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Había una vez, en un valle lleno de flores silvestres y árboles frutales, un conejito llamado Saltarín. Saltarín amaba saltar más que a cualquier otra cosa en el mundo. Le encantaba saltar sobre las piedras, sobre las margaritas, ¡incluso sobre las hormigas que caminaban en fila india! Su mamá, Doña Coneja, siempre lo llevaba al parque Conejolandia, un lugar mágico lleno de toboganes de zanahoria y columpios de lechuga, para que Saltarín pudiera saltar y jugar con sus amigos.
En Conejolandia, Saltarín tenía muchos amigos. Estaba Orejotas, la conejita más rápida del valle, que siempre ganaba en las carreras de saltos. Estaba Bigotes, el conejito más curioso, que siempre encontraba los mejores tréboles de cuatro hojas. Y estaba Copito, el conejito más tierno, que siempre estaba dispuesto a dar un abrazo. Juntos, Saltarín, Orejotas, Bigotes y Copito pasaban horas saltando, riendo y explorando cada rincón de Conejolandia.
Un día, Saltarín se despertó sintiéndose un poco raro. Su nariz picaba y tenía mucha tos. ¡Achu! ¡Achu!, estornudaba sin parar. Doña Coneja lo revisó con su termómetro de zanahoria y descubrió que Saltarín tenía un poco de fiebre. "Oh, no, Saltarín," dijo Doña Coneja con voz preocupada, "parece que tienes un resfriado. Hoy no podrás ir a Conejolandia. Necesitas descansar para que te mejores pronto".
Saltarín se sintió muy triste. No quería quedarse en casa. ¡Quería saltar con sus amigos! Pero sabía que su mamá tenía razón. Si iba a Conejolandia estando enfermo, podía contagiar a los demás conejitos. Así que, con resignación, Saltarín se quedó en casa, acurrucado en su cama de heno, bebiendo té de manzanilla con miel que Doña Coneja le preparó.
Mientras Saltarín descansaba, en Conejolandia, sus amigos lo extrañaban mucho. Orejotas preguntaba a cada rato: "¿Dónde está Saltarín? ¡Hoy no lo he visto saltar!". Bigotes, con su curiosidad característica, buscaba a Saltarín por todos los rincones del parque, preguntando a los demás conejos si lo habían visto. Y Copito, con su corazón tierno, se sentía muy preocupado y le mandaba besos voladores a la casa de Saltarín, esperando que se sintiera mejor.
"Hoy el parque no es lo mismo sin Saltarín," dijo Orejotas con tristeza mientras intentaba saltar un tronco caído. "Es verdad," respondió Bigotes, "nadie está saltando con tanta alegría como él lo hace normalmente". Copito suspiró: "Espero que se recupere pronto. ¡Extraño sus saltos y sus risas!".
Al día siguiente, Saltarín se despertó sintiéndose mucho mejor. Ya no tenía tos ni fiebre. Se sentía lleno de energía y con muchas ganas de saltar. Corrió a abrazar a Doña Coneja y le preguntó: "¿Puedo ir a Conejolandia hoy, mamá? ¡Me siento mucho mejor!". Doña Coneja lo revisó nuevamente y, al ver que Saltarín estaba completamente recuperado, le sonrió y le dijo: "¡Claro que sí, Saltarín! ¡Puedes ir a Conejolandia y saltar hasta que te canses!".
Saltarín saltó de alegría y corrió a vestirse con su chaleco azul favorito. Desayunó rápidamente una zanahoria crujiente y salió corriendo hacia Conejolandia, seguido de cerca por Doña Coneja. Cuando llegaron al parque, Saltarín vio a sus amigos jugando cerca del tobogán de zanahoria. "¡Orejotas! ¡Bigotes! ¡Copito!", gritó Saltarín con entusiasmo. Los tres conejitos se giraron al escuchar la voz de Saltarín y sus ojos se iluminaron al verlo.
"¡Saltarín! ¡Estás aquí!", gritó Orejotas, corriendo a abrazarlo. "¡Te extrañamos mucho!", dijo Bigotes, dándole un empujón amistoso. "¡Estamos muy contentos de que estés bien!", añadió Copito, abrazándolo con fuerza. Saltarín sonrió de oreja a oreja. "¡Yo también los extrañé mucho!", dijo Saltarín. "Pero ahora estoy de vuelta y estoy listo para saltar".
Y así, Saltarín, Orejotas, Bigotes y Copito pasaron el resto del día saltando por todo Conejolandia. Saltaron sobre los toboganes, sobre los columpios, sobre los charcos de agua (¡con mucho cuidado de no mojarse demasiado!). Saltarín saltó más alto que nunca, sintiéndose feliz de estar de vuelta con sus amigos. Doña Coneja los observaba desde la distancia, sonriendo al verlos jugar juntos. Sabía que la amistad y la alegría son la mejor medicina para cualquier conejito, ¡y para cualquier persona!
Desde ese día, Saltarín aprendió que es importante cuidarse cuando uno está enfermo, pero también aprendió lo valioso que es tener buenos amigos que te extrañen y te quieran. Y cada vez que saltaba, recordaba lo afortunado que era de tener una mamá que lo amaba y unos amigos que lo hacían feliz. Y así, Saltarín siguió saltando feliz por Conejolandia, llevando alegría a todos los que lo rodeaban.
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