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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un rincón mágico donde el cielo siempre tiene un tono rosado al atardecer, una niña llamada Sarita y su inseparable compañero, el Sr. Conejo. Ellos no vivían en una casa común; su hogar era una preciosa casita suspendida en el aire, sostenida por globos de helio que nunca se desinflaban. Cada tarde, con una disciplina admirable, Sarita y el Sr. Conejo terminaban sus tareas escolares y sus deberes domésticos. En cuanto cerraban el último libro, se preparaban para la mayor aventura del día.
Bajaban corriendo, con risas que resonaban en las nubes, por una escalera de caracol hecha de luz sólida que conectaba su casa en el aire con el asombroso Parque de los Dulces. Este no era un parque cualquiera. Allí, los árboles no tenían hojas verdes, sino deliciosas gomitas de colores que brillaban bajo el sol. A Sarita le encantaba caminar entre los troncos de regaliz y detenerse frente a la fuente central, cuyo líquido no era agua, sino un almíbar transparente y refrescante donde podía ver su reflejo perfectamente nítido.
En aquel lugar, la fauna era igual de extraordinaria. Las mariposas tenían alas de caramelo transparente que tintineaban al chocar entre sí; las ardillas estaban hechas del más fino chocolate amargo y correteaban por las ramas de malvavisco, y las palomas, blancas y esponjosas, eran en realidad granos de palomitas de maíz que volaban en bandadas ruidosas. Sarita pasaba horas columpiándose en su columpio favorito, uno que tenía cuerdas de hilos de azúcar y que la impulsaba tan alto que casi podía tocar las nubes más esponjosas. Mientras tanto, el Sr. Conejo, que era muy intrépido, pasaba el tiempo en el tobogán infinito, una estructura de caramelo endurecido que serpenteaba por todo el parque.
Sin embargo, un día, la alegría se vio interrumpida por un calor sofocante. No era el calor cálido y agradable de siempre; era un sol ardiente que comenzó a transformar el paraíso. Los árboles de gomitas empezaron a ablandarse y a gotear, las ardillas de chocolate perdían sus orejas y las mariposas de caramelo ya no podían volar porque sus alas se volvían pegajosas. El Parque de los Dulces estaba en grave peligro de convertirse en un enorme charco de azúcar derretida.
Preocupada y con lágrimas en los ojos, Sarita buscó a su abuelo, un hombre de barba blanca y larga que siempre llevaba una túnica azul llena de estrellas. El abuelo era conocido por ser el gran sabio de la región.
—Abuelo, ¿por qué está pasando esto? —preguntó Sarita con voz temblorosa—, ¿por qué el sol quiere destruir nuestro parque?
El abuelo suspiró con tristeza y la miró con ternura.
—No es culpa del sol, pequeña Sarita —explicó el sabio—. Es el resultado de lo que sucede más allá de nuestras fronteras. La gente en el mundo no está cuidando el planeta. Arrojan basura a los ríos, contaminan el aire con el humo negro de los coches y las grandes fábricas, desperdician el agua como si nunca se fuera a acabar y cortan los bosques sin piedad. Todo ese humo y descuido crea una manta de calor que está derritiendo nuestro mundo y el suyo.
Sarita y el Sr. Conejo sintieron una mezcla de enojo y tristeza. No podían entender cómo alguien querría dañar un planeta tan hermoso. Pero en lugar de quedarse de brazos cruzados, decidieron que debían actuar rápido. El Sr. Conejo dio un salto valiente y señaló hacia el sur. Sabían que necesitaban frescura inmediata para salvar los dulces.
Usando una alfombra mágica de algodón de azúcar, viajaron a toda velocidad hacia el Polo Sur. Allí, con mucho respeto, pidieron permiso a los glaciares y recolectaron grandes bloques de nieve mágica que nunca se derretía por completo. Regresaron al parque y esparcieron la nieve alrededor de los árboles de gomitas y sobre los animales de chocolate. El frío devolvió la forma a las ardillas y la rigidez a las mariposas. El parque estaba a salvo, por ahora.
Pero Sarita sabía que eso era solo una solución temporal.
—Debemos hacer que todos escuchen —dijo con determinación.
Fue entonces cuando consiguió un parlante mágico, un artefacto dorado que tenía el poder de amplificar la voz hasta los rincones más remotos de la Tierra, desde las selvas profundas hasta la cima del Monte Everest.
Sarita respiró hondo y comenzó a hablar por el parlante. Su voz, dulce pero firme, recorrió los continentes:
—¡Habitantes de la Tierra, escuchen por favor! —exclamó—. Este planeta es el único hogar que tenemos. Aquí están sus amigos, sus lugares favoritos, sus familias y sus recuerdos. Si no cuidamos el aire, si no protegemos los árboles y si no dejamos de ensuciar, todo lo hermoso desaparecerá, igual que mi querido Parque de los Dulces. Por favor, planten un árbol, usen menos el coche y cuiden cada gota de agua. ¡El futuro está en sus manos!
El mensaje de Sarita fue tan poderoso que las personas en todo el mundo se detuvieron a escuchar. Poco a poco, la gente comenzó a cambiar sus hábitos. Las fábricas instalaron filtros, los niños plantaron jardines y las ciudades se llenaron de bicicletas. El calor extremo comenzó a ceder y el Parque de los Dulces volvió a brillar con todo su esplendor. Sarita y el Sr. Conejo regresaron a sus juegos, pero ahora, cada vez que miraban su reflejo en la fuente, sabían que habían ayudado a salvar no solo su parque, sino el mundo entero.
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