomás, abrazando al sapo con cuidado.
"Yo también te voy a extrañar," croó el sapo. "Pero siempre recordaré nuestras aventuras."
El sapo dio un último salto, uno muy alto, y desapareció entre los árboles. Tomás lo observó alejarse, con el corazón lleno de gratitud. Había aprendido mucho de su amigo el sapo, no solo sobre saltar, sino también sobre la amistad y la perseverancia.
Tomás siguió saltando en el parque, recordando siempre a su amigo el sapo saltarín. Y aunque ya no saltaba con el sapo, sabía que siempre llevaría su espíritu aventurero en su corazón. Cada vez que saltaba, pensaba en el sapo, y saltaba aún más alto, como si estuviera saltando hasta las estrellas.
Desde ese día, Tomás siguió practicando. Se volvió el mejor saltarín de todo el pueblo. Y cada vez que alguien lo veía saltar, decían: "¡Ese niño salta más alto que un sapo!" Y Tomás sonreía, recordando a su amigo, el sapo que le enseñó a volar con los pies en la tierra.
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