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Sandrita era una niña especial. Algunos la llamaban angelical, porque parecía tener una conexión mágica con el mundo que la rodeaba. A Sandrita le encantaba hablar con los ángeles, las plantas y los animales. Cada mañana, antes de ir al colegio, corría a su jardín. Era un jardín lleno de flores de todos los colores, árboles frutales y pequeñas criaturas que se movían entre la hierba.
"¡Buenos días, mis queridos ángeles!" saludaba Sandrita, mirando hacia el cielo azul. "¿Cómo amanecieron hoy? Espero que hayan tenido dulces sueños." Luego, se acercaba a las rosas rojas y les decía: "¡Oh, qué hermosas están hoy! Su perfume es delicioso. Gracias por alegrar mi jardín." También hablaba con los pequeños caracoles que se arrastraban por las hojas, con las mariposas que revoloteaban entre las flores y con los pajaritos que cantaban en las ramas.
Una mañana, mientras Sandrita saludaba a sus amigos del jardín, vio algo brillante y diminuto que revoloteaba cerca de una flor de campanilla. Era un colibrí, ¡el primero que Sandrita veía tan de cerca! Sus alas se movían tan rápido que parecían un borrón, y su plumaje brillaba con colores iridiscentes. Sandrita estaba maravillada.
"¡Hola!" dijo Sandrita suavemente, para no asustar al colibrí. El colibrí la miró con sus ojitos brillantes y luego volvió a beber el néctar de la flor. Sandrita se sintió feliz de tener un nuevo amigo en su jardín. Decidió ponerle un nombre. "Te llamaré Alesita," dijo. "Alesita, eres la colibrí más hermosa que he visto."
Desde ese día, todas las mañanas, Sandrita buscaba a Alesita en el jardín. Sabía que a los colibríes les gustaba el agua dulce, así que Sandrita preparaba un pequeño bebedero con agua y un poquito de azúcar. Lo colocaba cerca de las flores que más le gustaban a Alesita.
Alesita pronto se acostumbró a la presencia de Sandrita. Ya no se asustaba cuando la niña se acercaba. Incluso, a veces, se posaba en su dedo para beber del agua azucarada. Sandrita se sentía muy afortunada de tener una amiga tan especial.
"Hola, Alesita," decía Sandrita cada mañana. "¿Cómo dormiste? ¿Encontraste muchas flores deliciosas?" Alesita revoloteaba alrededor de Sandrita, como si le estuviera respondiendo. Sandrita sentía que podía entender lo que Alesita le quería decir.
Un día, Sandrita notó que Alesita estaba un poco triste. No revoloteaba con tanta energía y no bebía mucho del agua azucarada. Sandrita se preocupó. "¿Qué te pasa, Alesita?" le preguntó. "¿Estás enferma?"
Sandrita observó a Alesita con atención. Vio que una de sus alitas estaba ligeramente torcida. Tal vez se había lastimado volando. Sandrita sintió mucha pena por su amiga. Decidió que tenía que ayudarla.
Con mucho cuidado, Sandrita tomó a Alesita en sus manos. Era tan pequeña y delicada. Sandrita la llevó adentro de su casa y la puso en una cajita con un suave paño. Le preparó un poco de agua azucarada y la colocó cerca de ella.
"Descansa, Alesita," le dijo Sandrita. "Voy a cuidarte hasta que te sientas mejor." Sandrita pasó toda la tarde cuidando de Alesita. Le hablaba suavemente, le cantaba canciones y le daba agua azucarada.
Al día siguiente, Sandrita se despertó temprano y corrió a ver a Alesita. Para su alegría, Alesita parecía estar mucho mejor. Su alita ya no estaba tan torcida y revoloteaba un poco dentro de la caja.
Sandrita siguió cuidando de Alesita durante varios días. Poco a poco, Alesita fue recuperando su energía y su alegría. Un día, Sandrita la llevó de nuevo al jardín.
"Es hora de que vuelvas a volar, Alesita," le dijo Sandrita. "Sé que quieres estar libre y volar entre las flores." Sandrita abrió la caja y Alesita salió volando. Revoloteó alrededor de Sandrita por un momento y luego se fue hacia las flores.
Sandrita se sintió feliz de ver a Alesita volar de nuevo. Sabía que siempre serían amigas, aunque Alesita fuera libre de volar a donde quisiera. Todas las mañanas, Alesita visitaba a Sandrita en el jardín. Bebían agua azucarada juntas y se contaban sus aventuras.
Sandrita aprendió que la amistad no tiene límites. Se puede ser amigo de los ángeles, de las plantas, de los animales y de una pequeña colibrí llamada Alesita. Y lo más importante, aprendió que el amor y el cuidado pueden curar cualquier herida, incluso las de un pequeño colibrí.
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