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Gratis · elegí una vozHabía una vez un niño llamado Sebastián. A Sebastián le encantaba jugar con sus carritos rojos y construir torres altísimas con bloques de madera. Un día, su mamá lo llamó para bañarse. El agua estaba tibia y burbujeante, y Sebastián chapoteó feliz, imaginando que era un valiente capitán navegando por un océano de espuma. Mientras lo enjabonaba con su champú de fresa favorito, su mamá le dijo con una sonrisa: "Sebastián, mañana empiezas el jardín de infancia!"
Sebastián dejó de chapotear. "¿El jardín? ¿Qué es eso?", preguntó con curiosidad.
Su mamá le explicó: "El jardín es un lugar mágico, lleno de amigos nuevos, juegos divertidos y muchas cosas interesantes que aprender. ¡Será como un gran patio de recreo donde podrás descubrir un montón de cosas nuevas!"
Sebastián no estaba muy seguro. Le gustaba estar en casa, jugando con sus juguetes y con su gato, Bigotes. La idea de ir a un lugar nuevo, con personas desconocidas, le daba un poquito de miedo. Después del baño, se puso su pijama de dinosaurios y se fue a la cama. Pero no podía dormir. En su cabeza, los carritos rojos se transformaban en autobuses gigantes, y los bloques de madera se convertían en edificios altísimos. Se imaginaba un jardín lleno de plantas que hablaban y árboles que cantaban.
Finalmente, se quedó dormido. Tuvo un sueño muy extraño. Soñó que era una pequeña oruga que vivía en una hoja verde. La oruga estaba muy contenta en su hoja, pero un día, una mariposa le dijo: "Oruga, debes salir de tu hoja y explorar el mundo. ¡Hay muchas cosas maravillosas que te esperan!". La oruga, al principio, tuvo miedo. Pero la mariposa la animó y la ayudó a construir un capullo. Dentro del capullo, la oruga se transformó en una hermosa mariposa. Cuando salió del capullo, voló alto, alto, hasta el cielo, y descubrió un mundo lleno de colores y aventuras.
Al día siguiente, Sebastián se despertó con una sonrisa. Recordó su sueño y sintió que el miedo se había ido. Desayunó rápidamente un tazón de cereal con leche y se vistió con su ropa favorita: una camiseta azul con un dibujo de un cohete y unos pantalones verdes. Su mamá lo llevó al jardín de infancia. Cuando llegaron, Sebastián vio un edificio lleno de colores y niños jugando en el patio. Se sintió un poco nervioso, pero respiró hondo y tomó la mano de su mamá.
En la puerta, los recibió una señora muy amable, con el pelo rizado y una sonrisa cálida. "¡Hola, Sebastián!", dijo la señora. "Yo soy la señorita Clara, tu maestra. ¡Bienvenido al Jardín de las Mariposas!". Sebastián miró a su alrededor. Había dibujos colgados en las paredes, juguetes por todas partes y un rincón con libros de cuentos. En el patio, los niños jugaban a la pelota, se columpiaban y construían castillos de arena.
La señorita Clara lo llevó a su mesa y le presentó a sus compañeros. Había una niña llamada Sofía, que tenía un lazo rosa en el pelo, y un niño llamado Mateo, que llevaba una camiseta de superhéroe. Al principio, Sebastián se sintió un poco tímido, pero Sofía le ofreció un crayón rojo y Mateo le invitó a jugar con los bloques de construcción.
Pronto, Sebastián se olvidó de su miedo y empezó a divertirse. Jugó con Sofía a pintar dibujos de animales, construyó una torre altísima con Mateo y escuchó a la señorita Clara contar un cuento sobre un oso que quería ser astronauta. En el recreo, jugó a la pelota y se columpió hasta sentir que volaba. Descubrió que el jardín de infancia era un lugar realmente mágico, como le había dicho su mamá.
Al final del día, cuando su mamá lo recogió, Sebastián estaba sonriendo de oreja a oreja. Le contó todo lo que había hecho: que había aprendido a dibujar un sol, que había cantado una canción sobre las vocales y que había hecho un nuevo amigo. Su mamá lo abrazó fuerte y le dijo: "¡Estoy muy orgullosa de ti, Sebastián! Sabía que te iba a gustar el jardín de infancia".
Sebastián subió al coche y miró por la ventana. Vio el edificio del jardín de infancia, con las luces encendidas. Pensó en todos sus nuevos amigos y en todas las cosas que iba a aprender. Ya no tenía miedo. Sabía que el jardín de infancia era como el capullo de la oruga: un lugar donde podía crecer, aprender y transformarse en algo maravilloso. Y estaba emocionado por descubrir qué tipo de mariposa se convertiría.
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