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Gratis · elegí una vozEn lo profundo del campo, donde las margaritas bailaban con el viento y los grillos cantaban su serenata nocturna, se alzaba una pequeña cabaña. Allí vivía Sol, una gata de pelaje dorado como el sol poniente. A Sol le encantaba dormir. Podía dormir en una cesta, en una silla, ¡incluso encima de una pila de leña! Pero su lugar favorito para una buena siesta era, sin duda, el mullido cojín en el interior de la cabaña.
Un día soleado, Sol se acurrucó en su cojín, ronroneando suavemente. El aire olía a heno recién cortado y a las flores silvestres que crecían alrededor de la cabaña. Estaba tan cómoda que pronto se quedó profundamente dormida. Soñaba con perseguir mariposas gigantes y beber leche tibia en un plato de oro.
De repente, ¡CRACK! Un ruido fuerte despertó a Sol de golpe. Abrió sus grandes ojos verdes y miró hacia arriba. ¡Oh, no! Parte del techo de la cabaña se estaba cayendo. Un trozo de madera grande colgaba peligrosamente, amenazando con aplastarla.
Sol saltó del cojín con un maullido de susto. Corrió por la cabaña, buscando un lugar seguro. ¡CRACK! Otro trozo de techo se desprendió, seguido de una lluvia de polvo y escombros. Sol estaba aterrorizada. ¿Qué iba a hacer? ¿Dónde se refugiaría?
En su frenética búsqueda de un escondite, Sol tropezó con algo duro y rectangular que yacía olvidado en una esquina. Era un teléfono celular viejo, ¡uno de esos que ya casi nadie usa! Sol nunca había prestado atención a ese objeto extraño, pero ahora, en su desesperación, se le ocurrió una idea. ¿Podría este aparato ser su salvación?
Recordó haber visto a la dueña anterior de la cabaña, una anciana amable llamada Doña Elena, usar este mismo teléfono para hablar con otras personas. Quizás, solo quizás, podría usarlo para pedir ayuda.
Sol agarró el teléfono con sus pequeñas patas. Era pesado y difícil de manejar, pero ella estaba decidida. Con torpeza, presionó algunos botones al azar. ¡Para su sorpresa, el teléfono se encendió! La pantalla brilló, mostrando una lista de números. Sol no sabía leer, pero instintivamente supo que debía presionar el botón verde con el dibujo de un teléfono.
Después de varios intentos fallidos, logró marcar un número. Al otro lado de la línea, una voz masculina respondió.
"¿Hola? ¿Quién habla?", preguntó la voz.
Sol, por supuesto, no podía hablar como los humanos, pero maulló con todas sus fuerzas, tratando de transmitir su angustia. Maullaba fuerte y claro, una mezcla de miedo y súplica.
"¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Solo oigo a un gato", dijo la voz confundida. "¿Un gato con un teléfono? Esto debe ser una broma."
Pero Sol no se rindió. Siguió maullando, cada vez más fuerte. Parecía que la voz al otro lado de la línea empezaba a entender que algo andaba mal.
"Espera un momento", dijo la voz. "Parece que este gato está en apuros. ¿Qué pasa, amiguito? ¿Estás atrapado? ¿Te has caído en un pozo?"
Sol, con renovadas esperanzas, maulló aún más fuerte, intentando desesperadamente explicar la situación del techo que se caía.
"Está bien, está bien, creo que entiendo", dijo la voz finalmente. "Parece que tienes un problema con tu casa. ¿Está en el campo, cerca del río?"
Sol maulló afirmativamente.
"De acuerdo, voy para allá. Soy arquitecto, así que quizás pueda ayudarte. No te muevas, gatito. ¡Ya voy!"
Sol esperó ansiosamente, con el corazón latiendo a mil por hora. Mientras tanto, más trozos del techo se desprendían, pero ella se mantuvo alejada de la zona de peligro.
Finalmente, oyó el sonido de un coche que se acercaba. Un hombre alto y robusto, con un casco en la mano, salió del vehículo. Era el arquitecto.
"¿Dónde está el gato que me llamó?", preguntó el arquitecto, mirando a su alrededor.
Sol salió de su escondite y maulló para llamar su atención. El arquitecto se sorprendió al verla sosteniendo el teléfono celular.
"¡Vaya! ¡Eres tú la que me llamó! ¡Qué gato tan inteligente!", exclamó el arquitecto.
El arquitecto inspeccionó el techo con cuidado. Rápidamente determinó que la situación era grave pero no irreversible. Con su experiencia y algunas herramientas que llevaba en su coche, apuntaló el techo para evitar que se derrumbara por completo. Luego, prometió regresar al día siguiente con materiales para reparar el techo de forma permanente.
Sol estaba inmensamente agradecida. Se frotó contra las piernas del arquitecto, ronroneando suavemente. El arquitecto le sonrió y le acarició la cabeza.
"Eres una gata muy afortunada, Sol", dijo el arquitecto. "Has evitado una gran catástrofe. Ahora, descansa un poco. Te lo has ganado."
Después de que el arquitecto se fue, Sol regresó a su cojín, que ahora estaba cubierto de polvo y escombros. A pesar de todo, se sentía segura y protegida. Cerró los ojos y se quedó dormida al instante. Esta vez, soñó con un techo fuerte y resistente, y con un arquitecto amable que la salvó de un gran peligro. Y, por supuesto, soñó con seguir durmiendo feliz en su cabaña del campo.
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