Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozSantiago era un niño de cuatro años con una energía inagotable. ¡Le encantaba correr, saltar y explorar! Era tan valiente que las caídas parecían no afectarle. Se tropezaba con las raíces de los árboles, se resbalaba en los charcos y rodaba cuesta abajo, pero siempre se levantaba con una sonrisa. Ya tenía bastantes heridas de guerra, pequeñas marcas en sus rodillas, codos y frente, cada una contando una historia de aventura.
Un día, mientras jugaba en el parque, Santiago se cayó de un tobogán altísimo. ¡Pum! Aterrizó de rodillas. Normalmente, se levantaba de inmediato, pero esta vez sintió un pinchazo. "¡Ay!", exclamó. No era una caída cualquiera. Esta dolía de verdad.
Su mamá, al oírlo, corrió hacia él. "¿Estás bien, mi valiente?", preguntó preocupada, examinando su rodilla. La rodilla de Santiago estaba roja y raspada. "Creo que esta vez necesito una curita especial", dijo Santiago, con los ojos llenos de lágrimas.
La mamá de Santiago sonrió. "Tengo justo lo que necesitas", dijo, sacando de su bolso una caja de curitas de colores con dibujos de superhéroes. Santiago eligió una con un cohete espacial. Su mamá limpió suavemente la herida y le puso la curita. "¡Listo!", dijo ella. "Esta curita tiene poderes mágicos. Te ayudará a curarte rapidísimo."
Santiago se sintió un poco mejor, pero la rodilla todavía le dolía. Se sentó en un banco junto a su mamá y suspiró. "¿De verdad es mágica?", preguntó.
"Claro que sí", respondió su mamá. "Pero la magia también necesita tu ayuda. Tienes que descansar un poquito y dejar que la curita haga su trabajo."
Mientras descansaba, Santiago observó a otros niños jugando. Vio a una niña pequeña con una muñeca, a un grupo de niños jugando al fútbol y a un chico patinando. Quería unirse a ellos, pero sabía que tenía que ser paciente.
De repente, vio algo brillante en el suelo. ¡Era una canica de cristal! Santiago la recogió y la examinó. Era preciosa, con remolinos de colores en su interior. Decidió que sería su amuleto de la suerte.
"Mamá, mira lo que encontré", dijo Santiago, mostrándole la canica. "¡Creo que es mágica también!"
Su mamá sonrió. "Todo puede ser mágico si crees en ello", dijo.
Santiago guardó la canica en su bolsillo y se concentró en su rodilla. Imaginó la curita espacial enviando rayos curativos a su herida. Imaginó la canica mágica protegiéndolo de más caídas.
Poco a poco, el dolor en su rodilla empezó a disminuir. Después de un rato, Santiago se levantó con cuidado. Dio un pequeño paso. Luego otro. Ya no le dolía tanto. "¡Mamá! ¡Creo que la curita está funcionando!", exclamó.
"¡Lo sabía!", dijo su mamá, guiñándole un ojo.
Santiago empezó a caminar más rápido. Luego, trotó un poco. Finalmente, ¡corrió! No corrió tan rápido como antes, pero se sentía mucho mejor. Se unió al grupo de niños que jugaban al fútbol y pateó la pelota con cuidado.
Aunque todavía sentía un leve dolor, Santiago no se rindió. Sabía que tenía que ser cuidadoso, pero también sabía que no podía dejar que una pequeña herida lo detuviera. Jugó al fútbol durante un rato, luego se sentó a ver a los otros niños patinar.
De repente, vio que el chico que patinaba se tropezó y cayó. ¡Pum! Se raspó la rodilla igual que Santiago. El chico empezó a llorar.
Santiago recordó cómo se había sentido él antes. Se acercó al chico y le dijo: "No te preocupes, no duele tanto. Tengo una curita mágica. Te la puedo dar."
El chico dejó de llorar y miró a Santiago con curiosidad. Santiago sacó una de sus curitas de superhéroes (tenía una de repuesto en su bolsillo) y se la ofreció al chico. "Esta curita te curará rapidísimo", le dijo.
El chico aceptó la curita y se la puso en la rodilla. Santiago se quedó con él hasta que dejó de llorar y empezó a jugar de nuevo. Santiago se sintió muy feliz de haber ayudado al chico.
Esa tarde, cuando Santiago regresó a casa con su mamá, se dio cuenta de que la verdadera magia no estaba en la curita ni en la canica, sino en su propia valentía y en su deseo de ayudar a los demás. Y aunque las caídas seguirían siendo parte de su vida, ahora sabía que siempre podría levantarse, con la ayuda de una curita, una canica mágica y, sobre todo, ¡su gran corazón!
Desde ese día, Santiago fue conocido como Santiago Super-Curitas, el niño valiente que siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás. Y aunque todavía se caía de vez en cuando, ya no le tenía miedo a las heridas. Sabía que cada herida era una medalla de honor, una señal de que había vivido una aventura y que había aprendido algo nuevo. Y siempre, siempre, tenía una curita lista para la próxima aventura.
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