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Gratis · elegí una vozSir Halcón, como a él le gustaba que le llamaran, era un anciano... bueno, más o menos. Para un halcón de Harris, sesenta años era una edad venerable, aunque él prefería pensar que estaba en la flor de la vida, un poco más curtido, quizás, pero con una experiencia invaluable. Vivía en un torreón alto, con vistas a los campos dorados. Era, por supuesto, un halcón de cetrería, aunque él se consideraba más un "caballero alado" que un simple pájaro entrenado.
"¡Buenos días, mundo!", graznaba, o mejor dicho, saludaba con un tono alegre cada mañana. El mundo, por supuesto, era el patio de la finca donde residía, y sus interlocutores solían ser las gallinas, a las que consideraba sus súbditas (aunque ellas, francamente, lo ignoraban). "Hoy conquistaremos nuevos territorios", le decía a una gallina particularmente gorda, que picoteaba distraídamente unos granos. Ella solo cacareaba en respuesta. ¡Qué falta de modales!
Sir Halcón recordaba con nostalgia sus días de gloria. Su "padre", como llamaba a su cetrero, un hombre llamado Don Ricardo, lo había entrenado desde polluelo. Don Ricardo era un buen hombre, aunque un poco gruñón a veces. Le había enseñado todo lo que sabía sobre el arte de la caza, el honor y la etiqueta. "Un caballero, Halcón, siempre debe volar con elegancia", solía decir Don Ricardo. Sir Halcón siempre se había esforzado por seguir ese consejo.
Pero, con el tiempo, Sir Halcón se había hecho mayor. Sus vuelos ya no eran tan rápidos, sus garras no tan afiladas, y su vista... bueno, digamos que a veces confundía un conejo con una piedra. Don Ricardo, con el corazón apesadumbrado, había decidido retirarlo de la caza. "Ahora, Halcón, disfrutarás de un merecido descanso", le había dicho, acariciándole la cabeza. Sir Halcón había aceptado su destino con dignidad, aunque en secreto añoraba la emoción de la persecución.
Ahora, sus días consistían en observar el mundo desde su torreón, comer la carne que Don Ricardo le proporcionaba (¡siempre la mejor, por supuesto!), y charlar con las gallinas (aunque ellas no fueran muy conversadoras). A veces, los niños de la finca se acercaban a su torreón y lo observaban con curiosidad. Sir Halcón, con su habitual aplomo, les regalaba una mirada majestuosa. "Soy Sir Halcón, el Magnífico", parecía decirles con sus ojos. Los niños reían y le hacían reverencias imaginarias.
Un día, una niña llamada Sofía se acercó a él. Sofía era una niña pequeña, de pelo castaño y ojos brillantes. Llevaba un libro bajo el brazo. "Hola, señor Halcón", dijo tímidamente. Sir Halcón la miró con interés. Esta niña parecía diferente a las demás. "Soy Sofía", continuó. "Me encanta leer historias de caballeros".
Sir Halcón sintió un escalofrío de emoción. ¡Por fin, alguien que lo entendía! "Yo también soy un caballero", quiso decirle, pero solo pudo graznar. Sofía sonrió. "Lo sé", dijo. "Veo la nobleza en tus ojos". Luego, abrió su libro y comenzó a leerle una historia de un valiente caballero que luchaba contra dragones. Sir Halcón escuchó atentamente, imaginándose a sí mismo como el caballero, volando a través del cielo para derrotar a los monstruos.
Desde ese día, Sofía visitaba a Sir Halcón todos los días. Le leía historias de caballeros, le contaba sus sueños y le hablaba de sus aventuras. Sir Halcón la escuchaba con atención, sintiéndose más vivo que nunca. Había encontrado una nueva misión: ser el consejero y amigo de una pequeña dama.
Un día, Sofía llegó con una pluma. "Es tuya, Sir Halcón", dijo. "Se te cayó mientras volabas hace unos días. La guardé para dártela". Sir Halcón tomó la pluma con su pico y la observó con cuidado. Era una pluma de vuelo, una pluma que le recordaba sus días de gloria. Pero ya no sentía tristeza. Sabía que sus días de vuelo habían terminado, pero su aventura como caballero, su aventura como Sir Halcón el Magnífico, apenas comenzaba. Tenía una dama a la que proteger, historias que escuchar y sabiduría que compartir. Y eso, pensó, era suficiente para un anciano caballero alado.
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